Un café amargo

Los domingos no suelo despertar temprano, a menos que un virus se atreva a entrar a mi casa o a la de los míos. Pero ese día, sin razón aparente, abrí los ojos antes de las ocho de la mañana. Fui a la cocina por mi café reglamentario y, sin pensarlo mucho, envié un ...

Los domingos no suelo despertar temprano, a menos que un virus se atreva a entrar a mi casa o a la de los míos. Pero ese día, sin razón aparente, abrí los ojos antes de las ocho de la mañana. Fui a la cocina por mi café reglamentario y, sin pensarlo mucho, envié un mensaje a una amiga. Confieso que fue a manera de broma, asumiendo que tal vez habíamos llegado a ese momento de la vida —ése que el cuarto piso nos regala— cuando la cama te escupe sin piedad.

Su respuesta fue rápida y cortante: “¿Puedes hablar?”. La llamé de inmediato. Del otro lado del teléfono, su voz quebrada fue el presagio de algo que ninguna de nosotras quiere escuchar jamás. “Tengo cáncer”, dijo. Tal vez hablamos más, pero esa frase sigue retumbando en mi cabeza como un eco infinito.

Las preguntas se arremolinaron en mi mente: ¿qué médico te diagnosticó?, ¿es especialista?, ¿buscamos una segunda opinión? Pero también las palabras se quedaron atrapadas. Lo trágico, lo inmenso del miedo, no se puede soltar tan fácilmente cuando quien te necesita está al otro lado, intentando mantenerse en relativa calma.

Como tantas mujeres en este país, mi amiga tuvo que enfrentarse no sólo al diagnóstico, sino también al sistema lento, desigual, costoso e injusto. Afortunadamente, en su camino se cruzó la Fundación de Cáncer de Mama (FUCAM), una institución sin fines de lucro que le tendió la mano.

ESCASA PREVENCIÓN Y ATENCIÓN

FUCAM es hoy la única institución privada sin fines de lucro en México que ofrece tratamiento integral y seguimiento especializado para el cáncer de mama. Con sedes en Ciudad de México, Morelos, Oaxaca y Chiapas, esta organización cumple una labor que debería formar parte del sistema de salud público: acompañar con dignidad, rapidez y calidez a quienes enfrentan esta enfermedad.

Desde la detección en unidades móviles hasta el tratamiento con equipos médicos capacitados, FUCAM ha hecho lo que las cifras nacionales revelan que el Estado ha dejado de hacer. Porque el cáncer de mama es la primera causa de muerte por cáncer en mujeres en México y la mastografía sigue sin estar al alcance de todas.

Un estudio de 2024 reveló que 80% de las mujeres mayores de 50 años no se habían hecho una mastografía en los últimos dos años. Esto coloca a México como el país con menor prevención en este rubro entre los miembros de la OCDE.

La detección temprana se ve obstaculizada por desigualdades estructurales. Las mujeres que viven en zonas rurales, que hablan una lengua indígena, que no están casadas, que tienen menor escolaridad o que no cuentan con seguridad social, simplemente no tienen las mismas posibilidades de acceder a un estudio que podría salvarles la vida.

El sistema público está colapsado o, en el mejor de los casos, saturado. Investigaciones del Instituto Nacional de Salud Pública refieren que México apenas tiene 3.24 mastógrafos por cada 100 mil mujeres de entre 40 y 69 años.

MES ROSA

Pero no se trata sólo de aparatos. Se necesita personal, infraestructura, acceso, continuidad, información. Todo lo que hoy no se garantiza.

En octubre —mes de la sensibilización sobre el cáncer de mama— abundan los moños rosas y las campañas, pero falta hablar de lo justo. Porque es injusto tener que esperar a que los servicios públicos puedan atendernos, a sus tiempos y no como lo marca la gravedad de un diagnóstico.

Necesitamos acceso a la salud con perspectiva de género, presupuestos públicos suficientes, denunciar la desigualdad en el acceso al tratamiento, apoyar a organizaciones como FUCAM y no dejar solas a nuestras compañeras cuando atraviesan estos procesos. Abrazarnos a la distancia, por teléfono, con cafés amargos y mensajes mañaneros.

Que no tengamos que despertar un domingo cualquiera con esa llamada. Que no tengamos que agradecer a una fundación por hacer lo que le corresponde al Estado. Que todas podamos acceder a una mastografía sin importar el código postal, el idioma que hablamos o si tenemos o no seguro social. Y que el cáncer de mama no nos siga robando a tantas.

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