Este viernes 9, Excélsior nos obsequió dos páginas de su sección principal con notas sobre la educación mexicana. No es para menos, como escribió Laurita Toribio, no hubo caminito a la escuela en este ciclo escolar inédito.
De la página 8 a la 10 el periódico informa sobre las expectativas de la secretaria de Educación Pública, Delfina Gómez Álvarez, de que en agosto se regrese a clases y las objeciones de otros, dados los riesgos. También nos relata experiencias de maestros y alumnos con la educación remota.
En efecto, fue un ciclo escolar extraño y a la vez asombroso. El covid nos pegó duro, el gobierno no se aplicó y, sin embargo, no todo fueron pérdidas. Miles de docentes se fajaron, innumerables familias se acomodaron a las circunstancias e hicieron todo para que sus vástagos salieran adelante.
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Cierto, la desigualdad endémica del sistema escolar se agravó y los pobres sufrieron más, muchos no la hicieron y abandonaron la escuela.
Pero deseo enfocarme en la nota de la página 9, Un modesto festejo de graduación para Elías, es conmovedora y nos pinta a un humilde aspiracionista (¡vaya palabra!) de esos que el presidente López Obrador critica.
No recuerdo quién lo escribió, porque hace décadas que lo leí, pero el argumento me pareció sólido. Con el fin de reducir las tensiones sociales y cohesionar a la nación, el régimen de la Revolución Mexicana tuvo éxito al convencer a las masas de atenuar la lucha de clases a cambio de promesas de reformas sociales, entre ellas la educación pública universal y gratuita.
Y sí, más educación devino no sólo un eslogan gubernamental. Familias de todos los segmentos sociales se convencieron de que a mayor escolaridad más oportunidades de una vida mejor, en especial para los descendientes.
Esa aspiración es tan honda que el papá de Elías, un niño que se graduó de primaria en Gómez Palacio, Durango, adornó un triciclo con globos y papel y lo sacó a pasear entre el agua y el lodo. Y vino la solidaridad social, una usuaria de Facebook subió la foto y pidió ayuda a un amigo y otra gente: le patrocinaron a Elías —e imagino que a su parentela también— un paseo en limusina.
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Cavilo que ese hecho dejará una huella en Elías, en su familia y tal vez en otros niños. Presumo que será un buen estudiante y algún día se graduará de estudios profesionales. A fe mía, que el papá de Elías creyó la promesa del antiguo régimen y aspira a que sus vástagos tengan más escuela.
Según la Constitución, la educación es un derecho humano y el Estado tiene la obligación de ofrecerla a todos los mexicanos. El artículo 31 obliga a los padres a llevar a sus hijos a la escuela.
Ese derecho-obligación siembra expectativas (aspiraciones) de ascenso social —y son legítimas, faltaba más— entre la gente, pobre y no tan pobre. Y el presidente López Obrador catequiza: quédense allí, no sean aspiracionistas de clase media. Ser parte del pueblo pobre es bueno.
¡Qué equivocación! La pobreza es un infortunio y este gobierno la hace crecer.
