La puesta en escena grandiosa de anoche en el estadio, las interminables playeras amarillas de los colombianos, los gritos fervorosos de los mexicanos que nunca se apagaron y lo bien que terminó saliendo todo permitirían esbozar una analogía con aquel París de Hemingway: si tienes la suerte de haber vivido en esta Guadalajara, entonces Guadalajara te acompañará el resto de tu vida, adondequiera que vayas, porque Guadalajara era una fiesta. Una fiesta que, lástima, terminará rápido, pasado mañana, con el juego entre España y Uruguay, con el rey Felipe en la tribuna. Lástima, pues esas dos semanas parecerán haber tenido la fuerza para hacer sentir a tapatíos, jaliscienses y mexicanos que, aquí, en esta tierra castigada durante años por la violencia de algunos de los grupos criminales más famosos de la historia —región de homicidios, desaparecidos y campos de exterminio—, se ha logrado un momento excepcional de convivencia y armonía colectiva. Hemingway advertía que no se debe escribir sobre un lugar hasta estar lejos de él, en el tiempo y en el espacio: sólo entonces se podrá obtener una perspectiva justa. Que corra el tiempo, sí, que se destensen las emociones. Mientras tanto, no quiero renunciar al derecho de disfrutar lo que estoy viendo. Qué alegría ser testigo de las imágenes y de la experiencia de los 14 días en que Guadalajara fue una fiesta.
