La semana pasada hubo dos eventos que no me dejaron indiferente. Por un lado, un exgobernante arrogándose nuevamente la voz del pueblo desde una finca en el sureste del país, después de haber habitado durante seis años, con su familia, Palacio Nacional. Difícilmente los más de cien millones de mexicanos, el pueblo de verdad, podrían sentirse representados por esta persona, por más empeño que ésta ponga en hablar en su nombre. Por otro, un enorme intelectual decía que ningún campesino mexicano había hablado en el mundo real como los personajes de Juan Rulfo y que, si así fuera, todos serían poetas orales. La observación se me quedó dando vueltas. Me hizo pensar en todas aquellas voces campesinas que nunca llegaron a un libro, a una grabadora o siquiera a una hoja de papel.
En ambos casos se habla del pueblo, pero desde afuera. Es hora de mirarlo desde adentro.
Conozco muy bien la historia de un campesino analfabeto. Huérfano. Con un jacal sin piso como morada. ¿Su sueño? Que sus hijos aprendieran a leer y escribir. No tenía mucho más que sus manos para trabajar y una pistola para defenderse en un mundo rural donde los doctores, los jueces y la policía apenas existían, y donde no había agua potable, luz ni drenaje. Pero tenía algo: visión. “Mis hijos van a leer y escribir” fue la primera piedra. “Todos van a ir a la escuela”, la segunda. Lo logró.
Sus diez vástagos cambiaron la hoz, el tenate y la yunta por libros de medicina, contaduría, arquitectura y derecho. Dejaron de pasar hambre y pudieron comprarse zapatos. Hoy, la tercera generación goza de un bienestar que para aquel campesino habría resultado difícil siquiera imaginar.
¿Aspiracionista? Sí. ¿Equivocado? No lo creo.
Querer que tus hijos vivan mejor que tú no debería requerir defensa moral. Hay algo profundamente mezquino en quienes pretenden convertir el deseo de superación en un defecto.
No hay grandeza en romantizar la pobreza. Quien la ha vivido sabe lo difícil que es levantarse a las cuatro de la mañana para llegar al trabajo, ahorrar para comer carne o acallar el ruido del estómago con una tortilla con sal. Millones de mexicanos caminan todavía durante horas por senderos de terracería o se aglutinan a las puertas del Metro, esperando que no se incendie y los lleve a su trabajo. Muchos duermen bajo techos que gotean y entre paredes que el viento amenaza con derrumbar. Cuentan las monedas antes de decidir qué pueden llevar a la mesa.
Exigirles que permanezcan ahí desde una falsa superioridad moral es desdeñable. Muchos no quieren permanecer ahí. Viven con esperanza en el mañana. Aspiran a que sus hijos estudien, tengan una casa, un trabajo mejor, conozcan otros lugares, no pasen hambre. Negarles esa esperanza es condenarlos precisamente a aquello de lo que llevan generaciones intentando escapar.
La pobreza no es la identidad del pueblo y nunca debiera convertirse en ella. Su empeño por vencerla también forma parte de su historia, de su identidad y de su orgullo generacional.
Uno de los hijos de ese campesino estudió derecho. Fue uno de los primeros abogados de su pueblo natal. No traicionó sus orígenes cuando pudo comprarse zapatos, tener una casa o cambiar la yunta por un automóvil. Aquello era exactamente lo que su padre había querido para él. La movilidad social no expulsa a nadie del pueblo. También forma parte de su grandeza.
Un exgobernante podrá escribir cien libros titulados Grandeza y aun así ésta podrá seguir siéndole ajena cuando sus actos y los de su prole contradicen su discurso. Un jornalero podrá atravesar este mundo sin que nadie conozca su nombre, caminando con la frente erguida, principios innegociables y una conducta fiel a ellos. Puede morir sin aparecer jamás en los anales de la historia y dejar detrás una familia cuya historia cambió para siempre. Ahí sí encontraremos la grandeza.
En el pueblo también hay sabiduría. Se forma en la experiencia, en la observación, en la posibilidad de equivocarse y volver a levantarse. Los ancianos del pueblo, su Senado, guardan memoria y una extraordinaria agudeza para observar.
Muchos sabios han transitado por este país en el anonimato. No escribieron libros. No dieron conferencias. No recibieron reconocimientos. Sus palabras desaparecieron con ellos. Pero no sus acciones. Es necesario aprender a escucharlos.
Entonces podemos entender mejor a Rulfo. No les prestó lucidez a sus campesinos. Les prestó oído.
Por eso me resulta ofensivo oír a alguien que no vive como la mayoría hablar en nombre del pueblo desde el privilegio, después de una administración incapaz de resolver problemas sociales fundamentales y marcada también por numerosos señalamientos y casos de corrupción. El pueblo no necesita que nadie convierta sus carencias en identidad ni que administre su desesperación como patrimonio político. Basta de mirar al pueblo desde arriba. Basta de verlo como una masa a la que hay que extenderle la mano cuando se busca su voto para después darle la espalda una vez conquistado el poder. Basta de romantizarlo cuando conviene y olvidarlo cuando ya cumplió su función electoral. Basta de creer que puede conocerse desde un escritorio o entenderse solamente a través de los libros.
El pueblo de México somos muchos más que su clase política. Somos quienes trabajamos, sembramos, estudiamos, producimos, educamos a nuestros hijos y tratamos de dejarles una vida mejor que la que recibimos. Aquel campesino analfabeto nunca escribió sobre la grandeza. Tampoco habló en nombre del pueblo. Se limitó a trabajar, a mantener su palabra y a conseguir que sus hijos aprendieran a leer.
Pero ahí está el verdadero pueblo. Ahí está la verdadera grandeza.
*Presidente del Círculo Mexicano de Derecho y Libertad
