El agravio fue y ha sido nuestro

La historia de México sigue atrapada en el “nosotros” los indígenas y “ellos” los españoles. Tal reduccionismo provoca planteamientos absurdos como el formulado por el presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España. Mediante filtración de prensa ...

La historia de México sigue atrapada en el “nosotros” (los indígenas) y “ellos” (los españoles). Tal reduccionismo provoca planteamientos absurdos como el formulado por el presidente Andrés Manuel López Obrador al rey de España.

Mediante filtración de prensa se relató que el pasado mes de marzo el mandatario mexicano envió una carta a Felipe IV para reclamar por los agravios -cometidos hace 500 años- en contra de los pueblos originarios durante la conquista emprendida por Hernán Cortés a nombre de una corona que él no representa.

Este reclamo, que posteriormente tanto la cancillería como el Ejecutivo buscaron proyectar en términos simbólicos, revela en el fondo la vigencia de tintes nacionalistas y tóxicos a partir de la lectura parcial de la conformación del Estado Mexicano, donde lo hispano quedó excluido. Millones de ciudadanos -incluido López Obrador- emplean el “nos conquistaron” cuando antes de 1521 México no existía y sobre su territorio se asentaba un crisol de naciones, con lenguas y culturas diferentes, en pugna contra el imperio mexica, igualmente despiadado y tirano.

La colonización española duró casi tres siglos. Durante ese tiempo se configuró el basamento lingüístico, religioso y jurídico que sirvió de soporte para proclamar la independencia, liderada por descendientes de la estirpe conquistadora que se asumieron oriundos de la Nueva España y se identificaron con el crisol de las culturas nativas. El ensayista Gabriel Zaid lo llama con mucho tino “cultura matriotera”. Puede parecer anecdótico pero la cantaleta de que “nos conquistaron” fue iniciada por los criollos, en castellano y con estandartes católicos.

En este sentido, es igualmente relevante la intervención del clero cuyas expresiones oscuras se proyectaron a través de los excesos derivados de la inquisición y la evangelización violenta contra los pueblos mesoamericanos, incluida la destrucción de sus templos, así como sus deidades. López Obrador -por cierto- envió otra carta al Papa Francisco para demandar la misma disculpa a una nación aferrada al catolicismo.

La ideología que acompañó a Cortés y a los misioneros religiosos llegó envuelta en los referentes de la Edad Media y así permaneció incluso después de la independencia. El peso de esa herencia fue documentado por Luis Weckmann en su célebre “La herencia medieval en México”.

La discusión académica respecto de dónde termina la Edad Media y dónde inicia el Renacimiento planteada por Jacques Le Goll, uno de los mayores especialistas en el tema, ofrece aproximaciones al sentido ideológico de la periodización histórica, particularmente porque en el curso de la Edad Media también “hubo renacimientos plurales más o menos extendidos y más o menos dominantes”.

Y esto último es lo que parece haber sucedido durante la construcción cultural de la Nueva España, sumergida en una visión espiritual medieval aunque con destellos de cambio en las artes, el pensamiento laico e ideales de transformación social. El fuerte cimiento conservador y cristiano que hoy determina la cultura popular, así como el funcionamiento de muchas instituciones a lo largo del tiempo, sobre todo jurídicas, es incomprensible sin estos antecedentes ideológicos.

¿Qué sentido tiene demandar disculpas a España por una hostilidad que no ha cesado en contra de los pueblos originarios hoy también despojados de sus tierras? Le Goff señaló que la historia requiere de “continuidad y discontinuidad”. En el caso de la medición de la Edad Media él encontró que en Europa esa larga etapa de la humanidad concluyó hacia mediados del siglo XVIII, poco después -por cierto- de la independencia de la Nueva España ante la corona.

Tenemos una asignatura pendiente respecto al Renacimiento, que llegó muy tarde a nuestro país; la independencia política construida en 1810 no se tradujo en independencia religiosa. Por esto tampoco hay agravios qué disculpar.

Más que perdones hay que despejar telarañas. A pesar de la inserción de México en la globalidad, vivimos bajo régimen que disfraza la estructura medieval: el neo-feudalismo, es decir, la concentración de capital, la concentración de mercados, el monopolio de la fe, el agandalle de la cultura y sobre todo la entrega del poder a un solo hombre.

Referencia

  • Le Goff, Jacques. ¿Realmente es necesario contar la historia en rebanadas?, traducción del Yenny Enríquez. Ed. Fondo de Cultura Económica, 2016, México.

@LuisManuelArell

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