Anular Cortes Supremas, necesario para dictadores

Yuval Noah Harari fue muy claro en su artículo publicado ayer en el periódico israelí Haaretz, al calificar como golpe de Estado lo que está pasando en su país. Lo describe como un golpe de Estado desde arriba, que no se desenvuelve con tanques y soldados en las calles.

Yuval Noah Harari fue muy claro en su artículo publicado ayer en el periódico israelí Haaretz, al calificar como golpe de Estado lo que está pasando en su país. Lo describe como un golpe de Estado desde arriba, que no se desenvuelve con tanques y soldados en las calles.

Dos de las mayores obsesiones actuales del presidente López Obrador son la cooptación del Instituto Nacional Electoral y la captura de la Suprema Corte de Justicia. Ambas pretensiones apuntan a su perfil autocrático, decidido a concentrar cada vez más poder en sus manos y a bloquear absolutamente las posibilidades de que en un futuro él y su partido político puedan ser sustituidos como máximos dirigentes de la nación. En síntesis, que siga habiendo elecciones y juzgadores, pero sólo como fachada, como mera apariencia de prácticas democráticas, sin que en realidad haya algo que pueda escapar al dominio y al control de quienes se están tratando de apalancar como dirigentes eternos.

Algunas de las analogías que pueden ilustrar esa dinámica son bien conocidas. Los casos de Turquía y Hungría están entre los más destacados por la claridad con la que han procesado los cambios necesarios para convertir a sus países en democracias iliberales. Tras el fallido golpe de Estado que en julio de 2016 pretendió derrocar a la presidencia de Erdogan, éste, quien ya había previamente realizado cambios constitucionales para poder reelegirse, despidió y encarceló a miles de jueces y fiscales que pudieran ofrecer oposición a las numerosas violaciones de los derechos humanos desencadenadas a partir de esos momentos, para sustituirlos por más de 20 mil nuevos jueces y fiscales jóvenes y sin experiencia previa, a los que le ha sido muy fácil controlar y manipular.

En cuanto a Hungría, a pesar de ser miembro de la Unión Europea, ha transitado por un camino similar bajo la presidencia de Viktor Orbán. Mediante cambios paulatinos para destruir instituciones independientes, hacia 2018 aprovechó su mayoría legislativa absoluta para aprobar una ley que le permitió desarticular a su Tribunal Supremo, a fin de crear uno nuevo bajo su control. Con ello, eliminó de tajo el necesario contrapeso del poder judicial, al que le arrebató la autoridad en disputas administrativas relacionadas con elecciones, casos de corrupción, impuestos y abusos policiales. Tal como en aquel momento lo comentó Cas Mude, experto en movimientos populistas y profesor de la universidad de Georgia: “…de ahora en adelante, las elecciones ya no serán remotamente ni libres ni justas”.

Un proceso parecido ha recorrido Rusia bajo el mando de Vladimir Putin. La embrionaria democracia que asomó tras el derrumbe de la URSS sufrió un proceso paulatino de socavamiento a partir de las maniobras legaloides que el actual presidente astutamente puso en práctica para eternizarse en el poder, mediante la brutal represión a la disidencia y la eliminación de cualquier contrapeso político que pudiera disputarle su lugar de dictador supremo. Tal represión ha sido llevada a su extremo a partir de la invasión a Ucrania desatada hace un año.

Un último ejemplo de los fines que persigue un poder que pretende convertirse en dictadura eterna es el que hoy estamos presenciando en Israel, donde el premier Netanyahu, con su coalición gobernante de ultraderecha nacionalista y religiosa, está por aprobar una reforma judicial que anularía el necesario contrapeso de la Suprema Corte a partir de nueva legislación, que le permitiría a la mayoría legislativa hoy en el Parlamento no sólo tener amplias ventajas en la selección de jueces, sino también, haciendo uso de su aplanadora legislativa, pasar por encima de la Corte al poder desestimar o anular sus decisiones.

El pensador e historiador israelí Yuval Noah Harari fue muy claro en su artículo publicado ayer en el periódico israelí Haaretz, al calificar como golpe de Estado lo que está pasando en su país. Lo describe como un golpe de Estado desde arriba, que no se desenvuelve con tanques y soldados en las calles, sino de otra manera, a saber: “El golpe ocurre a puerta cerrada, con la aprobación de leyes y la firma de decretos que eliminan todas las restricciones al gobierno y desmantelando todos los frenos y contrapesos. Por supuesto, el gobierno no declara que está dando un golpe de Estado. Sólo afirma que está aprobando algunas reformas muy necesarias por el ‘bien de la gente’”.

En estos momentos, el golpe del que habla Harari está aún en suspenso porque grandes masas de la sociedad israelí están librando en las calles y en los medios una batalla heroica para detenerlo. Una batalla similar a aquella que los mexicanos conscientes de lo que se está fraguando desde Palacio Nacional debemos emprender a fin de salvaguardar la independencia de nuestra Suprema Corte bajo la presidencia de Norma Piña, y desde luego, la autonomía y cabal funcionamiento de nuestro INE. Está en juego la sobrevivencia de la democracia.

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