Muchas veces, el futbol, y especialmente los mundiales, nos proporcionan una radiografía del estado que guarda la geopolítica regional y global. La Copa del Mundo 2026 ha tenido tres anfitriones, Canadá, Estados Unidos y México, países que, a su vez, conforman un bloque comercial, pese a la intempestividad del ocupante de la Casa Blanca, que por motivos electorales amenaza con acabar, aunque realmente no lo puede hacer, como quedó demostrado a finales de junio.
Norteamérica 2026, más que una celebración compartida entre tres países vecinos, fue el acaparamiento del espectáculo (104 partidos; 78 en EU, 13 en Canadá y 13 en México) y la ambición especulativa obscena que proyecta un récord de ganancia superior a los 15 mil millones de dólares para la FIFA. Atroz negocio a partir de la afición que la humanidad tiene por el futbol, paradójicamente, por ser un deporte accesible, pues con un poco de imaginación y ganas de divertirse, un par de piedras se convierten en portería.
La región tampoco parece un barrio en el que prospere la buena vecindad. Actualmente, la administración de Trump trabaja de manera activa en la realización de un plebiscito separatista en la provincia de Alberta, Canadá, una región rica en recursos hidrocarburíferos. Esto no es especulación, miembros de Alberta Prosperity Project, un grupo ultraderechista, afirman haber tenido reuniones este año con funcionarios del Departamento de Estado para discutir temas como uso del dólar estadunidense, frontera y seguridad. No hay que perder de vista que, en un contexto más amplio, Trump ha insinuado la posibilidad de hacer de Canadá el estado 51 de la Unión Americana.
De igual manera, el golpeteo continuo hacia México en la agenda de Donald Trump no ha cesado durante el Mundial. Más allá de las palabras, persisten las acciones e, igual que en Canadá, el contubernio con élites locales que buscan ejercer la gerencia del entreguismo. La semana pasada, en Chihuahua, fueron detenidos por la Guardia Nacional y el Ejército Mexicano dos soldados estadunidenses armados que fueron entregados a la Fiscalía General de la República. Es claro que en Chihuahua, como en Alberta, desde adentro se está dejando la puerta sin llave para que el intervencionismo pueda entrar sin problema.
A nivel global se cuenta una nueva historia, la de un país amistoso y hospitalario, abierto a recibir a todo el mundo, especialmente a los perseguidos, como la maltratada selección de Irán. El Mundial mostró a México como un país apasionado, pero con capacidad de organización; el gran ambiente en las ciudades sede dieron al mundo otra cara de México, una más real que la narrativa construida mediante el softpower con la única intención de justificar ante el orbe una posible agresión militar.
La oposición, enojada por la alegría del pueblo, llegó al grado de desacreditar el triunfo frente a Ecuador reproduciendo fake news generadas por Eduardo Feinmann, sionista de pasaporte argentino, quien aseguró que grupos del crimen organizado amenazaron a los futbolistas ecuatorianos. No es la primera vez que Feinmann escupe palabras de odio hacia México con pretexto del futbol. Revelador, que mientras más crecen los intereses ilegítimos del Estado genocida de Israel en América Latina, más aparecen estas operaciones mediáticas y juicios sumarios en redes sociales para dividir y enfrentar a las sociedades latinoamericanas; viejo principio, divide ut regnes.
El equipo de México nos hizo sentir representados porque se supo sobreponer a la adversidad y nunca dejó de luchar. A su vez, la Copa del Mundo hizo evidente que la mayoría de los mexicanos amamos nuestro país y estamos orgullosos de quienes somos, de nuestros colores y de nuestra bandera. No aspiramos a ser la estrella 51 de nadie.
*Analista
