“Qué fuerte eres”

Mi experiencia con el cáncer va de la mano con mi experiencia de una segunda maternidad frustrada. Nunca le perdonaréque no me dejó buscar un segundo embarazo

Por Irene Treviño Frenk

A propósito del 4 de febrero,       

Día Mundial de la Lucha

contra el Cáncer.

En este día nos invitan a compartir nuestras historias relacionadas a vivir con cáncer. Yo sigo sin sentirme muy bienvenida en este grupo de quienes padecen este mal. Para empezar, hasta hace muy poco pensaba que mi historia con cáncer había sido tangencial. Pensé que tenía una enfermedad que “ni siquiera deberíamos de llamarle cáncer, sino carcinoma”, de la cual no me iba a morir y que había quedado en el pasado.

Yo sabía que algo no iba bien, pero disciplinada y obediente, esperé hasta que era indispensable volver a intervenir. Entonces, fue para todos evidente que mi cáncer ahora se acompaña de los apellidos metastásico y recurrente, activo y con necesidad de tratamiento, otra vez.

Mi experiencia con el cáncer va de la mano con mi experiencia de una segunda maternidad frustrada. Nunca le perdonaré al cáncer que no me dejó buscar un segundo embarazo. Nunca aceptaré mi mala suerte, por más que algunos le llamaron buena suerte: el día que consulté para buscar preservar mi fertilidad fue el día que me encontraron los nódulos en la tiroides.

Recuerdo mi impaciencia en la sala de espera (por algo se llama así). Recuerdo haberle dicho a la enfermera:

—Dígale al doctor que no necesito que me revise. Sólo quiero hablar con él.

—El doctor no trabaja así, mejor espere.

Qué sorpresa me llevé al tener un examen físico tan completo que me dio el “regalo” del diagnóstico oportuno. Después vinieron los tratamientos contra el cáncer, eventualmente incompatibles con mis planes de fertilidad, a pesar de haberla “preservado” al congelar mis óvulos. Muchas veces mis malestares cotidianos me resultan convenientes, ahora es más fácil para mí entender las indicaciones externas: “Es mejor no tener un bebé en tus condiciones de salud”; “está bien, doctor, lo que usted diga”, así lo acepto ahora.

También me doy cuenta de que mi mayor pérdida fue mi capacidad de autodeterminación, eso nunca le había pasado a Irene, siempre muy fuerte, dicen. Ya venía arrastrando una crisis personal (creo que le llaman “crisis de los 40”) y para mí el cáncer y los duelos que se derivaron de éste sólo fueron las estocadas finales del golpe de realidad. Mi experiencia con el cáncer, entonces, ha sido el reto de aprender a vivir bajo la frustración, las limitaciones y la incertidumbre, todo un muégano de duelos. A éstos algunos le llaman la sabiduría de la vida. A mí me hubiera gustado adquirirla de una manera más saludable.

Ahora me gusta aprender sobre el budismo. Quizás éste es el karma, quizás estoy en el proceso de algo mejor. Como premio inesperado, mi experiencia ha enriquecido mi capacidad clínica y la empatía. También agradezco tener un “relativo buen pronóstico” (aún por reajustarse) y recibir excelente atención médica. Sé que soy privilegiada y por eso también doy gracias. Mientras, así es mi realidad y doy un paso a la vez. Por ahora no es tiempo de soñar.

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