¿Cómo juzgar los Juegos Mejorados?

MELBOURNE.— En mayo tuvo lugar en Las Vegas la primera edición de los Juegos Mejorados, donde a los atletas participantes se les permitió el uso de sustancias para la mejora del rendimiento deportivo. Antes del inicio de la competencia, su fundador, Aron D’Souza, afirmó: “Vamos a pulverizar los récords mundiales … Será un antes y un después en la historia de la humanidad: una nueva generación de superhéroes”.

Pero los juegos no cumplieron las bravatas de D’Souza. Sólo un participante batió un récord mundial oficial: el nadador griego Kristian Gkolomeev, que mejoró la marca en 50 metros libres por menos de una décima de segundo. En cualquier caso, tres atletas que afirmaron no haber tomado sustancias ganaron en sus respectivas pruebas. Uno de los argumentos en favor de los Juegos Mejorados fue que con ellos aprenderíamos a superar los límites biológicos del rendimiento humano. Pero, irónicamente, parece que la principal lección fue que en las especialidades que se disputaron en los Juegos (atletismo, natación y halterofilia), las sustancias hoy disponibles tienen menos influencia de la que se supone. No hubo superhéroes ni un antes y después para la especie humana.

Aun así, los Juegos Mejorados generan serias interrogantes sobre las normas actuales de las competencias deportivas internacionales. ¿Por qué, exactamente, está prohibido el uso de sustancias? La mayoría de las declaraciones contrarias a los Juegos Mejorados de los organismos deportivos internacionales pusieron el acento en los peligros del uso de sustancias. Tal vez la pregunta más importante que plantean los Juegos Mejorados tenga que ver con la autonomía personal. D’Souza considera que está liberando a los atletas del paternalismo de los gobiernos y de las federaciones. En su opinión, siempre que los participantes sean adultos y den su consentimiento libre e informado, la cuestión se reduce a: “Mi cuerpo, mi elección; tu cuerpo, tu elección”. Por el contrario, el filósofo Byron Hyde sostiene que los grandes premios en efectivo ofrecidos en los Juegos Mejorados pueden tener un efecto coercitivo sobre atletas desfavorecidos y menoscabar su autonomía en vez de aumentarla. Hyde da el ejemplo de un atleta, Ben Proud, que dijo que lo primero que recuerda haber oído de los Juegos Mejorados fue que había un premio de un millón de dólares por batir un récord mundial, y que le pareció “una oportunidad demasiado buena como para rechazarla”. Pero tomarnos en serio el salto que va de la declaración de Proud a la implicación de “efectos coercitivos sobre la autonomía de los atletas” generaría consecuencias muy extrañas. Basta pensar en la carrera del futbolista nigeriano Victor Osimhen, uno de siete hijos de una familia pobre de un vecindario de Lagos aledaño a unos basureros malolientes (fue en uno de esos basureros donde Osimhen consiguió sus primeros botines de futbol).

La habilidad de Osimhen le permitió jugar en el Mundial Sub17, donde llamó la atención de los cazatalentos. Al poco tiempo estaba recibiendo ofertas de clubes europeos que ni hubiera soñado siendo niño. Ofertas que, sin duda, eran “demasiado buenas para rechazarlas”, y cuya aceptación le permitió mantener a toda su familia. ¿Alguien diría que los clubes europeos no debían hacérselas porque eran coercitivas y al aceptarlas Osimhen no obraba de modo autónomo?

A veces el paternalismo se justifica. La obligación legal de llevar cinturón de seguridad en el auto evita muchas tragedias, porque somos muy malos en lo referido a tomar precauciones contra riesgos muy pequeños de daños graves. Pero decir que los cuantiosos premios restaron poder de elección a los participantes (adultos y plenamente informados) de los Juegos Mejorados es llevar el paternalismo demasiado lejos.

Queda finalmente la cuestión de la justicia. El COI declaró: “Si se quiere destruir cualquier concepto de juego limpio y competencia leal en el deporte, ésta es una buena forma de hacerlo”. Es verdad que una competencia donde sustancias costosas generen una mejora real del rendimiento será injusta para quienes no puedan pagar por ellas. Pero lo mismo puede decirse de las zapatillas de Adidas con las que a principios de este año Sabastian Sawe corrió una maratón en menos de dos horas. Cuestan 500 dólares y su vida útil es muy corta; Stephan Scholten, de Adidas, reconoció que sólo pueden usarse para “un par de maratones”. Si la justicia deportiva exigiera condiciones equitativas al alcance de todos los que quieran competir, entonces habría un motivo para prohibir el uso de costosos fármacos para la mejora del rendimiento. Pero también sería un motivo para prohibir los costosos trajes de natación de alta tecnología y las costosas zapatillas de alta tecnología.

*Profesor emérito de bioética en la Universidad de Princeton, autor de Animal Liberation, Practical Ethics, Ethics in the Real World y The Life You Can Save (Random House, 2009) 

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