Hay ocasiones en las que la vida nos ofrece guiños en los que podemos observar más allá de una simple conjetura, y en los que nos permite acelerar la imaginación y, como diría Jorge Luis Borges, jugar con las inmensas posibilidades que la historia y el simbolismo que puede existir entre las minucias de lo cotidiano que la realidad nos puede brindar, así como lo plantea al inicio de su conocido poema Otro poema de los dones: “Gracias quiero dar al divino/ laberinto de los efectos y de las causas [...] por la razón, que no cesará de soñar/ con un plano del laberinto...”. Y, hace unos cuantos días, la memoria articuló sus propios ecos entre las paredes de ese laberinto en el que coincidieron las páginas, las ideas y la intensidad de la vida.
Me permito compartir —sin pretensiones académicas, sólo una mera curiosidad— algo que me llamó la atención y que, a fin de cuentas, es como una simple invitación a la lectura de dos pensadores y escritores que, a pesar de estar separados en el tiempo, han sido parte de una suerte de vasos comunicantes que nos ha permitido disfrutar de textos memorables y conocer la biografía de personas que devuelven el sentido a palabras como son la dignidad, la justicia y la memoria: Marc Bloch y Carlo Ginzburg.
Hace unos días, el 16 de junio, pudimos observar las imágenes de una ceremonia con la cual el gobierno francés rendía honores a uno de los historiadores más importantes del siglo XX y, además, a una de las figuras más emblemáticas de la resistencia francesa durante la ocupación alemana en plena Segunda Guerra Mundial. Así, pudimos atestiguar cómo los restos mortales de Bloch y su esposa Simonne Vidal fueron depositados en el Panteón de París, uno de los lugares más simbólicos para la cultura francesa —y así compartir honores con personajes como Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, Alexandre Dumas, Pierre y Marie Curie, Joséphine Baker, Simone Veil y muchos más—. Dicho homenaje, que se realizó con todos los honores, se llevó a cabo justo en el día en el que, hace 82 años, Bloch fue fusilado por las tropas alemanas en St. Didier de Formans junto a 29 prisioneros entre los que se encontraban jóvenes de apenas 19 años. Me conmueve imaginar lo que les podría haber dicho el “viejo” Bloch, que durante toda su vida había sido maestro, a quienes se encontraban con él en semejante proceso.
Así, mientras las imágenes de ese homenaje a Marc Bloch y su esposa Simonne Vidal circulaban a través de los medios de comunicación, llegaba otra noticia que se colocaba entre el café y el pan del amanecer, una nota que no estaba rodeada de parafernalia mediática, pero sí de esa ligera tristeza que nace cuando nos enteramos que ha muerto alguien a quien leímos con gusto, admiración y, por supuesto, con la crítica que siempre provocan las ideas inteligentes y que nos provocan un reto que tal vez no nos hubiéramos imaginado. En efecto, con la tranquilidad de la mañana llegaba la noticia de la partida de Carlo Ginzburg, uno de los más relevantes historiadores italianos de la segunda mitad del siglo XX y que ha sido considerado como el iniciador de lo que hoy se conoce como “microhistoria”. Y aquí ese guiño del laberinto adquiere el breve resplandor que a veces nos regala la literatura.
Carlo Ginzburg, el gran autor de El queso y los gusanos: el cosmos según un molinero del siglo XVI, texto en el que se expone el caso de Domenico Scandella (conocido como Menocchio) ante los tribunales de la Santa Inquisición por su escandalosa idea del origen de la vida, también fue reconocido por ser parte de una familia cuya historia es dolorosa y fascinante en el mundo cultural italiano. Hijo de la gran escritora Natalia Ginzburg y de Leone Ginzburg, Carlo también sabía la importancia de la memoria en un mundo en el que la superficialidad y el fanatismo son las constantes que determinan nuestros días. Además, no es mera coincidencia que Leone Ginzburg, profesor universitario y cofundador de la famosa editorial Einaudi, también haya muerto luego de ser torturado por ser un miembro activo de la resistencia antifascista italiana, el 5 de febrero de 1944, cuatro meses antes que Bloch.
Lo curioso es que Carlos Ginzburg fue un gran lector y alumno —en su sentido más amplio— de Marc Bloch, con quien mantuvo un diálogo intelectual en diversos textos, algunos de los cuales se encuentran en el volumen y que constituyen un camino de la memoria a través del laberinto del olvido y el sinsentido, Cinco reflexiones sobre Marc Bloch. Uno de esos textos en los que se impone el sentido crítico de la historia y la posibilidad de la memoria como una alternativa a la experiencia del horror.
Marc Bloch murió un 16 de junio y fue ingresado a lugar de los máximos honores del Estado francés 82 años después. Carlo Ginzburg, su gran lector, su mejor conversador posible, murió un día después. Y nosotros seguiremos dialogando entre sus páginas.
