Violencia escolar (II)

La guerra civil entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha producido mucho más daño que las muertes y desaparición de personas. Hace nulo el derecho constitucional a la educación de infantes y adolescentes. Tampoco garantiza el derecho a la seguridad, pues las y los docentes también viven con aprensión y pánico por las balaceras, bloqueos y asesinatos de civiles...

La semana pasada reseñé la tesis de maestría de Esmeralda Mendoza Charco, acerca de la violencia escolar en el proceso educativo. Los argumentos y la evidencia que presentó se refieren a hechos virulentos al interior de las escuelas y entre sus actores. Sí, menciona que parte de las conductas agresivas de estudiantes, docentes y autoridades se derivan o reproducen de la violencia externa, en la casa y la sociedad.

En mi intervención en “La contienda por la educación”, en la Primera Emisión de Imagen Informativa, Pascal Beltrán del Río me preguntó sobre los efectos en la vida de las escuelas que produce el entorno virulento. No hubo tiempo para comentarlo, pero el día anterior y los subsecuentes, la prensa nacional y de varios estados cubrió la información que Mexicanos Primero (MP) dio a conocer sobre el cierre de alrededor de 390 escuelas debido a la violencia criminal. En la emisión del martes 28, en Imagen Radio, Beltrán del Río comunicó el informe de MP: en las primeras 20 semanas del ciclo escolar vigente, las escuelas de, al menos, 34 municipios de Sinaloa, Guerrero, Chiapas, Michoacán, Morelos, Tabasco y Baja California tuvieron que cerrar, reducir sus horarios o dar sus clases en la modalidad virtual, debido a la violencia e inseguridad en el entorno.

La situación es dramática, en especial en Sinaloa. Los niños y las familias viven en intranquilidad, temor constante y pérdida de clases, derivados de la violencia criminal y la incapacidad de los gobiernos, local y federal, de frenarla. La guerra civil entre las facciones del Cártel de Sinaloa ha producido mucho más daño que las muertes y desaparición de personas. Hace nulo el derecho constitucional a la educación de infantes y adolescentes. Tampoco garantiza el derecho a la seguridad, pues las y los docentes que también viven con aprensión y pánico por las balaceras, bloqueos y asesinatos de civiles (daños colaterales, les dicen las autoridades). Más allá de muertos y desaparecidos, el quebranto importante que preocupa a MP (y tal vez a las familias) es en el aprendizaje de los estudiantes.

Las consecuencias de la violencia van más allá. No nada más aflige a las víctimas, también a quienes la presencian. Psicólogos e investigadores de la educación apuntan a las secuelas emocionales que deja la guerra entre criminales: interiorización del miedo, no sólo a morir, sino a perder a seres queridos. Uno se pregunta por los traumas que deja en el discernimiento e imaginación de los chiquillos frases como “tírense al suelo”, “no se asomen a la calle”. O la angustia de una madre cuyos hijos están en clases a la hora de una trifulca.

Rogelio Flores Morales, de la Facultad de Psicología de la UNAM, apunta: “Este proceso los hace más vulnerables (a los infantes) y son más permeables a presentar ciertos rasgos o signos derivados de la violencia, como ansiedad, depresión o, incluso, sintomatología postraumática”. Esos testigos involuntarios de la crueldad criminal sufren de magulladuras espirituales, como ansiedad, miedo y zozobra, que pueden durar para el resto de sus vidas.

Los informes gubernamentales, incluso en la voz de la presidenta Claudia Sheinbaum, de que la violencia disminuyó en los últimos meses, que se atacan sus causas y que cada vez hay más seguridad, no convencen a quienes viven el desasosiego que producen las balas. Tampoco persuaden las declaraciones de las autoridades de Educación de Sinaloa que aseguran, contra toda evidencia, que el cierre de las escuelas es intermitente.

Otros estados, si bien no presentan índices pavorosos, tampoco son ajenos. Un caso en Tlalnepantla produjo pánico. El jueves de la semana pasada fue asesinado a balazos, frente a la escuela primaria, delante de infantes y madres, un joven que acudió a recoger a una niña. O en Temixco, Morelos, a unos metros de la entrada a una escuela, sujetos a bordo de una motocicleta dispararon en contra de una persona que perseguían y lo dejaron herido de gravedad. Pero cuatro prójimos que no tenían nada que ver también resultaron lesionados.

En suma, la violencia escolar no sólo se origina en la escuela, es producto de una sociedad en descomposición y de estados fallidos.

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