México ante la diplomacia del odio

Muchas cosas nos han indignado sobre la administración de Donald Trump en Estados Unidos: su discurso de odio hacia los migrantes, sus políticas demagógicas y proteccionistas, su forma de minar la relación comercial y de cooperación entre los países de América del ...

Muchas cosas nos han indignado sobre la administración de Donald Trump en Estados Unidos: su discurso de odio hacia los migrantes, sus políticas demagógicas y proteccionistas, su forma de minar la relación comercial y de cooperación entre los países de América del Norte, pero quizá lo más grave de su administración es su desprecio a los derechos humanos y a la dignidad de las personas migrantes, un desprecio que trasciende el discurso y se manifiesta en acciones que Danilo Zolo calificaría de “terrorismo humanitario”.

El episodio más grave que hemos visto hasta ahora es la implementación de su política de “tolerancia cero”, que incluye medidas que criminalizan a los migrantes y que separan a los menores de edad que los acompañan, con el presunto objetivo de desalentar la migración indocumentada.

Estas medidas son reprobables no sólo porque atentan contra los derechos humanos y contra la integridad y la dignidad de niños y niñas, que hasta hoy suman casi dos mil, sino porque, como lo ha señalado Sergio Muñoz Bata, “corrompen los valores de la civilización de occidente”.

Esto nos obliga a repensar las estrategias y acciones que debemos emprender para hacerle frente a este tipo de atropellos. Dos meses después de implementada esta política, hubo una reacción de la Secretaría de Relaciones Exteriores, que emitió una nota diplomática e hizo un llamado a las autoridades estadunidenses para corregir la situación. Una vez más se trató de una acción tardía y reactiva, producto de la presión de la sociedad y organismos de derechos humanos.

Estoy convencido de que el Senado de la República debe jugar un papel mucho más activo en ésta y otras discusiones en materia de política exterior. Como una instancia democrática, plural y de representación política, el Senado debe erigirse como un defensor de los valores que queremos que nos den identidad, y no me refiero a otra cosa más que al respeto y protección de los derechos humanos de todas las personas.

El próximo Senado tendrá que ser proactivo en al menos tres frentes: en primer lugar, buscando canales de comunicación eficaces con las cámaras de EU para construir una agenda de trabajo integral, donde México establezca los irreductibles de su política exterior, particularmente en la defensa de la integridad y la dignidad de los mexicanos. En segundo lugar, promoviendo el debate de estos temas ante organismos internacionales, de manera que desde la comunidad internacional se presione a Estados Unidos para el respeto de los derechos humanos, aun a sabiendas de que este país se resiste a converger con dichas instancias.

En tercer lugar, el Senado debe ser proactivo para que México se convierta en un país ejemplar en el trato hacia los migrantes, porque todo esfuerzo será en vano si en nuestro propio país carecemos de prácticas y mecanismos institucionales que garanticen el respeto a los derechos humanos y a la dignidad de todas las personas migrantes que transitan por nuestro país. El Senado debe construir una agenda legislativa orientada a este propósito y una agenda de trabajo de vigilancia y rendición de cuentas que muestren que, en un tema tan complejo, México mantiene la dignidad y la congruencia.

Construir una agenda que ponga en el centro a los derechos humanos debe servir para la defensa eficaz de nuestros connacionales, pero también debe servir para enorgullecernos y poner la dignidad de nuestro país al frente.

                *Candidato al Senado de la República por Movimiento Ciudadano en Jalisco.

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