México sí puede acostumbrarse a ganar

Por Oscar del Cueto

México vive un momento que va más allá de las noticias del día. La Selección Nacional consiguió tres victorias consecutivas en la fase de grupos de un Mundial; la mejor primera ronda en la historia del futbol mexicano. Karim López, de Hermosillo, Sonora, fue elegido con el pick 21 del Draft de la NBA, convirtiéndose en el primer mexicano en ser seleccionado en la primera ronda. Erick Portillo logró una medalla de plata histórica en salto de altura dentro del Campeonato Mundial Bajo Techo con una marca de 2.30 metros. Además, México eligió por primera vez a una mujer como Presidenta de la República: Claudia Sheinbaum.

Algunos dirán que todo esto no tiene relación entre sí. Pienso lo contrario. Durante generaciones, los mexicanos hemos competido con talento, carácter y creatividad, pero también con una inseguridad silenciosa, nos preguntamos, ¿podemos ganar? Duda que nace de la costumbre de ver el triunfo como una excepción.

México tiene condiciones extraordinarias. Posee talento deportivo, creatividad, una población joven, riqueza cultural, ubicación estratégica y enormes capacidades científicas y empresariales; sin embargo, hemos vivido como si el éxito internacional fuera algo reservado para otros. Por eso estos triunfos importan. No porque un resultado o un fichaje resuelva los problemas del país, sino porque modifican la imaginación colectiva.

La verdadera importancia de estos logros está en la motivación que producen. Una niña que ve a una mujer ser Presidenta entiende que el liderazgo también puede tener rostro femenino. Un niño que ve a Karim López llegar a la NBA descubre que el basquetbol mundial no está reservado para otros países o, un joven atleta que observa a Erick Portillo subirse al podio mundial comprende que México también puede competir en disciplinas donde antes casi no aparecía. Una generación que ve a su selección ganar tres partidos seguidos empieza a sospechar que, quizá ganar también puede ser parte de nuestra identidad.

Los triunfos inspiran, pero los sistemas producen más triunfos. Si México quiere dejar de depender de generaciones excepcionales, debe construir generaciones preparadas. Las grandes potencias no dominan el mundo sólo porque tengan más recursos naturales, sino porque entendieron que la inversión con mayor rendimiento es el conocimiento. Cada peso invertido en educación de calidad multiplica el talento disponible para una nación.

Corea del Sur, Finlandia, Israel y EU son ejemplo de ello. Por eso la educación no debe verse como un gasto, sino como la inversión más rentable que puede realizar una sociedad. Lo mismo ocurre con la ciencia y el desarrollo tecnológico o el deporte. Una medalla olímpica no comienza el día de la competencia, sino años antes, cuando un niño encuentra un entrenador preparado, instalaciones dignas, programas de detección de talento, medicina del deporte, apoyo psicológico y nutricional, y una institución que cree en él. El éxito no es obra de una sola persona, sino consecuencia visible de cientos de decisiones invisibles tomadas por una sociedad.

Estos triunfos deben entenderse como señales, no como metas. Nos muestran lo que los mexicanos somos capaces de hacer cuando el talento encuentra oportunidades.

México no necesita producir un Karim López, un Erick Portillo o una líder mundial cada generación: necesita construir un sistema capaz de producir miles de historias semejantes. Ningún país puede aspirar a ser potencia si sólo celebra a sus excepciones. Las verdaderas potencias son aquellas donde miles de personas extraordinarias dejan de ser excepcionales.

El mayor recurso estratégico de México siempre fue el talento de los mexicanos. La historia demuestra que no existe inversión más rentable que desarrollar el talento de una nación.