Por tercera ocasión en poco más de un año, la presidenta Sheinbaum dejó ayer a su suerte a Andrés Manuel López Beltrán. Enhebró unas frases generales sobre la injerencia extranjera, antes de expresar con claridad que el retiro de la visa al hijo de López Obrador no tenía por qué representar un conflicto con el gobierno de Estados Unidos. Palazo. Tercera vez que le transmite cero simpatías por sus andadas y desplantes. Lo hizo el 28 de julio del año pasado, cuando se refirió al infortunado viaje de López Beltrán a Tokio. Se lo repitió –con mayor empuje– diez días después, cuando el tabasqueño, que entonces era secretario de Organización de Morena, difundió un extraño texto en el que justificaba sus vacaciones japonesas alegando estar extenuado. Lo de ayer, sin embargo, era diferente. Cabía esperar un abrazo presidencial luego de que Andrés Manuel júnior informara que las autoridades estadunidenses, en una actitud hitleriana, según él, le habían cancelado la visa. Y de que, en una carta pública a Trump –el texto más disparatado y delirante que recuerdo de un político mexicano, un escrito que podría ser calificado de auténtico elogio de la estupidez–, pidiera la renuncia de Marco Rubio, llamara apático al propio Trump, en fin. López Beltrán se presentó como una víctima excepcional del régimen de Washington y no como uno de los 175 mil que han perdido el “privilegio” de la visa desde el regreso de los republicanos a la Casa Blanca, en enero de 2025. Frente a tanto despropósito, la Presidenta optó por no dar una lucha en vano. No, al menos, por ese personaje.
