Conjugación
Las palabras nos definen. Y son las palabras las que nos laceran y dejan al descubierto aquello que duele y nos avergüenza como sociedad cuando la realidad nos estrella ese espejo en el que solemos mirarnos. Llevamos, al menos, dos sexenios con la claridad de que algo ha dejado de funcionar en nuestro frágil sistema social: es impactante la facilidad con la que se denuesta, se ataca y rebaja al otro por el simple de hecho de ser diferente a los principios políticos —si es que existen—, económicos —si es que no son una ilusión— y culturales —si es que creen que la “alta cultura” es la única expresión válida— de quien se atreve a despreciarlos
Por Carlos Carranza*
Si es verdad que las palabras nos definen, el año pasado el término aporofobia —neologismo propuesto por la filósofa española Adela Cortina— se sumó al diccionario de la vergüenza: en su definición se plantea que en ocasiones la xenofobia y el racismo, en realidad, es la aversión a su condición de pobreza. Así, al observar con detenimiento, nuestro espejo comienza a estrellarse y la imagen de un México solidario y tolerante, que se intenta mostrar al mundo, se fragmenta.
Por ello, no, no sorprende la reacción de gente cercana a nosotros ante la llamada caravana de migrantes conformada, en su mayoría, por personas que huyen de la realidad de sus países centroamericanos. Pero no perdamos de vista lo más elemental: son personas cuya procedencia va más allá de una nacionalidad, su origen es un sistema político y económico que ha destrozado la posibilidad de vivir con la mínima dignidad que requiere todo ser humano. La dignidad de una vida en libertad y paz.
En este sentido, cabe preguntarse si nosotros, como país, gozamos de condiciones tan diferentes que nos permitan asumirnos como paradigma de la justicia, la igualdad y la tolerancia. Parece que nuestras condiciones de pobreza fueran una marca registrada que la hace única, menos devastadora y con mayores opciones que las de ellos. ¿En qué radica esa pretendida diferencia? La pobreza sólo es importante en épocas electorales: situación que el narcotráfico ha explotado a la perfección y que los propios inmigrantes mexicanos —con las remesas— han intentado mitigar.
Así, quienes esgrimen la pregunta de qué hacer con estos miles de inmigrantes parecen no estar enterados que México lleva años siendo un terrible puente entre ellos y las esperanzas que han puesto en Estados Unidos. Somos un camino en el que la corrupción de las autoridades migratorias y gobiernos locales —y su contubernio con el narcotráfico— son el infierno que les ofrecemos. Claro, sin olvidar a la gente que al brindarles agua y alimento dan sentido a las palabras solidaridad y empatía.
No. No sorprende que las expresiones de racismo, xenofobia y clasismo en las redes sociales y en las sobremesas sean frecuentes, ¿por qué sorprendernos si han sido parte de plataformas políticas en épocas electorales? Quizá, lo más sorprendente es que sigamos mirando a otro lado cuando la podredumbre florece al suponer que los inmigrantes mexicanos son los únicos que deberían llamar nuestra atención y los reclamos de dignidad ante los vecinos del norte.
Max Aub, exiliado español, decía en un aforismo, “Éste es el hombre. Así se declina, mejor dicho, se puede declinar, hablando de la declinación del tiempo, desde el Paraíso Perdido, diciendo: Yo soy perfecto, tú eres imperfecto, él es aborrecible, nosotros somos perfectos, vosotros sois imperfectos, ellos son aborrecibles...”. Así como se enseña las conjugación de los verbos, Aub nos revela la manera en la que seguimos comprendiendo la dimensión humana, un claroscuro en el otro es un peligro.
Es difícil no preguntarnos qué es aquello que nos permite seguir imaginando una sociedad casi novohispana, qué ha sucedido con los planes de estudio en el que las humanidades debieron brindarnos una estructura filosófica y cultural que nos alejara de cualquier estigma clasista y racial. Diariamente, la realidad social, política y económica de nuestro país desafía la tolerancia y el sentido común de todos. Es de vital importancia que el Estado actúe en consecuencia: observando políticas migratorias que protejan y garanticen los derechos humanos de centroamericanos y mexicanos.
Sin embargo, debemos cuestionarnos —como sociedad— nuestra responsabilidad para que tan lamentables expresiones no solamente existan, sino que cada vez más se conviertan en exitosas plataformas políticas. Conjuguemos al hombre a la luz de la educación y la cultura.
Académico
Twitter: @carloscarranzap
