Una simple analogía

Uno de los primeros síntomas que se colocarán en la mesa de esta analogía: el cinismo con el que se habla acerca del sector salud

Cuando a primera vista los síntomas se pueden identificar con cierta facilidad, las primeras conclusiones suelen ser obvias, pues resulta claro que la enfermedad no sólo existe y está presente, sino que quizá, con la debida atención, podamos intuir la gravedad del caso.

Ya sería cuestión de cada quien atender dichos signos o, simplemente, ignorarlos mientras las afecciones seguirían profundizándose. En efecto, esta analogía parece ser el Perogrullo más evidente con el que se puede iniciar una conversación; sin embargo, algo tan sencillo nos permite ubicarnos a nosotras y nosotros mismos ante lo que implica dicha situación: habrá quien decida vivir con toda normalidad y sin la menor preocupación soportando un dolor de muela, caminar tratando de ignorar ese agudo malestar que implican los cálculos en la vesícula, experimentar las delicias de un incesante diálogo con ese esguince que nos recuerda que somos mortales. Vamos, que quizá haya quien disfrute un simple dolor de cabeza. Insisto, cada quien se coloca en donde mejor le venga en esta analogía. Y, llegando a este punto, es precisamente cuando el ejemplo se aleja de ser una graciosa provocación discursiva para convertirse en el indicio de otro tipo de problemáticas.

Lo innegable es que quizá se trata de un cuerpo que, en suma, no sólo presenta achaques o síntomas pasajeros. Allí están los indicios de que algo no está funcionando de manera óptima en el día a día. No podemos acostumbrarnos a vivir con el dolor, por mayor o menor que sea, con esa molestia que requiere de nuestra atención y, quizá, de cierto tratamiento que nos permita experimentar la tranquilidad y el sosiego cotidianos, con la certeza de que no hay peligro alguno que amenace nuestro despertar día con día. Claro, quizá alguna o alguno de ustedes podría objetar el desarrollo de este ejemplo aduciendo que no siempre es factible acceder a un servicio de salud de calidad, con la atención médica oportuna y con la existencia de los medicamentos indicados en los anaqueles de toda farmacia. Y, por supuesto, hemos llegado a uno de los primeros síntomas que se colocarán en la mesa de esta analogía: el cinismo con el que se habla acerca del sector salud.

En efecto, estamos hablando de nuestro país, de nuestra sociedad y los gobiernos que presumen de su arduo y conspicuo trabajo con esa voz melodramática que les ha caracterizado en los últimos años. Y allí están los síntomas de algo que, tomado a la ligera, puede pasar por alto algo tan grave como peligroso. Algo sucede con este gobierno –y sus preclaros miembros– pues no hay semana en la que nos regalen nuevos y claros ejemplos de esos síntomas que se agravan paulatinamente, los cuales nos han conducido a vivir situaciones que no se deben olvidar.

El menú de opciones y posibilidades es tan grande como nuestra mirada lo pueda considerar. Quizá se podría optar por hablar acerca de ese impulso autoritario y fascistoide que atenta contra la libertad de expresión y que se ha concentrado en la tan famosa frase de “Dato protegido” –sin dejar de lado las sentencias y amenazas provenientes de otras autoridades en el caso de Héctor de Mauleón o de Jorge Luis González Valdés en Campeche–. Tal vez el oficialismo deba agradecer a la alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega, que tomó la decisión de remover las estatuas de Ernesto Che Guevara y Fidel Castro, pues no sólo ha permitido abrir una discusión que mantiene a raya la situación en la que se encuentran el senador Adán Augusto López y su exjefe de policías, señalado por sus vínculos con el crimen organizado. Y, bueno, también se podría hablar del ahínco con el que el oficialismo defiende a dichas figuras que, fuera de la ideología trasnochada, están más vinculados con esa fuerza dictatorial que mantiene a la sociedad cubana en una situación inhumana.

Bueno, también estos dos casos han sido como un respiro y una pausa acerca de las implicaciones que se han derivado del juicio a Ovidio Guzmán en el país vecino del norte. O tal vez no es el momento de hablar acerca de la deuda sin precedente que heredó el sexenio anterior. O los casos de corrupción y opacidad que se pueden leer entre las letras de términos como Insabi y Segalmex. Pero tal vez sea oportuno seguir subrayando la pantomima electorera que ha derivado en la famosa elección y conformación del nuevo Poder Judicial. Bueno, mejor ni hablar de la violencia, los homicidios, los feminicidios y las desapariciones, cuya estadística no deja de ser un síntoma más de lo que ha ocurrido en los últimos años. ¿Existen más síntomas, quizá a nivel económico o diplomático? Sin duda, la cuestión es que nos estamos acostumbrando a vivir con esas dolencias, con esas simples afecciones, a ser cada vez más indolentes ante situaciones que, en un futuro, ni un programa social podrá aliviar.

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