La vi de lejos y me acerqué a saludarla. Fue hace unos días, en la repleta Plaza de Olavide, corazón populoso del barrio de Chamberí, Madrid. Era una formidable tarde de verano. Luisa María Calderón, La Cocoa, no me reconoció a la primera. Estaba en lo suyo: su perro y la plática con personas mayores que paseaban y acariciaban a los suyos. Intercambié un par de formalidades con ella para no interrumpirla en esa actividad que, por lo visto, disfruta plenamente en este —¿su?— exilio ¿Qué tan diferente sería Michoacán de haber ganado ella la elección de gobernador en 2011? Ésa fue quizá la primera en que los grupos criminales secuestraron opositores. “¡Estamos con Fausto Vallejo!”, me contó por esos años un michoacano de Tierra Caliente que les dijo La Tuta, a él y a unas 50 personas a quienes retuvo durante 24 horas en un rancho antes de las votaciones para garantizar que Los Templarios se apoderaran de las casillas. Qué sé yo. Volveré una tarde a la Plaza de Olavide para pedirle a La Cocoa un comentario sobre lo que la presidenta Sheinbaum les exige hoy a las mujeres de su movimiento: que gobiernen y se conduzcan con humildad, sin extravagancias. A Luisa María Calderón —hermana de un expresidente—, que viste con sencillez y habita un pequeño departamento en esa zona. Lo más probable es que la encuentre por ahí. Paseando a su perro, conversando con los vecinos del barrio.
