Brasil, de tacones altos

Cecilia Soto

Cecilia Soto

Editorial

En el portugués brasileño ir de “salto alto”, literalmente, andar de tacones altos, denota cierta arrogancia, “creerse mucho”, no valorar al adversario. Al parecer ése fue el principal error de la campaña del presidente Lula que creyó que Flavio Bolsonaro era un candidato fácil de vencer. Al contrario de lo que predecían las encuestas, Lula quedó en segundo lugar para la segunda vuelta el próximo 25 de octubre, con una diferencia menor al 2 por ciento. “Acabamos de recibir una lección de los electores brasileños. El resultado es inesperado, yo confieso ante ustedes que estaba convencido de que ganaría la elección en primera vuelta”, declaró Lula. ¿Cuál será la lección que interpreta Lula?

Uno, sin duda, es el error de pensar que la mayoría del electorado piensa como uno. Si para el elector del PT, heredero de las luchas contra la dictadura, es inconcebible votar por el heredero de quien intentó montar un golpe de Estado en 2023, no lo fue para el elector que se ha ido radicalizando hacia la derecha. Algo muy parecido al elector conservador estadunidense que votó por Trump después de su intento de desconocer el resultado de las elecciones el 6 de enero de 2020. Trump llegó mucho más fuerte que en su primera presidencia. Todo indica que, de ganar la segunda vuelta, ése será el caso del primogénito de Bolsonaro: con más fuerza y más poder de los que gozó su padre.

Hay una alta probabilidad de que el heredero de Jair Bolsonaro gane la segunda vuelta. Podrá gobernar Brasil con un Senado donde, históricamente, ningún partido había logrado tantos senadores como su partido, el PL. Si llega intentando reescenificar la forma arrasadora en la que llegó Donald Trump a la Casa Blanca, es probable que intente apoderarse de la Corte Suprema mediante juicios políticos contra ministros nombrados por Lula y que haya despidos masivos en el Poder Ejecutivo. Es importante recordar que Eduardo Bolsonaro, el más radical de los hijos, vive en Estados Unidos, con el encargo de cabildear especialmente ante el Departamento de Estado para apoyar al bolsonarismo, y lo ha hecho.

Tres fenómenos han ayudado al fortalecimiento de la derecha en Brasil, por cierto una derecha ni ilustrada ni medianamente democrática. 1.- El fortalecimiento del poderoso sector de agrobussiness en un país en el que nunca hubo reforma agraria y que ha dado lugar a una especie de imitación de Texas, política y culturalmente. 2.- Un laicismo de juguete, si se le compara con el mexicano. Hay bancadas evangélicas en el Congreso y una sistemática campaña –haya o no elecciones– de los valores cristianos un tanto fundamentalistas en numerosos medios. Los grupos evangélicos conquistaron a numerosos católicos, tradicionalmente cercanos al progresismo. 3.- El alejamiento de la neutralidad política de las fuerzas de seguridad policiaca, como se demostró en el intento por desconocer los resultados electorales en los que ganó Lula en 2023, en el que la Policía de Caminos ayudó a las movilizaciones del bolsonarismo.

Aun para quien no se hubiera derechizado o incluso para el lector  apolítico, la perspectiva de votar para una cuarta presidencia de Lula resultaba poco atractiva. Aunque sea de mentiritas, el cambio es una propuesta que jala especialmente para los jóvenes. Quizá el PT debió aprender del PRI. Este último logró mantenerse en el poder siete décadas porque logró cultivar en cada elección la ilusión del cambio: un líder diferente, con lemas diferentes, el ritual de la distancia o pleito con el presidente anterior y un equipo diferente. En 20 años, el PT no logró construir nuevos liderazgos tan potentes como el del presidente Lula. Eso ha tenido un costo.

El cuarto factor, éste externo a Brasil, es la influencia de la presidencia de Donald Trump. Una especie de efecto demostración a nivel macro. Ver en vivo y en directo una presidencia que se sostiene y gana elecciones ejerciendo el sueño de los gobiernos ultra: recortes masivos al sector público con miles de despidos; darle legitimidad y lugar en las instituciones a valores ultraconservadores, como el dudar de la ciencia y, en especial, de las vacunas: Bolsonaro padre no se vacunó; insultar y atacar conquistas de los derechos humanos que la derecha evangélica considera pecaminosos y woke. Vale la pena recordar que las ONG brasileñas fueron pioneras en la lucha contra el SIDA y por el abaratamiento del coctel antiviral. Y que Bolsonaro padre ha dicho que es preferible un hijo muerto que un hijo gay. 

Personalmente admiro y quiero a Luiz Inácio Lula da Silva y a la generación que restableció la democracia y modernizó a Brasil. Ningún triunfo ni ninguna derrota son totales: hay mucho que hacer por la democracia y un Brasil verdaderamente del futuro.

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