Pensar el futuro de América del Norte

La región de América del Norte está transitando por una fase de transformación, cuyo reflejo más elocuente, sin lugar a dudas, es la victoria electoral de la plataforma populista de Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos, que ha venido acompañada de una ...

La región de América del Norte está transitando por una fase de transformación, cuyo reflejo más elocuente, sin lugar a dudas, es la victoria electoral de la plataforma populista de Donald Trump en la Presidencia de Estados Unidos, que ha venido acompañada de una política contraria a las nociones de integración regional que han sido impulsadas durante las últimas décadas. Sus acciones ejecutivas no sólo han polarizado a los estadunidenses, sino que han logrado el rechazo de una gran parte de la comunidad internacional; sus declaraciones y acciones continúan generando controversia, pero, sobre todo, incertidumbre en la región.

Cuando se concibió el modelo de integración regional de América del Norte, cuyo pilar fue la firma de su Tratado de Libre Comercio (TLCAN), se pensó en una región con sociedades generadoras de riqueza y bienestar para los tres países, en donde cayeran las barreras comerciales y se detonara la inversión.

A un cuarto de siglo de iniciado este proceso, los sectores más vulnerables de los tres países no han visto satisfechas sus exigencias y necesidades; en los tres países se han extendido los llamados “perdedores de la globalización”.

En nuestro país se detonó una creciente desigualdad social y económica, gracias a la apuesta de elevar nuestra competitividad a costa de tener bajos salarios para nuestra población. En Estados Unidos se sacrificaron trabajos, principalmente en el sector manufacturero, lo que creó una masa poblacional sumida en el descontento y la decepción. En Canadá, que transita por una crisis social inédita, han surgido opciones electorales extremistas muy semejantes a las que llevaron a Estados Unidos y a países de Europa a adoptar un discurso de odio frente a lo que es diferente.

El agotamiento de nuestro modelo de integración económica y de nuestros sistemas políticos ha alimentado el descontento y la frustración en los tres países. No es descabellado afirmar que América del Norte se acerca cada vez más a una crisis social donde la pobreza, el racismo y la marginación son las que movilizan a cada vez más amplios sectores de la población.

Trump es un síntoma de estas sociedades desiguales que crecieron y se expandieron en los años del TLCAN, de sociedades divididas por brechas de desigualdad y profundamente lastimadas por una clase política ineficiente, envuelta en la corrupción y dedicada a enriquecerse.

En los tres países de América del Norte se ha puesto al descubierto la existencia de extensos segmentos sociales olvidados y reprimidos, y esto significa que también se han puesto al descubierto sistemas políticos y económicos agonizantes que nos deben llamar a pensar el futuro de América del Norte.

La respuesta no se encuentra en construir enemigos en el extranjero, ni en buscar culpables. Lo que debemos revisar son las condiciones que han hecho posible una desigualdad alarmante; lo que necesitamos refundar son los sistemas políticos que hoy resultan disfuncionales y, a pesar de estas condiciones desfavorables, lo que no podemos dejar de hacer es pensar el futuro de América del Norte.

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