Irán y Afganistán: mujeres bajo la bota del poder
La desigualdad de género, con sus abundantes injusticias, sigue siendo un problema mundial, con excepciones muy honrosas. Los grados de opresión, maltrato y violencia contra las mujeres varían significativamente entre países, culturas y regiones, pero se puede afirmar ...
La desigualdad de género, con sus abundantes injusticias, sigue siendo un problema mundial, con excepciones muy honrosas. Los grados de opresión, maltrato y violencia contra las mujeres varían significativamente entre países, culturas y regiones, pero se puede afirmar que entre los peores países en cuanto al trato a sus mujeres, están Irán y Afganistán. Ambas naciones proyectan un cuadro verdaderamente oprobioso en el que la argumentación del patriarcado ahí dominante para justificar ese estado de cosas continúa apoyándose en interpretaciones religiosas destinadas a justificar los innumerables crímenes cometidos contra su población femenina.
Recato, virginidad, reclusión, ocultamiento de sus cuerpos, obediencia total y silenciamiento de sus voces, de sus necesidades, deseos o preferencias, son algunas de las imposiciones que pesan sobre ellas. Destinadas a vivir como objetos manipulables y no como sujetos libres, sus historias de infortunio son estrujantes. Como es sabido, en el país de los ayatolas se ha registrado a lo largo del último medio año una revuelta masiva contra la imposición del uso del hijab o pañoleta que cubre la cabellera femenina.
Desde el asesinato de Mahsa Amini a manos de la policía de la virtud en septiembre pasado, apresada por llevar mal puesto el velo, las protestas populares han sido multitudinarias, constantes y, sin duda, heroicas. Sin embargo, la represión a esas expresiones ha sido inmisericorde. Muertes, encarcelamientos y torturas han sido la respuesta del régimen, cuyas obsesiones respecto de la exposición pública de la cabellera femenina no pueden ser más que producto de una grave patología social encubierta por el discurso religioso. En estos últimos días se ha intensificación ese mecanismo de control. Según lo reporta el diario Al-Monitor, las autoridades han estado irrumpiendo en centros comerciales y negocios, emprendiendo redadas para atrapar a mujeres sin el hijab puesto. Multas y aprehensiones han sido acompañadas por la clausura temporal de los establecimientos que tienen la osadía de tolerar que sus clientas se descubran.
Según IRNA News Agency, operada por el gobierno de Teherán, tan sólo en las últimas dos semanas cerca de 150 comercios han sido cerrados por ese motivo. Desde farmacias y tiendas de ropa, hasta restaurantes y cafeterías. El centro comercial Opal Mall, que emplea a mil trabajadores, fue sancionado con cierre total esta semana. Sorprende así que un régimen que vive desde hace años en medio de una crisis económica severa, involucrado en acciones militares en el Medio Oriente, ocupado en maquinar y exportar actos terroristas y enfrascada en una agria disputa con medio mundo en razón de su determinación de obtener armas nucleares, esté dispuesto a violentar a amplios segmentos de su ciudadanía y a ejercer tales niveles de violencia con el fin de ocultar la cabellera de sus mujeres. Hasta los conductores privados de automóviles han recibido advertencias de no llevar en sus carros a mujeres sin hijab, so pena de que sus vehículos sean confiscados. ¡Cuánta obsesión! Por cierto, al respecto, vale la pena ver la película iraní Araña sagrada, actualmente en exhibición en salas de cine de México
En Afganistán las cosas son aún peores. Desde la recuperación del control del país por los talibanes en 2021, las condiciones de vida de las mujeres y niñas se han deteriorado, al imponerse de nueva cuenta las innumerables prohibiciones que pesaban sobre ellas antes de la invasión de las fuerzas multinacionales en 2001. Otra vez la cobertura total de sus cuerpos, la cancelación de la posibilidad de recibir educación escolarizada, de ingresar al mercado de trabajo, de moverse con libertad en el espacio público; otra vez la dependencia absoluta de sus familiares hombres para cualquier trámite y los brutales castigos físicos por transgredir las reglas.
El secretario general de la ONU, António Guterres, expresó hace unos días en una reunión especial celebrada en Doha, con representantes de Estados Unidos, Rusia, China y 20 naciones más, que la crisis humanitaria en Afganistán es severa, con una hambruna ya en curso, y que la ayuda de las agencias de la ONU para paliar esa crisis no está pudiendo entregarse debido a que a las mujeres afganas –que, desde hace más de dos décadas, han sido el enlace para la distribución de tal ayuda– el gobierno talibán les ha prohibido cumplir con tal función por contravenir las normas religiosas de la separación de géneros en los espacios públicos.
Sin ellas, expresó Guterres, el trabajo humanitario es imposible de llevarse a cabo. Pidió, por tanto, a sus interlocutores presionar al liderazgo talibán a fin de solucionar esta inaceptable situación de la que mujeres, hombres y niños afganos son trágicas víctimas. Increíble e indignante que aún en el siglo XXI, el fanatismo religioso sirva como coartada para mantener vigente el patriarcado en su versión más cruel e inhumana.
