La política educativa en la pospandemia II
Un sistema escolar basado en el derecho al conocimiento y a la justicia social incorpora en su programa el análisis de la desigualdad y discriminación y ofrece orientaciones para elegir entre diversas explicaciones y justificaciones que se dan a esos fenómenos
En mi pieza del miércoles 16 comencé la reseña del artículo de Emilio Tenti Fanfani en Le Monde Diplomatique (Edición Cono Sur, 12/12/20) para analizar las opciones de desarrollo educativo más allá de la pandemia. Presenté los escenarios restaurador y tecnocrático. Hoy toca el turno a lo que Tenti denomina el modelo igualitario, que en mucho coincide con el que en mis escritos defino como el proyecto democrático y equitativo.
El eje conceptual de Tenti gira sobre el uso de las tecnologías de la información y comunicación para la educación. Su tesis (en apretado resumen): para apropiarse del conocimiento y la cultura se necesita la intervención de agentes humanos especializados (docentes, directivos) que interactúen con alumnos y familias en un espacio social estructurado. Por ello, las TIC deben concebirse como herramientas en manos del maestro y sus estudiantes, no como estrategias para deshumanizar la pedagogía.
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Tenti se adhiere a las ideas de grandes educadores en el punto de que el maestro es el eje de la educación. Por eso, a los docentes corresponde decidir cuándo y cómo usar las TIC. Apunta que no hay resquemor, todas las tecnologías son bienvenidas, desde la clásica lección hasta la tutoría, la tiza, el pizarrón. Más aún, hay que desarrollar nuevos recursos pedagógicos dados los desafíos que el magisterio enfrenta y que tiene que resolver en las aulas. Remata su premisa con la idea de que la educación para la igualdad requiere más y mejores recursos humanos y tecnológicos.
Un sistema escolar basado en el derecho al conocimiento y a la justicia social incorpora en su programa el análisis de la desigualdad y discriminación y ofrece orientaciones para elegir entre diversas explicaciones y justificaciones que se dan a esos fenómenos. Por ejemplo, a la idea de que la meritocracia es una desigualdad justa.
Señala que esta concepción, aunque errada, hoy goza de amplia aceptación. Sin esta creencia sería difícil explicar las extremas desigualdades que caracterizan a la sociedad contemporánea. La meritocracia permite a los ricos dormir tranquilos y culpar a los pobres por su destino. De modo que una escuela democrática e igualitaria debe mostrar los mecanismos estructurales que expliquen el origen de la riqueza y su reproducción ampliada como la apropiación, muchas veces violenta, de bienes públicos o comunitarios (la tierra de los pueblos originarios de América Latina, por ejemplo), las leyes de herencia, la política fiscal, el uso de fondos públicos para fines privados ya por corrupción, ya por obtención de monopolios y prebendas por parte del aparato jurídico del Estado.
Una vez definido el sentido igualitario y democrático de la escuela del siglo XXI, será preciso rediseñar su estructura pedagógica e institucional. Para ello, Tenti torna a la primera persona y se asume entre los promotores de una escuela “verdaderamente pública”. Además, incluye a tres segmentos: uno, los que “vivimos” de la escuela pública: docentes y sus organizaciones representativas, directivos y funcionarios; dos, los que sólo pueden acceder al capital cultural más complejo mediante una oferta de educación pública (pobres y excluidos); y, tres, intelectuales y ciudadanos que asumen los valores de la igualdad y la equidad.
Tenti remata esta posibilidad con una propuesta militante: “Es en este ancho espacio social donde deben establecerse las alianzas necesarias tanto para definir un proyecto educativo igualitario, como para generar la fuerza política necesaria para llevarlo a cabo”.
Estos son tipos ideales, en la vida práctica coinciden, aunque uno predomina. En mi próximo artículo, especularé sobre cuál de los tres escenarios señoreará en la pospandemia mexicana.
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RETAZOS
Este 2020 nos deja lastimados. Empero, como sentenció Paulo Freire, los educadores nunca debemos perder la esperanza en un futuro mejor. ¡Bienaventuranza en 2021 para México, su educación y todos y cada uno de mis estimados lectores!
