Por José Antonio Meade Kuribreña*
Hay trayectorias que se miden por los cargos que se ocupan; otras, las menos, se miden por el cargo que se deja. A Miguel Mancera Aguayo lo marca el día de 1982 en que decidió dejar de ocupar el suyo. Cuando por fin llegó el retiro, tampoco buscó espacios públicos: resolvió jubilarse y se dedicó desde entonces a la filantropía. Murió el lunes, a los 93 años, habiendo legado al país una institución fundamental, a la que sirvió con pasión.
A don Miguel lo conocí primero por las sobremesas en casa. Sonia Corcuera, su esposa, era muy amiga de mi abuela, Carmen Orvañanos. Con cargo a ello, Miguel y José Kuri Breña, mi abuelo, lo fueron también.
Juntas impulsaron que Mancera y mi abuelo dieran pláticas a los padres de unos jóvenes en una escuela vespertina. No era un renglón del currículum, sino una forma de estar en contacto con el mundo real. En esa amistad hay algo que explica al personaje: Mancera fue toda su vida, simultáneamente, funcionario y maestro. Sonia fue, además, una gran historiadora. Fueron siempre gente que se preocupó y se ocupó de los demás.
Mis papás les guardaban especial gratitud. La noche de su pedida, como entonces se acostumbraba, recibieron una botella con los saludos de Sonia y Miguel. En su buró estuvieron por años unas lámparas que fueron su regalo de bodas.
La trayectoria de mi papá se cruzó con Banxico, mucho más que la mía. Ahí se formó a fines de los 70, junto a Francisco Suárez Dávila y a Alfredo Phillips, en los años en que se caía Bretton Woods, se desordenaba el dólar y México descubría, con la devaluación del 76, que la estabilidad no debía darse por sentada. Aquella generación aprendió el oficio en la trinchera y con jefes exigentes.
Era director general del Banco Ernesto Fernández Hurtado, y Miguel Mancera, entonces responsable del área internacional, egresado del ITAM y de Yale, era ya, sin duda, quien mejor entendía el funcionamiento del tipo de cambio. Ambos habían sido hechura de don Rodrigo Gómez, personaje extraordinario que tuvo a su cargo la conducción del banco central desde 1952 y hasta su muerte.
Mancera llegó a la Dirección General en 1982, siendo José López Portillo presidente de México. El sexenio había empezado con orden para enfrentar el cambio de gobierno, pero la elevación en el precio del petróleo acabó con ese esfuerzo. Según decía López Portillo, “eran tiempos de administrar la abundancia”. ¡Así nos fue!
El 17 de febrero de 1982 la economía hizo crisis: se devaluó el peso y el Banco de México se retiró del mercado cambiario. A mediados de marzo salieron David Ibarra, secretario de Hacienda, y Gustavo Romero Kolbeck, director general del Banco de México. La doble salida recordaba otra coincidencia 12 años antes: Antonio Ortiz Mena dejó Hacienda el 13 de agosto de 1970 y al día siguiente murió don Rodrigo Gómez.
Ese relevo de marzo se dio en momentos muy difíciles. En abril, Mancera publicó un documento con su sello intelectual: Inconveniencia del control de cambios. No era un memorándum interno ni una nota técnica de circulación restringida: era una advertencia pública y razonada, sobre por qué un control generalizado de cambios no iba a funcionar en un país con la frontera y la apertura financiera que México tenía. Escribirlo, y sobre todo publicarlo, era decirle que no al Presidente de la República.
Ése no lo repitió en junio, en la Convención Bancaria de Acapulco. Sus discursos de convención eran un género propio: banqueros y prensa los esperaban impresos en unos cuadernillos verdes y los leían como cátedra, escudriñando cada frase. El de 1982 sostuvo dos veces la misma tesis: la clave estaba en reducir el déficit fiscal a montos financiables por medios no inflacionarios, porque imprimir dinero para abundar el crédito “conllevaría su propia derrota”. López Portillo despachó el asunto en su diario con tres palabras: “Bueno el de Mancera”. No entendió que le estaban diciendo que no por segunda vez.
El 1 de septiembre, en su último informe, José López Portillo decretó exactamente eso: control generalizado de cambios y nacionalización de la banca privada. La noche anterior, Mancera había presentado su renuncia. No hubo carta abierta ni entrevista ni ajuste de cuentas. Hubo congruencia, que es una forma de valentía.
Días después de su renuncia, mi papá fue a saludar a Mancera a su casa. De esa visita nos platicaba lo que en mi ánimo fue una lección: la lealtad institucional y la obediencia no son lo mismo, el día que se confunden el país termina pagando. Mancera no renunció por soberbia ni por cálculo. Lo hizo porque había puesto por escrito que, no debía hacerse, y no se puede firmar un documento en abril y administrar, meses después, la medida contraria.
El 1 de diciembre, Miguel de la Madrid asumía la Presidencia de la República y, con gran responsabilidad, lo restituyó al frente del Banco de México. Volvió sin cobrar la factura, como era su estilo.
Lo que siguió fueron 15 años de trabajo cuesta arriba. La crisis de la deuda. La inflación de tres dígitos. Los pactos, que fueron un artefacto heterodoxo y funcionaron precisamente porque tuvieron detrás una disciplina monetaria ortodoxa. La eliminación del financiamiento del déficit con crédito primario del banco central, que fue una reforma clave. El nuevo peso, decretado en 1992 y en circulación desde el 1 de enero de 1993, que quitó tres ceros y devolvió a una escala humana a los precios. Y, en abril de 1994, la entrada en vigor de la autonomía del Banco de México. Vale la pena detenerse ahí. La autonomía no fue un regalo del poder ni una moda importada. Fue la conclusión lógica de una biografía. Un país que había visto a su banquero central renunciar antes que ejecutar lo que consideraba un error terminó por escribir en la Constitución que ese dilema no debía volver a presentarse. Mancera fue el primer gobernador del Banco autónomo, pero antes había sido, durante 12 años, la evidencia viviente de por qué hacía falta serlo.
Esa autonomía puso en blanco y negro una disposición trascendente, a cuyo amparo se han evitado crisis económicas: “Ninguna autoridad podrá ordenar al banco conceder financiamiento”.
Mancera instrumentó también el Sistema de Ahorro para el Retiro, piedra angular del nuevo sistema de pensiones que hoy explica un alto porcentaje del ahorro nacional, un mejor retiro para los trabajadores y la disponibilidad de recursos para desarrollar un mercado de deuda en pesos que permite, entre otras cosas, impulsar obras de infraestructura.
Conviene recordar algo que suele perderse en la discusión pública sobre la autonomía: el Banco de México no sólo emite moneda y conduce la política monetaria; la ley le encomienda expresamente fungir como asesor del gobierno federal en materia económica y, particularmente, financiera. Es una función discreta, sin titulares y sin ceremonia, pero explica por qué el banco central ha sido, en los hechos, la conciencia técnica del Estado mexicano. Mancera la entendió así toda su vida. Cuando renunció en 1982 no estaba abandonando su encargo: estaba ejerciendo, hasta sus últimas consecuencias, la parte del encargo que consiste en aconsejar.
Su trascendencia tiene también que ver con los cuadros que formó: se acompañó de un equipo extraordinario y, bajo su conducción, el Banco fue un semillero de talento. Se honra su memoria cuando se repasan las trayectorias en cuya formación él, y el Banco que dirigía, fueron determinantes. Ernesto Zedillo entró como analista, fue subgerente de investigación económica y le tocó poner en marcha el Ficorca, el mecanismo con el que se reestructuró la deuda en dólares de las empresas mexicanas después de 1982; 12 años más tarde sería Presidente de la República.
Jesús Silva Herzog, Chucho, era también hechura del Banco: entró en 1956, a los 21 años, a la Oficina Técnica que despachaba junto a don Rodrigo Gómez, de quien siempre se reconoció discípulo. En el relevo de marzo de 1982 llegó a la Secretaría de Hacienda al mismo tiempo que Mancera a la Dirección General: en plena tormenta, el semillero aportó de golpe las dos cabezas de la política económica. A Chucho le tocó anunciarle al mundo, en agosto de ese año, que México no podía pagar; de aquel fin de semana en Washington arranca la crisis de la deuda de todo un continente, y también el prestigio con que supo negociarla.
Francisco Gil Díaz, secretario de Hacienda con Vicente Fox, tuvo una larga trayectoria en el Banco de México. De igual forma, Guillermo Ortiz, después de una carrera en el propio Banco, fue secretario de Hacienda y Crédito Público y, más tarde, gobernador del banco central. La lista de gobernadores, subgobernadores y secretarios de Hacienda formados ahí en esos años es casi la nómina completa de la política económica mexicana de las tres décadas siguientes. Y el semillero no fue sólo de economistas: Francisco Borja Martínez, abogado e historiador de la institución, cuidó durante décadas su andamiaje jurídico, y Roberto del Cueto, formado en esa misma gerencia jurídica y artífice legal de la autonomía, presidió después la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y volvió al Banco como subgobernador durante más de una década.
Tres trayectorias ilustran bien cómo funcionaba ese semillero: Pepe Sidaoui trabajó 32 años en el Banco y, en un momento crítico, salió a la Secretaría de Hacienda como subsecretario: le tocó la crisis de 1995, el regreso de México a los mercados financieros internacionales y, junto con Genaro Borrego desde el IMSS y Fernando Solís Soberón desde la Consar, darle rumbo a la reforma de pensiones. Después volvió al Banco, donde fue subgobernador 16 años. Alejandro Díaz de León entró en 1991, siendo Mancera director general; el Banco lo apoyó para hacer su maestría en Yale. Regresó a hacer una carrera larga, de analista a director; pasó por Pensionissste, por Crédito Público y por Bancomext, y en 2017 terminó gobernando la institución en la que había empezado. Agustín Carstens fue, probablemente, el discípulo más apreciado por don Miguel. Entró al Banco de México en 1980, se doctoró en Chicago y regresó a la institución a encabezar la investigación económica. De ese encargo salió al Fondo Monetario Internacional, primero como director ejecutivo y después como subdirector gerente; volvió como secretario de Hacienda; gobernó el Banco de México de 2010 a 2017, y terminó dirigiendo en Basilea, durante casi ocho años, el Banco de Pagos Internacionales: el banco de los bancos centrales, que nunca había sido encabezado por alguien de una economía emergente. Por su vía, la escuela de Mancera llegó al Fondo y al BIS.
Ése era el mecanismo que don Miguel auspició: el Banco prestaba gente al país cuando éste la necesitaba, y la recibía de vuelta mejor de cómo se había ido. Mancera no formó discípulos: preparó cuadros, que es más difícil y dura mucho más.
Las pruebas que siguieron fueron brutales. Diciembre de 1994 y el año posterior siguen siendo objeto de debate. Lo que sí puede afirmarse sin controversia es que la autonomía del Banco, de apenas ocho meses, se sometió al examen más duro imaginable, y superó la prueba. Sobrevivió a la crisis, sobrevivió al rescate y lo hizo consolidando su prestigio. Treinta años después, sigue de pie. Poquísimos diseños institucionales mexicanos pueden decir lo mismo.
La autonomía no la ejerció solo. Su Junta fundacional la integraron Ariel Buira, Francisco Gil Díaz, Jesús Marcos Yacamán (gran economista y jugador de dominó) y Guillermo Prieto Fortún; cuando Prieto salió, al cierre del 94, entró Guillermo Güémez, el primer subgobernador venido del sector privado. A esa segunda Junta le tocó la prueba de fuego: diciembre de 1994, el año terrible y la reconstrucción de la credibilidad. Y en la última quincena de su mandato, con la salida de Gil, alcanzó a sentar en la mesa a Sidaoui. La ley fijó de origen periodos escalonados para los subgobernadores, precisamente para que ningún presidente pudiera renovar la Junta completa de un plumazo. También la colegialidad fue diseño suyo: un banco que ya no dependiera de un hombre, ni siquiera de él.
Me tocó ver de cerca su relevo en 1997, cuando Guillermo Ortiz llegó al Banco de México. Yo estaba empezando y lo viví sin dimensionarlo. Hoy lo veo distinto. Que la salida del primer gobernador autónomo haya sido ordenada, previsible y sin drama fue, en sí misma, el último servicio de Mancera al diseño que había impulsado. Las instituciones no se prueban cuando llega su fundador, sino cuando se va.
Retirado del Banco, no aceptó ningún otro cargo público y volcó su tiempo en instituciones que no pagan sueldo ni dan reflectores. Estuvo en la Junta de Gobierno del ITAM, desde que ese órgano se integró en 1967, y en el Consejo Directivo de la Asociación Mexicana de Cultura de 1957 a 2007: medio siglo exacto. Fue patrono del Museo Nacional de Arte y patrono emérito de la Fundación Gonzalo Río Arronte. El ITAM, donde había dado clase entre 1958 y 1964, le dio el doctorado honoris causa en 2006. Su austeridad era legendaria y varias anécdotas circulaban siempre con cariño: se contaba que tomaba un kleenex, lo partía en dos, usaba una mitad y guardaba la otra para más adelante. Parecen anécdotas menores, pero no lo son: el hombre que cuidaba así un pañuelo desechable cuidó con idéntico celo el valor de la moneda de todos los mexicanos.
Veinte años después de su salida del Banco, el 6 de octubre de 2017, en el antiguo convento de Betlemitas, sede del Museo Interactivo de Economía, Agustín Carstens, entonces gobernador del Banco de México y a semanas de dejarlo, le organizó un homenaje al que asistimos Guillermo Ortiz y yo, ya como secretario de Hacienda. Fue aquella una tarde de anécdotas más que de discursos. Carstens dijo esa tarde que “reconocer a tiempo a quienes tomaron decisiones controvertidas es una obligación”, y resumió a don Miguel en una frase: “sembrar hoy para que otros cosechen mañana”.
Lo que más recuerdo, sin embargo, es la respuesta de Mancera. En vez de hablar de sí mismo, como se habría esperado de un homenajeado, dio crédito a los muchos que aportaron al Banco y al País.
Hay funcionarios que dejan obra y ejemplo. Las lecciones no se ven, pero se viven. El legado de Miguel Mancera es que hoy ningún mexicano se pregunta, al despertar, si el gobierno le ordenará al banco central imprimir dinero para pagar la nómina. La ausencia de esta pregunta costó una carrera entera, una renuncia y una reforma constitucional. Descanse en paz don Miguel Mancera Aguayo. A sus hijos, a toda su familia y a sus muchos amigos, les mando un abrazo solidario. Se fue un maestro y un servidor público que entendió, mejor que casi nadie, que la mejor manera de servir a un gobierno y a un país es, a veces, decirle que no al Presidente de la República.
*Exsecretario de Hacienda y Crédito Público
