Dos años en su escondite

 Pasaron 730 días y creo que el criterio perfilado aquí en octubre mantiene su firmeza: López Obrador tuvo que esconderse en su finca porque no tenía un país que pisar sin que lo incordiaran, fastidiaran, jorobaran; sin que le gritaran viejo mentiroso, viejo cabrón. La poco creíble versión de que se refugia para producir historia, o la del demócrata que se guarda para no perturbar a la Presidenta, parecen poseer hoy todavía menos lógica, fuerza y fuelle que hace dos años. A ello deben agregarse el rastro calamitoso de su hijo Andrés Manuel; el desfondamiento de Adán Augusto; los descubrimientos sobre la multiplicación del contrabando de hidrocarburos en sus tiempos; la desilusión causada, una por una, por sus “grandes obras”; las burlas de Dinamarca y la megafarmacia; y las acciones del nuevo gobierno que prueban cómo, parapetado tras el desalmado “abrazos, no balazos”, dejó a millones de mexicanos a merced de los criminales. Sus promotores dirán que mantiene buenos números en las encuestas, y es cierto. Quizá porque, escondido, no corre más riesgos de imagen en la intemperie: un ídolo de invernadero. Dos años después, sólo mantengo la pregunta: de no encerrarse, ¿en dónde podría aparecer? ¿En un hotel de Cancún o Vallarta? ¿En un vuelo comercial doméstico? ¿En un restaurante barato o caro? ¿En una librería de Guadalajara o Coyoacán? ¿En el estadio de beisbol de Monterrey?