El trabajo sexual y la verdad incómoda
El mayor error frente al trabajo sexual ha sido mirarlo como un “mal necesario”. En realidad es un bien mal comprendido por el tufo de estigmatización que la sexualidad alcanza cuando se sitúa al margen de la reproducción o de los lazos afectivos. Su valor de cambio ...
El mayor error frente al trabajo sexual ha sido mirarlo como un “mal necesario”. En realidad es un bien mal comprendido por el tufo de estigmatización que la sexualidad alcanza cuando se sitúa al margen de la reproducción o de los lazos afectivos. Su valor de cambio para quienes lo ejercen es recibir dinero y para quienes lo compran recibir placer.
Sin embargo, el trabajo sexual no solo constituye un convenio de prestación de servicios; también es negocio, mercado, explotación, corrupción y hasta violencia. Las pretensiones de regularlo son las que lo han hecho sórdido por muchas razones no solo de tipo moral sino por la corrupción que el servicio público alcanza en las esferas administrativas a las cuales se les asigna la tarea de ordenarlo.
Hace años Michel Maffesoli señaló que la prostitución “es cívica” y que por ello
hace presente el parentesco esencial y orgánico de un conjunto dado”.
Este sociólogo, estudioso del comportamiento ligado al también llamado sexo servicio en las culturas antiguas, ha hecho notar sus etapas de esplendor y también sus ya extinguidos componentes religiosos. Por ello asegura que las mujeres dedicadas al sexo servicio nunca han sido en absoluto competidoras de la sexualidad sedentaria. Y tiene razón, porque el trabajo sexual también es subversivo.
Es materialmente difícil abordar en este espacio la inagotable gama de lecturas que conlleva la realidad del “oficio más antiguo del mundo”, porque no sólo ha crecido el trabajo sexual y su clientela, sino su aprovechamiento para insertar en esa dinámica acciones delictivas.
La creciente industria de la trata de personas le ha dado un nuevo enfoque mediante la explotación de menores y sobre todo la esclavitud de mujeres atrapadas en las redes sórdidas de estas mafias, hasta donde caen por secuestro o de manera voluntaria, inicialmente buscando oportunidades de empleo e ingresos. Sin embargo es importante distinguir la explotación sexual de la decisión libre y consciente que toman muchas mujeres y hombres para ganar dinero por dicha vía. La complejidad es tal que el tema rompió las barreras del género, ya que la oferta ha crecido al incorporarse a ella trabajadores sexuales varones y también mujeres transgénero, lo cual revela que la clientela igualmente se ha diversificado.
Por todo ello resulta indispensable regular el trabajo sexual pero no para restringirlo como “mal necesario”, insisto, sino como engranaje de una economía subterránea que, igual que otras actividades informales, simplemente no va a desaparecer por decreto. Hoy por hoy se trata de una actividad incómoda.
El asunto es que muchos legisladores siguen sin comprender su complejidad y lo continúan valorando como asunto de salud pública o como un giro mercantil que requiere ser reglamentado e incluso que debe desaparecer. El 31 de octubre del 2013, en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, el diputado Agustín Torres Pérez (quien recientemente renunció al PRD), propuso una iniciativa de ley verdaderamente absurda por cuanto considera que eliminando el sexo servicio termina también el delito de trata de personas explotadas sexualmente.
La iniciativa no plantea nada nuevo ante los incontables intentos de regular este comercio, pero eso sí, establece en pleno Siglo XXI que se debe prohibir el libre ejercicio de dicho trabajo a quienes presenten alguna enfermad, adicción o se encuentre en estado de gestación. Las y los trabajadores del sexo comercial deben contar con permiso y gafete entre otras barbaridades, asienta la iniciativa.
Orientar el trabajo sexual para que no devenga en un negocio de explotación, en violencia o en recurso para la trata, no ha sido tarea fácil. Cuenta Sergio González Rodríguez en un excelente ensayo que la reglamentación de la prostitución en la Ciudad de México se realizó por vez primera en 1865, mediante un registro que debía incluir nombre y fotografía de cada mujer, así como su condición de salud. ¿Se parece en algo a lo que el diputado Torres Pérez sugiere 148 años después?
Una de los graves errores en los intentos por reglamentar la vida de quienes se dedican a comerciar con el cuerpo ha sido culparles de la existencia de infecciones de transmisión sexual. González Rodríguez lo señala al revisar los distintos intentos de ponerle cauce institucional en la capital mexicana con motivos sanitarios, pero deja claro --sin citarlo expresamente-- que muchas de las llamadas enfermedades venéreas crecieron por la movilidad de la población a propósito de la Revolución, fenómeno que modificó las formas de ofrecer este servicio.
De hecho, y esa es mi convicción, en términos generales quienes transmiten las infecciones sexuales son los clientes. Las mujeres que deciden asumir el riesgo del trabajo sexual empiezan en condiciones generales de salud y es el contacto con sus clientes, así como la falta de una política integral de acceso a los servicios públicos lo que las lleva a adquirir esas infecciones. Es absurdo suponer que por ese motivo dejarán la actividad, menos si ya les empezó a retribuir ingresos.
En el debate contemporáneo, pocas inteligencias han sido contundentes como la de Marta Lamas, quien alerta sobre el riesgo de tomarse a la ligera cualquier política medida en torno al trabajo sexual.
Recientemente advirtió que el mercado no es un mecanismo neutral de intercambio y que sus transacciones dan forma a las relaciones sociales. En ese sentido, apunta, hay que reglamentarlo pero tomando en cuenta que para evaluar una transacción comercial es indispensable medir las relaciones políticas y sociales que sostiene y respalda, así como examinar los efectos que produce en cada género, porque no existe la igualdad redistributiva para que toda la población tenga acceso a los bienes básicos.
Reglamentar el trabajo sexual sí, por supuesto, pero con sentido común y en un marco amplio y sensible respecto de todo lo que supone esta economía informal, pues además de generar dinero, el trabajo sexual produce placer. Mucho más placer que escuchar a políticos mentirosos o a legisladores estúpidos.
Referencias
- Lamas, Marta. “Prostitución, ¿debate o trata? Por un debate sin prejuicios”, Memoria del taller para periodistas Distinguir Comercio Sexual y Trata, pag. 29-55. Editado por la Secretaría del Trabajo y Fomento al Empleo del Gobierno del Distrito Federal, Octubre 2014, México.
- González Rodríguez, Sergio. “Los bajos fondos”, ed. Cal y Arena, 1990, México.
- Mafessoli, Michel. “La prostitución como forma de socialidad”, traducción de Alan Pauls. Revista Nueva Sociedad, páginas 106-115, 1990, Caracas.
@LuisManuelArell
