Erdogan, su declive tras los sismos

El triunfalismo de otros tiempos de Erdogan no se sustenta ya más ante el panorama crítico que ofrece hoy el país y que constituye la gota que está derramando el vaso de la tolerancia popular ante el balance negativo que pesa sobre el historial del régimen.

El paso del tiempo y la avalancha de acontecimientos internacionales y locales han hecho desaparecer de los reflectores la información acerca de la situación en Turquía luego de los devastadores sismos que afectaron a principios de febrero a once provincias del sureste turco, con un saldo de más de 50 mil muertos y pérdidas que, se calcula, exceden los 100 mil millones de dólares. Es necesario pues, echar de nuevo una mirada hacia ese entorno.

El gobierno de Recep Tayyip Erdogan, vigente durante los últimos veinte años, está enfrentando una crisis sin parangón. La actividad económica se ha desplomado 8.2%, el desempleo ubicado antes de los terremotos en 0.3% alcanza hoy la cifra de 10%, junto con un aumento descomunal en su déficit de cuenta corriente. En ese contexto, las exportaciones turcas no pueden competir ya más contra sus rivales globales, a menos que la lira turca se devalúe una vez más después de la caída estrepitosa que sufrió el 9 de marzo pasado.

La reconstrucción de las zonas devastadas y la atención a la población afectada constituyen empresas titánicas que el régimen ha sido incapaz de emprender con rapidez y eficiencia. Con todo y la ayuda humanitaria llegada desde el exterior, lo que resta por hacer es inconmensurable. La realidad actual del país no podía ser, en tales condiciones, más adversa para el presidente Erdogan, quien enfrenta elecciones generales programadas para el 14 de mayo próximo.

Si bien él se ha caracterizado por maniobrar hábilmente a lo largo de dos décadas para perpetuarse en el poder al amparo de una agenda populista, islamista y de corte vertical autoritario, que fue derribando los contrapesos institucionales que otrora permitían calificar a Turquía como una democracia funcional –con posibilidad incluso de integrarse en algún momento a la Unión Europea– en la coyuntura actual, las cosas bien podrían dar un giro de 180 grados. El triunfalismo de otros tiempos de Erdogan no se sustenta ya más ante el panorama crítico que ofrece hoy el país y que constituye la gota que está derramando el vaso de la tolerancia popular ante el balance negativo que pesa sobre el historial del régimen.

Y es que, desde el fallido golpe de Estado de 2016, el manejo por parte del gobierno de la cosa pública se caracterizó por el uso extenso de la represión a la disidencia, la censura a los medios de comunicación, el encarcelamiento de periodistas e intelectuales, y la comisión de atentados contra los derechos humanos con absoluta impunidad y ninguna rendición de cuentas. El independentismo de la población kurda de Turquía fue, como tantas veces en el pasado, el blanco favorito del régimen para justificar buena parte de la represión puesta en marcha cada vez con mayor rigor.

El caso es que, de cara a las elecciones de mayo, se ha formado una coalición amplia de partidos políticos que incluyen una importante presencia kurda. Su objetivo primordial es sacar del poder a Erdogan y a su partido, el AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo). En el Financial Times, la experta en Turquía Gönul Tol prevé que la competencia será muy cerrada, ya que en esta ocasión la agrupación de diversas fuerzas políticas en una sola formación se sumará al descontento popular que corroe al país por el desastre económico derivado, tanto de políticas públicas torpes, un aventurerismo desbocado en el exterior, y los trágicos sismos de febrero.

Kemal Kilicdaroglu, exmiembro del Parlamento por el segundo distrito electoral de Estambul y representante del Partido Republicano del Pueblo, es un político con perfil socialdemócrata, quien competirá ahora contra Erdogan para ocupar la presidencia. Si Kilicdaroglu logra triunfar, se abriría para Turquía la posibilidad de un regreso paulatino, aunque complicado, a las normas de la democracia. De lo contrario, vaticina la misma Gönul Tol, “…Turquía se deslizará a un autoritarismo más profundo, y las elecciones futuras no contarán más. Lo que pase en los próximos comicios no sólo determinará el destino del país. También decidirá lo que Turquía haga más allá de sus fronteras. Sobre todo, el resultado dirá mucho acerca del futuro de la democracia en el mundo”.

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