¿México o el 2018? Parte I

La continuidad de las políticas implementadas en los gobiernos de Fox y Calderón han devenido en el deterioro de la economía.

El Presidente declaró en días pasados que el rechazo al gasolinazo era un ejemplo claro de que la oposición no está preparada para gobernar. Insistió, como lo hace el PRI cada elección, en que las amenazas que enfrentará el país son la parálisis de la derecha o el vacío de la izquierda demagógica. Con estas reduccionistas declaraciones, Enrique Peña Nieto entró de lleno a la carrera por la Presidencia en 2018.

Si evaluamos la administración de Peña, podemos reconocer la continuidad de las políticas implementadas en los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón en el deterioro de la economía, el aumento de la violencia, la corrupción política como un acto común —México cayó 28 lugares en la calificación de Transparencia Internacional— el tráfico de influencias, los conflictos de interés y la impunidad. Para mala fortuna de los mexicanos, Peña ha superado a sus antecesores: su gobierno ostenta ya el récord en devaluación de la moneda y consumó la aprobación de reformas estructurales que han profundizado la crisis económica e institucional.

A pesar del enorme derroche de este gobierno en publicidad, nos encontramos ante un nivel alarmante de reprobación para un Presidente, el peor registrado en la historia moderna. El gobierno federal ha sido exhibido como nunca antes en casos de tráfico de influencias, de los que él mismo se ha absuelto; somos testigos de la generación de gobernadores más corrupta de los últimos tiempos, calificativo que no distingue filiaciones partidistas. En general, las instituciones se encuentran en sus niveles más bajos de confianza y credibilidad; ninguno de los tres poderes ni el Ejército ni la Iglesia son referentes positivos para la ciudadanía. A pesar de esta realidad, el presidente y su gobierno insisten en mantener las posturas que han convertido a México en lo que muchos llaman un Estado fallido y han llevado a las instituciones a una crisis de credibilidad sin precedentes. Pareciera que pensar en el país no es una de las prioridades del Presidente, al menos no tanto como lo es el 2018.

¿Cómo responde la clase política a este escenario? Al menos, los partidos políticos tradicionales se siguen rehusando a ver esta nueva realidad. El PRI pareciera que no aprendió nada de sus 12 años como oposición, manteniendo el mismo rumbo que ha llevado a México a una de las crisis política, social y económica más graves de las últimas décadas. Los partidos de la oposición acomodaticia siguen pensando en pactar elecciones –como los recientes ejemplos de Veracruz y Nayarit– antes que en la construcción de un proyecto de país que recoja la voz de los ciudadanos. Frente a esto hay quienes siguen pensando que la solución es un proyecto de nación en torno a una persona o una figura. Así pues, los partidos mantienen a la cabeza de sus prioridades la cuestión electoral, con los mismos actores, los mismos discursos, las mismas dinámicas.

No son estos políticos ni estos partidos tradicionales quienes están pensando en México, y la prueba de ello es que mantienen las mismas actitudes y prácticas que han guiado a las graves consecuencias que hoy vive el país.

En este escenario, debemos preguntarnos: ¿mientras los políticos tienen la mirada puesta en el 2018, quién está pensando en México?, ¿qué proyectos se están planteando?, ¿qué alternativas se están construyendo? Sin duda, es necesario voltear hacia la sociedad civil, a los movimientos emergentes, para buscar respuestas a estas preguntas. Ese análisis será motivo de la siguiente columna.

                *Coordinador del Grupo Parlamentario de Movimiento Ciudadano

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