Buzones para los que ni vuelven ni se van

“Mientras haya desaparecidos en México, la paz no será posible”, es una frase que, en voz del secretario general del Episcopado Mexicano, Héctor Mario Pérez, desborda cualquier aforismo efectista.

Es el principio ético y moral con el que la iglesia católica impulsa el proyecto Buzones de Paz. Se trata de que, en cada comunidad donde exista una persona, familia o colectivo que busque a su desaparecido, la parroquia local abra sus puertas para que se instale uno de estos buzones.

El objetivo es proveer un lugar razonablemente seguro para que los buscadores informen o pregunten sobre sus ausentes. Sobre los que, estando, no están.

Hablamos de un universo de 10 mil parroquias posibles. Parecería una barbaridad. Pero no puede serlo en el país de los 134 mil desaparecidos. “No vamos a investigar ni a comprometer a nadie”, me explica Héctor Mario Pérez. “Serán ellos quienes los abran y revisen. Queremos apoyarlos, ser solidarios con esta herida que sangra en el corazón de México. Tenemos que hacer algo en ello. Porque cuando un prójimo sufre y nosotros somos indiferentes, nosotros no somos mejores personas. No se vale ser indiferentes”.

Es la iglesia católica, y no el Estado, la que intenta dar aliento e impulso a quienes no se dan por vencidos ante la desgracia de los que ni vuelven ni se van. Suerte a los Buzones de Paz.

Desconozco cómo se pueda medir el éxito de un esfuerzo de esta naturaleza. Me quedo con su esencia, que es también una aportación al discurso en torno de la tragedia mexicana del siglo XXI: mientras más rápido los vayamos encontrando, más rápido se irá sembrando la paz en las familias.