Lo que comienza cuando termina el ciclo escolar

#OpiniónCoparmex

Columnista Invitado Nacional

Columnista Invitado Nacional

Lydia Nava Vásquez* 

Cada año, cuando suena el último timbre del ciclo escolar, millones de niñas, niños y adolescentes salen de las aulas con la emoción de las vacaciones. Las mochilas se guardan, las libretas se cierran y las boletas llegan a casa como el símbolo de un año que concluye.

Pero quizás el mayor error sea pensar que ahí termina el aprendizaje.

En realidad, la educación nunca ha dependido exclusivamente de la escuela. La escuela enseña conocimientos; la vida enseña criterio. En las aulas se aprenden matemáticas, español, ciencias o historia; fuera de ellas se aprenden la responsabilidad, la empatía, el respeto, la solidaridad y el valor del trabajo. Ambas dimensiones son indispensables para formar ciudadanos íntegros.

Este año, además, el cierre del ciclo escolar volvió a recordarnos que la educación enfrenta nuevos desafíos. Las discusiones sobre el calendario escolar, los ajustes propuestos para responder a las altas temperaturas y la necesidad de proteger el bienestar de las comunidades educativas dejaron claro que el sistema educativo debe adaptarse a una realidad cada vez más compleja, sin perder de vista un objetivo fundamental: garantizar el aprendizaje de niñas, niños y jóvenes.

Sin embargo, más allá del calendario, existe una conversación que pocas veces ocupa los titulares.

¿Qué ocurre cuando las puertas de la escuela se cierran?

Las vacaciones representan una pausa académica, pero también una enorme oportunidad para fortalecer aquello que no siempre puede enseñarse en un salón de clases. Es el tiempo para que las familias recuperen conversaciones pendientes, para despertar la curiosidad mediante la lectura, para descubrir nuevos intereses, convivir con otras generaciones y aprender que el compromiso, la disciplina y el respeto también forman parte de la educación.

Vivimos en una época en la que solemos medir el aprendizaje a partir de calificaciones, evaluaciones o certificados. Sin embargo, las habilidades que hoy demanda el mundo trascienden cualquier boleta. La capacidad para resolver problemas, trabajar en equipo, adaptarse al cambio, comunicar ideas o actuar con integridad se construye día con día, muchas veces fuera del entorno escolar.

Por eso, la formación de las nuevas generaciones es una responsabilidad compartida. Las familias tienen un papel insustituible. Las empresas también. Y las comunidades, igualmente.

Desde los Centros Empresariales de la Coparmex conocemos de cerca esa realidad porque estamos presentes en ciudades donde la educación, el empleo y el desarrollo social son pilares fundamentales para el progreso cotidiano. Sabemos que detrás de cada negocio hay madres y padres que buscan conciliar su vida laboral con el cuidado de sus hijos; empresarios que impulsan programas de formación; empresas que abren espacios para jóvenes que buscan su primera oportunidad y comunidades que entienden que invertir en educación siempre genera el mejor rendimiento social.

El desarrollo de un país comienza cuando una niña descubre que puede aprender; cuando un adolescente encuentra un adulto que cree en su talento; cuando una familia dedica tiempo a escuchar, orientar y acompañar.

Al concluir este ciclo escolar vale la pena reconocer el esfuerzo de estudiantes, docentes y familias. Pero también recordar que el aprendizaje no entra en receso.

Porque el futuro de México dependerá, sobre todo, de lo que, como sociedad, seamos capaces de enseñar durante estos meses en los que la escuela hace una pausa, pero la educación continúa.

Al final, el último timbre nos recuerda que educar es una tarea permanente y compartida, una responsabilidad que pertenece a todos y que, precisamente por eso, tiene el poder de transformar comunidades enteras.

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*Vicepresidenta nacional de Centros Empresariales de la Coparmex