Gran voluntad, capacidades cuestionables

“Lo primero de todo es voluntad política de quien gobierna. Una señal desde quien encabeza el gobierno de que no será tolerada la corrupción tiene un gran valor para iniciar la construcción de instituciones más competentes”.

Lo anterior lo escribí en “El Estado incompetente”, publicado en el libro ¿Y ahora qué? México ante el 2018. López Obrador recurrió a este texto en una entrevista de televisión, argumentando: “Hasta un escritor conservador, crítico de nosotros, voy a tratar ahora de recordarlo […] Sí, habla de que lo principal es la voluntad política del Presidente…” (https://bit.ly/2MR0t5w). La historia la cuenta Héctor Aguilar Camín (https://bit.ly/2MR0gPM).

AMLO ha mostrado voluntad de poder para imponer su agenda de gobierno a la administración pública y al propio Congreso gracias a la disciplina partidista de Morena. La oposición sigue atontada, dado el golpe de la derrota electoral, sus pleitos internos, y, en más de un caso, por su larga cola.

AMLO se ha montado sobre su legitimidad e historia personal de honestidad para mover a una velocidad inimaginable el quehacer gubernamental, aunque ello implique saltarse las reglas. “Tenemos la conciencia tranquila”, ha dicho, (https://bit.ly/2t8LqeN), por lo que puede mandar comprar directamente unos autotanques a Nueva York, sin seguir los engorrosos pasos que la ley dicta. Luego, simplemente, cambia el reglamento que obliga a transportes de mercancía peligrosa a usar equipo de doble rueda. Seguro consiguió autotanques con ruedas sencillas, y ni cuenta se dieron al firmar el contrato.

La política no es sólo entender y utilizar el poder; también es capacidad de gestión. Lo primero requiere mucha voluntad y conocimiento de esa materia que es el hombre. Andrés Manuel López Obrador sabe de eso. Por ello logró ganar la elección y construir una coalición que, a pesar de ser heterogénea, hasta ahora se le ha alineado en el Congreso. Lo segundo requiere los conocimientos técnicos propios de cada área de gobierno, desarrollo de instituciones fuertes y especializadas, entendimiento de cómo funciona la realidad.

No se puede ir contra las leyes de la gravedad, ni de las de la oferta y demanda. La voluntad política sin capacidades técnicas para lograr esos objetivos mero voluntarismo. La lucha contra la corrupción sin construir instituciones es una ilusión autoritaria.

En el texto ya citado también escribí: “No tenemos un Estado con la capacidad de imponer un orden sin importar a quién o a quiénes se les aplique la ley. Las lealtades políticas suelen estar por arriba de las responsabilidades del funcionario de hacer cumplir la ley.” Este problema no es nuevo, pero Andrés Manuel López Obrador lo está agudizando. La lealtad política como criterio de contratación. La austeridad como mecanismo de debilitamiento institucional.

Las historias de discrecionalidad y amiguismo terminan mal. Las intenciones pueden ser buenas, pero no falta el pillo que aprovecha el espacio para hacer un contrato más caro de lo debido. El amigo incompetente puede llevar a altos costos por una mala decisión. ¿Cómo olvidar a Luis Miranda como secretario de Desarrollo Social balbuceando ante el Senado? (https://bit.ly/2BnXL33). Uno esperaría que un gobierno tan crítico de la mafia del poder evitase el gobierno de los amigos, antesala de toda mafia en el poder.

No suele terminar bien el concentrar todo el poder, como lo está haciendo Andrés Manuel López Obrador. Un presidente que decide apresuradamente, sin seguir las reglas de cómo y dónde se deben invertir los recursos públicos, fácilmente se puede equivocar. ¿Qué estudio técnico justifica hacer un tren en la península de Yucatán? Ninguno. Es una intuición del señor Presidente y quiere ejecutar su deseo con celeridad.

Para tener las capacidades y competencias para implementar de forma eficaz los planes y programas del gobierno se requieren instituciones con cierta autonomía frente al poder y sólidas facultades administrativas. Una burocracia que no sea un instrumento para resolverle al poder la ocurrencia del día, sino una diseñada para procesar las decisiones políticas con base en la ley y en criterios de eficiencia.

El resultado de la falta de instituciones sólidas siempre ha sido el mismo: administraciones poco competentes que no permiten generar el piso de derechos que todos los mexicanos merecen. La fragilidad institucional permite centralizar el poder, pero no ejercerlo bien. Es útil para crear programas clientelares, pero no para hacer que un país crezca de forma sostenida.

La izquierda latinoamericana siempre ha despreciado tener un Estado competente porque no le conviene, le dificulta el gasto clientelar. De ahí sus fracasos recurrentes, por más que logren mantenerse en el poder por largos periodos gracias a la lealtad obtenida por los repartos de dinero y por poner a los amigos y socios a lo largo y ancho de la administración pública.

Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey

Twitter: @carloselizondom

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