89 años del PRI: la eterna tentación autoritaria

El PRI acaba de cumplir 89 años de existencia en una coyuntura política que debe llamarnos a la reflexión y a hacer un ejercicio de memoria. El PRI creó un sistema político de partido hegemónico, esencialmente antidemocrático, unipersonal y vertical; inventó un ...

El PRI acaba de cumplir 89 años de existencia en una coyuntura política que debe llamarnos a la reflexión y a hacer un ejercicio de memoria.

El PRI creó un sistema político de partido hegemónico, esencialmente antidemocrático, unipersonal y vertical; inventó un esquema de pluralismo controlado y corporativo mediante el cual distribuía puestos entre sus “sectores”; e institucionalizó un modelo de administración pública que entendía a la corrupción como un necesario y funcional modus operandi organizacional.

El sistema funcionaba casi a la perfección gracias a las reglas de sucesión presidencial que Daniel Cosío Villegas resumió en el concepto de “monarquía sexenal constitucional”. Cada presidente de México durante el Priato era un monarca en torno al cual se organizaba y distribuía el poder político y económico del país, pero sólo durante seis años y con la condición irrevocable de retirarse de la vida pública al concluir su mandato, pudiendo, desde luego, designar a su sucesor mediante otra institución priista: el dedazo.

Evidentemente, este sistema político vivía permanentemente asediado por la tentación autoritaria de los monarcas sexenales, que tenían a su disposición todo el poder de las instituciones. Recordando los últimos 40 años: Díaz Ordaz ordenó al Ejército una masacre de estudiantes; Luis Echeverría reprimió la oposición política e intelectual ya fuera mediante dádivas o amenazas (boicoteó y cerró este mismo periódico Excélsior en 1976); López Portillo destruyó la economía nacional al tomar decisiones sin contrapesos; De La Madrid tumbó el sistema electoral una noche para hacer fraude; Salinas y Zedillo se dedicaron a perseguir opositores políticos.  

Con el inicio de la transición a la democracia, que diversos académicos coinciden en situar en 1997 cuando el PRI pierde la mayoría legislativa, se dio paso a un incipiente sistema de pesos y contrapesos, de pluralismo político y ulteriormente de alternancias en la Presidencia de la República. Para muchos, la transición no ha concluido: ha llevado a un modelo federalista que debe corregirse y la división de poderes es aún imperfecta.

Pero, además, la esencia del priismo nunca se fue. Como lo he dicho en este espacio, el PRI regresó al poder después de 12 años de oposición sin aprender nada, sin entender que el país había cambiado, sin aceptar que las instituciones públicas no son patrimonio de los políticos ni están a cargo de un monarca sexenal.

Debido a esta conciencia priista ajena a una dinámica democrática y constitucional, es que hoy vemos un nuevo episodio en la eterna historia de tentaciones autoritarias del PRI: ese uso de las instituciones con fines personales y políticos, ya sea para enriquecerse o para atacar a sus opositores, como sucede hoy con el precandidato presidencial de la coalición Por México al Frente.

En este ejercicio discrecional y faccioso del poder, al PRI nunca le ha importado el futuro de las instituciones. En la tentación autoritaria no hay espacio para una vida republicana.

Por ello, debemos entender que hay imperfecciones de nuestra transición democrática que podemos corregir, como tener una Fiscalía General y un sistema de procuración de justicia plenamente autónomos, sin embargo, la historia nos ha demostrado que el PRI no aprende, que para el PRI las instituciones de la República siempre serán concebidas y utilizadas como su patrimonio, como instrumentos de control político, y, ante ello, nuestra mejor aliada es la memoria, porque hoy está en manos de los ciudadanos cambiar el rumbo.

                Precandidato al Senado de la República por Movimiento Ciudadano en Jalisco.

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