Existencialismo ornitológico: Tomás Méndez

Por Pablo Reyes

De las variadas formas que los místicos afirman que es posible demostrar la existencia de Dios, Jorge Luis Borges ensaya una basada en una parvada de pájaros. Inapelable. Pero en la música popular mexicana, Tomás Méndez, en la tradición de los agnósticos, sabe que las aves son quienes nos llevan, no al paraíso, sino quienes nos conducen a través de este desfiladero de sufrimiento y penitencia por el que también, quizá, lleguemos a la salvación.

En Argumentum Ornithologicum, Borges escribe: “Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no sé cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra el de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y más de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos pájaros. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe”.

Nuestro Tomás Méndez vio también esa parvada. Y supo su número. 

Él vio un gorrioncillo (pecho amarillo); vio una (cucurrucucú) paloma; vio una paloma negra; vio una golondrina presumida; y supo, como Borges lo supo, que Dios existe, pero en el caso de Tomás Méndez es a través de la salvación que brindan la pena y el sufrimiento.

Nacido en el mismo año que José Alfredo Jiménez y que Rubén Fuentes, Tomás Méndez es, sin duda, el más bucólico de nuestros poetas populares: hace arder a la naturaleza, como en Leña de pirul; usa El aguacero para inundarnos en una Laguna de pesares; por su cielo vuelan palomas, golondrinas y gorrioncillos.

Zacatecano que llegó a la Ciudad de México buscando construir una carrera dentro de la música popular, una serie de azares y decisiones lo colocan en los años 40 del siglo pasado en la XEW, entonces el medio de mayor potencia en el mundo de habla hispana. Allí conoce en 1952 a una sinaloense que trabajaba como secretaria, y poseedora de la voz más magnífica de la música ranchera, Lola Beltrán.

La colaboración Méndez-Beltrán produjo una de las series más consistentes de éxitos de la música ranchera, además de la serie ornitológica ya mencionada, el dúo fija dentro de nuestra cultura popular canciones como: Tres días, el famosísimo Huapango torero; y, por supuesto, la inolvidable Las rejas no matan, cantada por Lola Beltrán y por Javier Solís en sendas versiones insuperables. 

Consistente con la hipótesis de que la creación cultural no es aislada, sino un ecosistema, es verdaderamente notable cómo Tomás Méndez produjo sus canciones, que forman parte ya del ADN de los mexicanos, a la par y en el mismo nivel que el gigante del género, José Alfredo Jiménez.

Poeta del sufrimiento, el engaño y el abandono, Tomás Méndez logra alturas gemelas con las cumbres de José Alfredo: “eres leña de pirul/ que no sirves ni pa’rder/ nomás para hacer llorar”; “ya no sé si maldecirte, o por ti rezar”; “auroras que son puñaladas/ las rejas no matan/ pero sí tu maldito querer”; “me estoy muriendo y tú como si nada/ como si al verte te alegraras de mi suerte”; “la cruz no pesa/ lo que cala son los filos”.

Canciones llenas de dolor, pero también lamentos cargados de ironía y desafío, las canciones de Tomás Méndez no únicamente son azote y desgarre, sino también orgullo y reivindicación, de cómo incluso en el más profundo desamor caben el humor y la esperanza del consuelo: “las balas perdidas pegaron siempre en mi pecho/ pero tus besos me inyectaron nueva vida/ bien haya el máuser que te ha tronado/ para acabar con mi vida”.

Con una notable salvedad.

Quizá ningún autor, en un género tan angustiante como el ranchero, se haya hundido en las penumbras de Paloma negra. Es una noche inacabable, en donde, cansado de llorar, el autor espera en el amanecer el consuelo que no llega. A punto de claudicar, sigue esperando el cariño que cree que la aurora finalmente le traerá. Incapaz de soportar el dolor intolerable no tiene otro recurso más que pedirle a Dios la fuerza suficiente para no salir a buscar a su amor.

Borges busca a Dios como una urgencia intelectual, mediante un silogismo ornitológico. Tomás Méndez recurre a Dios como el último recurso inhumano para no morir de la pena por una oscura paloma.

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