Violencia escolar

El análisis de Esmeralda no es ingenuo, destaca que la violencia externa (en la vida cotidiana, redes, medios y hasta por WhatsApp) se replica con crudeza inaudita en la vida escolar. Hay violencia verbal, digital, física, acoso sexual y laboral y, hasta violencia patrimonial.

“Mariana cortó a Eduardo con un cúter en el cuello”. Una frase contundente que Esmeralda Mendoza Charco coloca en el prólogo a su tesis de maestría en Desarrollo y Planeación de la Educación de la UAM-Xochimilco, La violencia escolar en el proceso educativo. Los integrantes del sínodo quedamos impresionados por la calidad de su trabajo, sus técnicas de recolección de datos, la solidez de su argumento y la amplitud del tema. Además, me admiró su forma de expresión, con propiedades literarias. Su escritura es elegante, nada rebuscada, irradia sus ideas y los sentimientos de los sujetos de su investigación: estudiantes y docentes. Elegancia que contrasta con la crudeza de su informe.

En aquella escuela de Tlalpan expulsaron a Mariana y sus padres no insistieron en que regresara, pero Esmeralda se puso a averiguar qué motivó a una chica tranquila y ensimismada a efectuar un acto de tal naturaleza. Unos chicos, en especial Eduardo, el gandalla de la escuela, acosaban a Mariana, la insultaban por su apariencia “poco femenina” y su forma de ser (reservada). Hasta que el hartazgo de Mariana mandó a Eduardo al centro de salud.

Ese hecho, en el que representó cierto papel por ser maestra de esa escuela, incitó a Esmeralda a indagar más sobre las causas, tipos y consecuencias de la violencia escolar, en estos tiempos violentos en la sociedad. Lo hizo tras vencer un episodio de cáncer. Escribir una pieza académica de calidad sobresaliente le tomó meses de charlas con estudiantes, docentes y padres de familia (entrevistas dialógicas), además de leer libros e informes.

El recorrido de la tesis es amplio y, además, presenta un análisis profundo. Examina hechos violentos de estudiantes, sobre otros estudiantes, de profesores sobre alumnos y otros profesores, de directivos sobre estudiantes, docentes y padres de familia. Y también de padres de familia sobre profesores y directivos. Los alumnos, dice en una sección, reciben “dulces lecciones de crueldad” en un “curso intenso de violencia” y el personal docente: “cátedras de frustración y desencanto”.

Narra el caso de la alumna Dulce, “esa chica ausente que con unos ojos parecidos a las tardes del domingo”, a quien en su casa y en la escuela, le arrebataron su infancia. También el caso de un maestro que rondaba los 60 años que siempre vestía ropa blanca de algodón y guaraches. Enseñaba en el taller de artes y comenzaron a circular comentarios malintencionados sobre él, con burlas y apodos. “Algunos decían que olía a pipí y otros se burlaban del talco que salía de sus guaraches cada vez que caminaba”. Era un conchero que daba clases de danza. Lo expulsaron porque se desesperó y le gritó a una niña.

El análisis de Esmeralda no es ingenuo, destaca que la violencia externa (en la vida cotidiana, redes, medios y hasta por WhatsApp) se replica con crudeza inaudita en la vida escolar. Hay violencia verbal, digital, física, acoso sexual y laboral y, hasta violencia patrimonial. También examina que los agresores, en especial los que tienen alguna cuota de poder, disfrazan los hechos con circunloquios que insultan a la inteligencia, pero que les otorga grados de impunidad. Al releer ciertos pasajes de la tesis de Esmeralda, me vino a la mente el dicho de una autoridad de Sinaloa: la muerte (asesinato) de los niños Alexander y Gael fue “circunstancial”.

Esmeralda es cuidadosa. Puso nombres ficticios a las secundarias de Tlalpan y Milpa Alta, seudónimos a docentes y estudiantes que le facilitaron información. No es neutral, muestra simpatía y se solidariza con las víctimas, en especial con las niñas. No separa su vida laboral ni personal de sus análisis. A sus atributos profesionales, añade cualidades de generosidad intelectual. Espero que publique su tesis.

RETAZOS

La semana pasada murió nuestra prima, Elvia Leticia Sánchez Fragoso. Perdió una larga batalla contra el cáncer. Ana Rosario y yo ofrecemos condolencias sentidas a sus hijos y hermanos y a toda la familia. ¡Descanse en paz!

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