Democracia y minorías: cristianos en Oriente Medio

En la historia de todos los tiempos ha sido constante la persecución, discriminación y sufrimiento de las minorías. Por lo general, quienes constituyen la mayoría tienden a proyectar su identidad compartida como la norma ideal, como la condición positiva y correcta ...

En la historia de todos los tiempos ha sido constante la persecución, discriminación y sufrimiento de las minorías. Por lo general, quienes constituyen la mayoría tienden a proyectar su identidad compartida como la norma ideal, como la condición positiva y correcta por excelencia, para, en consecuencia, ejercer su presunta superioridad. Desde luego que los papeles se intercambian según las circunstancias históricas, con el resultado de que no siempre los discriminados y los discriminadores son los mismos. Todo depende del tiempo y el lugar.

La convivencia en un mismo entorno de fieles de religiones diversas, constituye un buen ejemplo de esta situación. En Europa o América, por ejemplo, el cristianismo en sus diferentes ramificaciones es actualmente la fe mayoritaria, lo cual sin duda otorga ventajas a sus fieles respecto a quienes están fuera de esa denominación religiosa. En otros tiempos, la intolerancia a los diferentes fue extrema, como lo demuestra la sanguinaria actividad de la Santa Inquisición, empeñada en quemar herejes y judaizantes en la hoguera.

En la medida en que los principios de la democracia y los valores de respeto a los derechos humanos y a la libertad de credo avanzaron, la condición de igualdad ciudadana ante el Estado atemperó los excesos y propició la convivencia pacífica. Puede afirmarse que una democracia exitosa y bien desarrollada es aquella que efectivamente representa la voluntad de la mayoría, sin menoscabar los derechos de las minorías a las que está obligada a proteger y tratar en condiciones de igualdad.

A pesar de los avances de la modernidad en cuestión de democracia, en amplias regiones del Oriente Medio sigue observándose cómo las minorías padecen maltratos, injusticias y muerte, que las han llevado a emigrar con objeto de establecerse en tierras de tolerancia. Un caso emblemático es el del gran conglomerado cristiano, cuyas dimensiones se han ido encogiendo aceleradamente a lo largo de los últimos años, no obstante que la región fue cuna de esa fe y punto de arranque de su difusión en el mundo a partir de la cristianización del Imperio Romano de Constantino a principios del siglo IV D.C.

Egipto, con 12% de su población cristiana –aproximadamente 10 millones de personas–, es la nación con mayor número de cristianos en términos absolutos. En algún tiempo se trató de un espacio eminentemente cristiano, pero el ímpetu de la islamización masiva que se registró a partir de las conquistas territoriales de las huestes de Mahoma, transformó la ecuación. La hostilidad anticristiana se intensificó, especialmente con las convulsiones experimentadas durante la Primavera Árabe y sus secuelas. En esos contextos, la comunidad cristiana jugó en diversas ocasiones el papel de chivo expiatorio. El líder de la comunidad cristiana copta en el país, Tawadros II, informó que más de 40 iglesias fueron dañadas o destruidas en agosto de 2013, con víctimas mortales entre sus fieles, sin que las autoridades hicieran algo por impedirlo. Aunque oficialmente el Estado se asume como protector de sus ciudadanos cristianos, la aguda discriminación social prevaleciente, el caos y la negligencia para efectivamente proteger a esa minoría han hecho que el impulso hacia la emigración se haya expandido.

Irak y Siria presentan un cuadro similar. Sus añejas comunidades cristianas que bajo las dictaduras de Sadam Husein y la familia Assad vivieron con mayor intensidad la crueldad de esas tiranías, sufrieron aún más a lo largo de lo que va del siglo XXI, debido a las sangrientas guerras ahí estalladas. La aparición en 2015 del temible Estado Islámico o ISIS en ambos países fue la puntilla. El fanatismo de dicha organización islamista, que pretendía desaparecer a los infieles de la faz de su proyectado califato, tuvo efectos demoledores para los cristianos de esos lares.

Sin duda, la vulnerabilidad de las minorías se acrecienta con las guerras y revoluciones, pero, en ausencia de éstas, esa vulnerabilidad aún persiste, sobre todo en entornos regidos por gobiernos totalitarios o con democracias muy incipientes. Respeto, igualdad y protección a las minorías sólo son posibles en sociedades donde prevalece el Estado de derecho, con pesos y contrapesos eficaces en la estructura política a fin de evitar los abusos de poder. Cristianos en Oriente Medio, tibetanos y uigures en China, rohinyas musulmanes en Myanmar o kurdos en Turquía, Siria o Irán, por citar sólo unos ejemplos, dan fe de que mientras más autoritario y vertical es el régimen que impera donde habitan, más precaria es su situación. Por eso nada más falso y tramposo que el argumento de que basta con acatar la voluntad de las mayorías para funcionar como verdadera democracia. Ésta no existe si se soslayan o desconocen los derechos de las minorías.

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