Adoctrinamiento
No hay país en el mundo que esté libre de la globalización económica. Ni los grandes, medianos o pequeños, ni menos México atado geográfica, demográfica y comercialmente a la región económica conocida como Norteamérica
Cada vez que el presidente López Obrador falta a la verdad de manera especialmente escandalosa, surgen respuestas del tipo: “no sabe”, “no le informan”, “no tiene buenos asesores”. Se autoengañan.
El Presidente sabe. El Presidente está bien informado. El Presidente tiene algunos asesores que sí saben. La verdad es más sencilla: el Presidente miente.
Cada vez que el Presidente incurre en alguna ocurrencia fuera de lugar, la carta al Rey de España, por ejemplo, las reacciones van del “ahora sí se la voló” al “no sabe historia”. Yerran nuevamente. El Presidente sí sabe algo de historia, el Presidente “se la vuela” deliberadamente.
Cada vez que el Presidente incurre en errores evidentes, como el memorándum en el que ordena a tres de sus ministros a violar la ley, las interjecciones van así: “enloqueció”, “despegó a la estratósfera”, “el poder le hizo perder piso”. El Presidente no enloqueció, no se unió a la Estación Espacial Internacional ni tampoco perdió piso.
El Presidente adoctrina. Sus mensajes no van dirigidos a sus críticos, sino a sus electores, muy al estilo Trump, pero con una retórica inspirada en la sencillez de Mao. Aquí no estamos en una carrera por generar vocaciones científicas o una nueva generación de analistas políticos.
La carrera es por un proyecto político que, cómo él dijo, debe ser irreversible. Para ello requiere consolidar el apoyo popular. Nada de matices, nada de sofisticaciones, el pueblo bueno y sabio no entiende del cálculo de cifras de muertos; el pueblo bueno y sabio cree en su mayoría que nos independizamos de los Estados Unidos, así que una carta al rey de España lo distrae de Trump, a quien el Presidente quiere pedir disculpas por el incidente protagonizado por soldados mexicanos. “Separación de Poderes”, “Estado de derecho” son conceptos abstractos. Poner la justicia por encima de la ley, como lo propuso airadamente el primer mandatario, es algo mucho más concreto y cercano al corazón de muchos mexicanos.
El Presidente adoctrina: mintiendo repetidamente, simplificando, inventando adversarios, detectando conspiraciones, dividiendo al país entre buenos (con él) y malos (contra él) porque tiene un campo de maniobra muy pequeño. Tiene que crear la ilusión de que gobierna cuando en realidad gobierna la globalización económica y gobierna el crimen organizado. Le queda poquito: hay que inventar algo para mantener la ilusión de que la gente votó por un cambio profundo y autocalificarse como una ruptura radical con el pasado y la inauguración de una nueva era. Pobre.
No hay país en el mundo que esté libre de la globalización económica. Ni los grandes, medianos o pequeños, ni menos México atado geográfica, demográfica y comercialmente a la región económica conocida como Norteamérica.
El Tratado de Libre Comercio de Norteamérica sólo profundizó y puso normas y leyes a una realidad económica que está claramente presente desde principios del siglo XX.
El presidente López Obrador reconoció pragmáticamente esa realidad y apoyó las negociaciones del T-MEC, cuya aprobación por el Congreso norteamericano no es segura. Ahí todo es incertidumbre.
El nuevo gobierno puede hacer mucho por la economía interna, pero hacerlo continuando proyectos como el aeropuerto en Texcoco (NAIM) o las Zonas Económicas Especiales desdibujaría la narrativa de que estamos en una nueva era, en la que Moisés recibió las tablas de la ley de manos de 30 millones de electores.
La catequesis funciona porque hay una coincidencia entre la narrativa del mandatario, —los símbolos de renovación y al mismo tiempo de vuelta a un paraíso perdido, un pasado ¡ay ! de soberanía nacional— y las aspiraciones a un futuro mejor de millones de mexicanos maltratados por violencia, injusticias, bajos salarios y falta de empleos dignos. Pero son dos discursos diferentes: hay una coincidencia temporal, que favorece por ahora el cinito que ofrece el Presidente.
¿Cuánto durará esa coincidencia, esa superposición, entre las aspiraciones del gobierno y las de las masas de votantes? Incluso a las ilusiones hay que alimentarlas. Veremos.
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