El método Trump y el fin del TLCAN
Todos los días, Trump alimenta a esa bestia racista de cuyo apoyo depende para mantener a raya a sus enemigos. Además de mandar tuits que les alegra la mañana, ya les nombró un ministro de la Suprema Corte conservador, ha endurecido la política migratoria, su procurador es intransigente en materia criminal (con los negros y latinos), ha iniciado recortes al Obamacare y ha aceptado que empleadores que por razones religiosas estén en contra de métodos anticonceptivos no los tengan que proveer a sus empleados, por citar algunas de sus decisiones recientes
Ha sido rápido en apoyar a los damnificados blancos en Houston e ignorado o hasta regañado a los afectados por el huracán en Puerto Rico. No sorprende. Alguna vez dijo que “los mexicanos más sucios y ladrones vienen de Puerto Rico”.
En todas estas acciones hay un hilo conductor. Son escandalosas, pero no tienen consecuencias para la gran mayoría de los poderosos intereses económicos de su país. Sólo las empresas de tecnología, establecidas en estados que no votaron por él, han protestado por el endurecimiento migratorio. Más de un acaudalado empresario ha de simpatizar con algunas de sus decisiones o dichos.
En general, no se pelea con los hombres del dinero: trata de representar de la mejor forma sus intereses, que son los de él. Su propuesta de reforma fiscal (como siempre en su caso, sin detalles y sin claridad en sus implicaciones) incluye eliminar el impuesto a la herencia. Esto a la familia Trump le puede beneficiar en cientos de millones de dólares y a los más ricos de ese país en miles de millones. Este gran bombón mantiene a los hombres del dinero salivando.
En materia internacional, Trump ha seguido también un método. Duro y amenazador en el verbo, el pleito con Corea del Norte es ejemplo de esto, pero hasta ahora, afortunadamente, no ha pasado del tuit. Ha sido también muy crítico de los tratados, y no sólo comerciales, firmados por sus antecesores. Sin embargo, ha ido menos lejos de lo temido. En el caso de Irán, no certificó el acuerdo de no proliferación de armas nucleares, pero no lo rompió. Le transfirió el problema a otros, como le gusta hacer. En este caso, al Congreso.
En materia de comercio exterior confluyen en su agenda proteccionista dos fuerzas. La primera es la impopularidad del TLCAN ante su base electoral. La segunda, sus creencias en materia de comercio internacional. Contrariamente a la visión dominante de los economistas, Trump y su equipo negociador están convencidos de que la vara para medir una relación comercial es si está en déficit o superávit. Como Estados Unidos tiene un déficit comercial con México en mercancías (en servicios, EU tiene un superávit, pero ese dato no les importa), el tratado es, según ellos, injusto. El déficit comercial con China es cinco veces el que tienen con México. No le han impuesto las sanciones prometidas durante la campaña. China tiene mucho más poder que México, por su tamaño y por su éxito en lograr crecimiento económico. Además, la pérdida de empleos de Estados Unidos ante China es menos evidente que cuando se compara con México. Hay mucho menos notas periodísticas del empleo que se mudó a China que el que se trasladó a nuestro país. Mucho del empleo creado en China es originado por empresas de ese país que, simplemente, hacen quebrar a sus competidores en Estados Unidos, mientras que una buena parte del empleo industrial creado en México es de empresas de Estados Unidos que mueven una parte de su producción a México para competir contra China, aunque suelen transferir otra parte del empleo a estados como Texas.
En la recién terminada cuarta ronda de negociaciones, Estados Unidos ha planteado a México y a Canadá propuestas absurdas e inaceptables. Ya no hubo acuerdo para diciembre. Habrá una nueva ronda de negociaciones en noviembre y están planeadas otras para inicios de 2018. Si la negociación no se desatora, Trump puede dar un manotazo y decir que se sale del Tratado. Sería una forma de mandarle el problema al Congreso, en quien reside constitucionalmente la facultad en materia de comercio exterior, por lo que éste podría demandar en la Suprema Corte el que no le corresponde a Trump decidir.
La alternativa para Trump es seguir enviando tuits agresivos y, en silencio, mantener a Estados Unidos en el TLCAN. A Trump no le gustan los enfrentamientos con quienes tienen poder, como los intereses económicos que serán seriamente afectados por su decisión. Su base electoral disfruta de la retórica antimexicana, pero no le va a gustar cuando no puedan exportar la misma cantidad de granos o cualquier otro producto a México y, por ello, pierdan su empleo. La salida del TLCAN sería también una pésima señal para el resto del mundo de la nula confiabilidad de Estados Unidos. Por lo anterior, creo que dejar las cosas como están es la opción más probable, aunque, ciertamente, no la única posible, por lo cual México debe tener bien armado un plan B, por si Trump lanza la región al abismo.
