De curitas y resistencia
Nos hemos convertido en una sociedad que apuesta por la desmemoria, por dejar enel anecdotario de las estadísticas aquello que debería causarnos enojo e indignación.
Enfocar nuestra atención en leer y escuchar la información que en todo momento llega a nosotros resulta, por decirlo de alguna manera, abrumador. Venimos arrastrando un cansancio provocado por el cúmulo de malas noticias que, por desgracia, se alimenta día con día; a lo largo de la jornada la novedad adquiere otros rostros y nombres de personas que, por una causa u otra, forman parte de la tristeza, el enojo y la incredulidad que podemos experimentar cuando somos conscientes de lo que sucede en nuestro país. Y en el mundo, por supuesto. La realidad nos pone en jaque antes de tiempo y nos percatamos que ya estamos acostumbrados a las malas y pésimas noticias que llegan a irrumpir en la calma de los días. Quizá hemos llegado a la conclusión de que leer el periódico, escuchar o sintonizar un noticiero mientras estamos sentados a la mesa tomando los alimentos es una experiencia poco recomendable si no queremos que el pan se torne amargo. Algo se enreda en el estómago cuando comenzamos a imaginar todo el dolor y sufrimiento que implican las estadísticas de la fatalidad que nos rodea. Sin embargo, ese lastre en el que se ha convertido nuestra propia historia no lo podemos arrojar por la borda para que, de esa manera, la navegación sea placentera, pero llena de ignorancia.
Con el paso del tiempo nos hemos convertido en una sociedad que apuesta por la desmemoria, por dejar en el anecdotario o en el anaquel de las estadísticas aquello que debería causarnos enojo e indignación: así lo han comprendido quienes forman parte de la política en nuestro país y eso lo han consolidado como una estrategia de gobierno, una apuesta del poder que, invariablemente, han sabido cómo ganar. De otra manera no somos capaces de explicarnos racionalmente la eterna presencia de partidos políticos o de personajes que nos llenan de ignominia y enojo. Haciendo el ejercicio, nos daremos cuenta de que la lista de dichos personajes podría ser tan larga como nuestra memoria lo permita; y, claro, nos indigestamos al percatamos que, en el presente gobierno, hay serios y serias candidatas a sumarse en dicha lista. Vaya síntoma de lo que seguimos permitiendo como sociedad: soportamos —y en muchas ocasiones, alentamos— a quienes ejercen un cargo público con una desfachatez que, no hay duda, habla muy mal de nosotros mismos. A lo que nos hemos acostumbrado, caray.
Parece, entonces, que escuchar y leer las noticias es someter nuestra sensibilidad a una pasteurización de la que no salimos bien librados. Quizá por ello hemos optado por leer con cierta “ligereza” la realidad, es decir, como lo señala la vieja frase, “hacer de tripas corazón” para que no nos gane la angustia, la tristeza y el enojo. Pero esto también puede llegar a un límite, como ha quedado en evidencia con el reclamo, la exigencia y el hartazgo de un gran número de mujeres que se expresaron abiertamente contra la posible candidatura de Salgado Macedonio al gobierno de Guerrero. Quienes han defendido la imagen de este político bajo el argumento de los procesos legales “olvidan” —con cierto cinismo, por supuesto— que es precisamente ese aparato de justicia el que tanto le ha quedado a deber a nuestra sociedad.
Si en renglones arriba mencioné que la desmemoria es una apuesta ganada por algunos personajes de la política, cabe preguntarse en qué medida esos olvidos son parte de esa justicia, que es como el Godot de nuestra absurda realidad en muchos ámbitos.
Así, el desayuno se nos amarga con la avalancha de información que también necesitamos digerir. Quizá sean días en los que preguntarse por las buenas noticias y buscar motivos de alegría es casi del ámbito familiar y privado. Inclusive escribir lo necesario también es una mirada a las buenas noticias y a la belleza del arte, puede resultar frívolo y baladí ante el desasosiego que nos provoca la realidad. Sin embargo, de alguna manera se debe resistir: resulta casi imposible no recordar a Quino y a su pequeña Mafalda. Así, en una sola imagen se concentra mucho de lo que hoy necesitamos: la pequeña sostiene un curita frente a un globo terráqueo mientras dice: “bueno, ¿y cómo hace uno para pegarse esto en el alma”.
¿De qué tamaño necesitamos ese curita para las heridas de las fosas recién descubiertas, de los miles de muertos por causa de la violencia o la pandemia, la violencia contra las mujeres, la desigualdad económica y social, el triste espectáculo de la política mexicana…? Ensayemos posibles respuestas. En todas, es muy probable que aparezca esa necesidad que tenemos de las expresiones culturales, artísticas, de solidaridad y generosidad que no, no están incluidas en ningún programa político que no ve más allá de sus narices y sus 30 monedas.
