Poniatowska congelada en Bogotá

En 1991 Bogotá no había dado aún el salto urbanístico y modernizador.

Me encontré con Elena Poniatowska en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México, antes de abordar el avión que nos conduciría a Bogotá para asistir al I Encuentro Internacional de Periodismo Cultural de la Feria Internacional del Libro de 1991, hace ya más de los 20 años del tango. La princesa Poniatowska estaba ataviada con un inconsútil huipil de algodón blanco casi transparente y sandalias, como si se fuera a trasladar a Managua o a La Habana.

Conocedor de los horrendos fríos de la temporada en la alta Bogotá de los Andes, a donde la señora Poniatowska nunca había ido, le dije aterrorizado que así no podía viajar a mi país y le expliqué con detalles que Bogotá no era una ciudad Caribe como la Cartagena o la Barranquilla de su amigo Gabriel García Márquez, sino una helada ciudad de los Andes, situada a dos mil 700 metros de altura, cubierta de bruma, golpeada siempre por vientos, brisas, aguaceros y lloviznas heladas que se alternan a veces con destellos de un sol paramuno que puede ser calcinante.

Pero la Poniatowska parecía no creerme o no tomar en serio lo que yo le estaba diciendo, convencida de que la capital de un país tropical en plena línea ecuatorial no podía ser más que una ciudad igual de tórrida a las del Caribe cubano o centroamericano. Fue inútil cualquier consejo y como ya había documentado sus maletas y no llevaba al parecer bolsa de mano, se subió así en el avión mientras yo sufría al saber que al llegar a la capital colombiana en la noche, recibiría de inmediato un toque de hielo que la dejaría convertida en una estatua.

Así fue. Los organizadores que llegaron por nosotros nos llevaron hasta la Avenida Jiménez al Hotel Nueva Granada, en esos tiempos terribles del país cuando todavía vivía Pablo Escobar y morían cada día asesinados políticos, candidatos presidenciales, se derribaban aviones, aullaban en las caballerizas del Ejército centenares de izquierdistas torturados y estallaban a diestra y siniestra coches bomba, por lo que aventurarse a Bogotá era ya un acto heroico, como yo vi al día siguiente en el rostro aterrorizado del aún joven editor, periodista y cuadro de Alfaguara y Prisa, el canario Juan Cruz, para quien también ese viaje sería el primero que haría en Colombia.

En 1991 Bogotá no había dado aún el salto urbanístico y modernizador que dio luego con los alcaldes Peñalosa y Mockus, sino que era un desastre total y mucho más en ese centro donde está situado el Hotel Nueva Granada, cerca de la vieja sede de El Espectador y de la histórica de El Tiempo,  a una cuadra de donde mataron en 1948 a Jorge Eliécer Gaitán, a unos pasos del Museo del Oro y donde siempre han pasado casi todas las cosas.

Poniatowska se subió esa noche a su habitación y yo a la mía, sin saber que después de la medianoche las tenebrosas oleadas de hielo comenzarían a invadir la ciudad, situada en la sabana preferida por los conquistadores y los antiguos indígenas chibchas.

El Hotel Nueva Granada, como otros similares modernos aparecidos en los años 50 y 60 del siglo XX, por ejemplo El Tequendama, fundado en 1954, El Continental y el Dann Colonial, fueron grandes lugares a lo largo de las décadas y en los 60 tuvieron su fulgor, el tintineo de los cubiertos, la elegancia de sus botones, la agitación de sus salones de congresos y de recepción en los tiempos iniciales del Frente Nacional.

En tiempos de los presidentes Ospina, Rojas Pinilla, los dos Lleras, Guillermo León Valencia, Bogotá todavía vibraba en su centro. Pervivían aún los cafés y tertuliaderos bohemios, restaurantes, clubes, librerías, tascas y la  séptima era todavía un lugar lleno de tiendas y almacenes de nivel. Ahora, tres décadas después, el país se hundía en el narcotráfico y la ciudad se desmoronaba por todas partes.

Allí Poniatowska estuvo a punto de congelarse aquella noche. Hacia medianoche me informaron que la princesa franco-polaco-mexicana pedía ayuda, ya que no había traído prendas adecuadas y las frazadas no eran suficientes en su habitación de un piso alto. Todos los empleados presentes se movilizaron para tratar de salvar a la periodista, reportera, cronista, novelista, la gran diva polaca nacida en París en 1932, que en este otoño de 2013 acaba de obtener el Premio Cervantes.

A falta de calefacción o chimenea, no sé cuántas frazadas tuvieron que llevarle a su habitación, pero aun así la autora de Lilus Kikus, La noche de Tlatelolco y Tinísima, la bella y elegante que atrajo durante décadas en Mexico City a todos los varones señalados y hubiera podido ser, por su belleza, portada permanente de Vogue y Elle, al lado de Ava Gardner, Rita Hayworth y Lauren Bacall, seguía tiritando en las alturas andinas. Al día siguiente me dijo que le habían robado su cartera y no tenía dinero y estaba desolada  buscando a los organizadores del Encuentro.

Poniatowska no sabía que se estaba congelando en un punto histórico de la capital: a unos pasos de El Espectador, donde el joven Gabriel García Márquez realizó los primeros pasos de reportero hacia la  gloria, a unos metros de la galería del fotógrafo Leo Matiz, donde hizo la primera exposición el joven Fernando Botero, a metros de donde existió el café automático, reino de los poetas León de Greiff, Luis Vidales y Eduardo Carranza y al lado de la oficina en que Álvaro Mutis trabajaba y donde preparó el sonado homenaje gastronómico a Brillat-Savarin.

Más de 20 años después, de manera sorpresiva, esta gran mujer polémica, sencilla, activa, infatigable, entusiasta militante de izquierda, que siempre ha estado tecleando en los últimos 60 años día a día, como la reportera que da voz a los sin voz y se autoconsidera una modesta periodista, ha sido galardonada con el Premio Cervantes como una de las únicas cuatro mujeres que se lo arrebataron a los engreídos y hegemónicos varones hispanos y latinoamericanos, pavos reales que lo han acaparado injustamente desde siempre.

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