En este año que corre José Alfredo Jiménez cumple 100 años. Sus primeros 47 años estuvo físicamente en este mundo, los siguientes 53 su alma se ha extendido no únicamente sobre México, sino sobre todos los hispanoparlantes de la tierra, José Alfredo es el poeta popular del castellano, sus versos y canciones forman parte de nuestro código genético, y aquellos mexicanos que aún no nacen ya saben que en sus momentos de dolor y soledad, José Alfredo les hará compañía.
Cuando la selección española de futbol ganó el mundial este 2026, sus compatriotas atestaron las plazas públicas para celebrar el campeonato, y en una comunión coral, cantaban juntos El Rey, el himno desafiante y orgulloso en donde José Alfredo Jiménez combinaba imágenes de piedras rodantes, caminos y destinos, retos y triunfos. El Rey es la canción con la que los hispanoparlantes celebramos la victoria (muchos años antes de que We are the champions, de Queen, hiciera lo mismo para los angloparlantes).
José Alfredo no es sólo un autor, es un horizonte: la música popular mexicana sigue evolucionando dentro del contorno dibujado por él. Casi parece adrede que haya nacido en Dolores, no sólo porque las penas fueron siempre los asuntos de sus canciones, sino porque justo esa pequeña ciudad, cuna de la Independencia, fue también el origen de este poeta que culminó la identidad musical y cultural de los mexicanos.
Sus potencias poéticas eran inauditas. Durante una accidentada gira artística por el occidente y el noroeste de México, en un automóvil Chrysler modelo 1957 color blanco, José Alfredo y su troupé sufren ponchaduras de la llanta delantera izquierda pasando el valle del Yaqui; en Los Mochis se le truena el radiador, el cual echaba agua por todas partes; subiendo la sierra de la Rumorosa, pasando Mexicali, el auto casi se les desbiela por el esfuerzo.
Es ese periplo cerca de la catástrofe al que José Alfredo convierte en El Corrido del Caballo Blanco, el auto blanco es justamente ese caballo, mostrando su increíble capacidad poética para convertir historias vitales en líricas, en versos metrados, en coplas cadenciosas que, siguiendo la tradición de los juglares, convertían épicas en música para incorporarlas a la tradición oral de la comunidad.
Los insuperables primeros dos versos de Camino de Guanajuato: “No vale nada la vida, la vida no vale nada/ comienza siempre llorando, y así llorando se acaba”, entre Sartre, fray Luis de León y Nezahualcóyotl, abren una de las canciones más potentes escritas por José Alfredo. Es engañosamente una canción folclórica, dedicada a su estado natal, Guanajuato, en la tradición mexicana de cientos de canciones dedicadas al terruño.
Pero José Alfredo no era lineal. Siempre poliédrico, en cada copla, dedicada a una ciudad de su estado, descarga una salva existencial: “Allí se apuesta la vida, y se respeta al que gana”, cuando habla de la ciudad de León. Pero al hablar de Salamanca los versos se hunden en una enorme tristeza: “Camino de Guanajuato/ que pasas por tanto pueblo/ no pasen por Salamanca/ que allí me hiere el recuerdo/ vete rodeando veredas/ no pases porque me muero”.
En la canción mexicana el recurso utilizado aquí por José Alfredo es común: ordenarle a la naturaleza que haga algo: “Grítenme piedras del campo”, dice Cuco Sánchez; “Paloma, ve con violencia, y dile a mi amor que aguarde”, se dice en la tradicional canción La Estampilla.
José Alfredo le ordena al camino que no pase por Salamanca, ciudad en donde había muerto tiempo antes su hermano Ignacio, y en cuyo funeral su madre lloraba: “La vida no vale nada”.
Esa enorme capacidad de José Alfredo de transformar sus historias en lírica, de llevar el sufrimiento, el amor, la enfermedad, el dolor, lo mejor y lo peor de la vida hacia canciones y melodías inolvidables, lo hacen un poeta inigualable.
Poeta de enormes recursos líricos que era capaz de citarse a sí mismo en una canción. En Tu recuerdo y yo, en donde está solo, en el rincón de una cantina, oyendo una canción que él pidió, y en dónde sólo hasta el último verso sabemos que esa canción que él pide en medio de su sufrimiento es La que se fue, su primer éxito de radio.
Su breve vida fue un estallido de creatividad. Vivió en una vida muchas biografías, José Alfredo es a la vez inasible e inmediato, es tabernario y poético al mismo tiempo, es nuestro mayor juglar, y el cronista de nuestro agreste paso por este mundo.
