Por lo general es divertido recurrir a frases antiguas y populares que permiten concentrar el sentido de aquello que se necesita puntualizar con la brevedad de las palabras, de sintetizar –con cierta ironía o humor– una percepción de la realidad que no necesita más que un guiño para ser comprendido. En ese sentido, cualquier recurso es válido y lo llegamos a agradecer cuando intentamos entender algo de la política que define a nuestro país. Así, es momento de recordar aquel viejo refrán que plantea “sabiendo cómo es el percal, ¿para qué te metes?”. En menos de diez palabras se hace alusión a quien no debe sorprenderse ante los resultados de una situación cuando ya sabía, con anticipación, cuáles eran las reglas de un juego, los pormenores de una situación embarazosa o la naturaleza de una persona que se basa en el engaño y la mentira. “Bajo advertencia, no hay engaño”, dirían los más conspicuos y, vaya situación, avisos han existido muchos desde hace un par de décadas.
Por ello no es difícil concluir que durante ese tiempo se ha tejido una perca a la medida de la cortesilla política, con su tela áspera y poco agradable. En menos de un año se realizarán unas elecciones que, una vez más, pondrán en tela de juicio a más de una institución, al gobierno mismo y, principalmente, a la sociedad. Para nadie será una sorpresa el observar, cada vez con mayor énfasis, la manera en la que todo el engranaje de la comunicación gubernamental dirigirá su poder mediático para tratar de consolidar cada una de las candidaturas del partido: desde las llamadas “conferencias mañaneras” hasta el uso faccioso de los programas sociales. Ninguna sorpresa en este páramo electoral.
Tampoco será una novedad el observar cómo se aumentan los decibeles de las peroratas maniqueas que alimentan a la retórica más enconada y chabacana, el discurso tan simplista como peligroso de quienes han obtenido enormes dividendos al imponer una mirada de la realidad en blanco y negro, de personajes malos y buenos, del enfrentamiento entre los seres más perversos de la historia frente a los justicieros que llevan bordadas las insignias de un puritanismo moral que, hoy, sólo un idólatra podría creer a ciegas. Será la perversa danza de las frases hechas, del lugar común que se repetirá como un credo sin reservas y que sólo permitirá encender toda discusión con base en descalificaciones, ataques y el dulce estilo de lo irracional. Y vaya que, en ese sentido, la aparición del expresidente López Obrador es como jugar una de las fichas más poderosas frente a una realidad que es cada vez más incómoda para el oficialismo. Por cierto, quizá esta irrupción en la escena política ha sido muy divertida para la actual titular del Poder Ejecutivo que, apenas unas horas después, celebraría el segundo aniversario de su toma de posesión en el cargo presidencial. Y, vamos, que en este tipo de estrategia, tampoco hay sorpresa alguna: el poder que implica tanto ruido, al no ser acotado, es un reflejo de la tiniebla que puede observarse en la pasarela de triunfadores y derrotados del partido oficialista con miras a los próximos comicios.
Así, la diosa Fortuna ha obsequiado regalos muy oportunos para el nuevo proceso electoral que se articula desde los pasillos del Palacio Nacional –¿será que en aquel lejano rancho llamado La Chingada disfruten de un buen internet para realizar videoconferencias que, como los antiguos oráculos, definan el destino de la cortesía política en turno? –y que prometen una etapa sin muchos sobresaltos: el Poder Judicial en buena disposición para cumplir los preceptos electoreros del oficialismo, la oscura cortesanía del INE, que se ha convertido en un simple peón en el ajedrez del poder omnímodo que se fortalece con la caricaturización que existe en las cámaras de diputados y senadores. Quizá la lista de los regalos se puede ampliar aún más, pero también es oportuno hacer una pregunta que apela directamente a quienes serán responsables de dar voz a quienes mantienen su distancia frente al gobierno y el oficialismo. Si esta perca era muy conocida por los llamados partidos de oposición, ¿que han hecho durante estos años para contrarrestar el impulso de cada uno de los sectores del oficialismo? Tal vez la respuesta la conocemos de sobra: ahogados en sus propios mares de la contradicción y el miedo, no han sido capaces de deshacerse de su propio lastre. No sólo se observa desarticulada y con falta de personalidades que sean capaces de aglutinar el descontento social frente al gobierno. Y, claro, tampoco es algo nuevo: los paraliza el miedo de perder sus prebendas, sus intereses personales y quizá saben perfectamente que en su corazón les late el ADN de un chapulín.
Estamos ante un percal que lleva grabado un círculo lleno de contradicciones. ¿Y la sociedad? es momento de otro tipo de respuestas.
