Una caja muy tropical

Quién iba a pensar que, al abrirse, ya no la pequeña caja, sino el tremendo huacal de Pandora que dormía en la tranquila opacidad del Instituto Nacional Electoral, se terminaría por revelar la opacidad que reina en las instituciones de gobierno.

Día con día se revelan más evidencias de lo que se ha llegado a convertir en el coliseo en donde se lleva a cabo un torneo de “boxeo de sombras”, mientras la verdadera protagonista de la historia se pierde en la inmensidad del silencio y la complicidad. Unos y otros se acusan, otros y más se recuerdan sus respectivos pasados, todos apuntan a la misma dirección: un posible historial de corruptelas e impunidad. Pero, mientras los gladiadores juegan a imponer sus contundentes verdades –por llamarlas de alguna manera muy socarrona–, una pregunta se termina por imponer, ¿alguien sabe en dónde se encuentra Guadalupe Taddei? 

Fiel a los usos y costumbres de la justicia del actual gobierno, quizá debamos esperar a que aparezca un reportaje para conocer su paradero y los detalles de sus actividades: claro, el adjetivo expedita, al calificar la justicia, sólo aplica a quienes son considerados enemigos galácticos, a nombres que son irrelevantes en casos de señalada corrupción, pero nunca a sus correligionarios o aliados. ¡Qué extraño sentido del tiempo!

Sin embargo, en la plaza pública también se han presentado otro tipo de “actos circenses” que ofrecen lamentables espectáculos difíciles de olvidar. Por ejemplo, el sublime acto de la cuerda floja en la que, quienes deberían ser garantes de la justicia e imparcialidad –vaya ingenuidad– se han convertido en los ejemplos más puntuales de la estridencia del absurdo. Sabemos que la cortesilla política que hoy ocupa los principales puestos de poder, camaleones que cambian de color cuando el peligro de quedarse fuera del presupuesto los acecha, no ha tenido la menor intención de asumir su responsabilidad –ante casos como el de la expresidenta del INE– ni mucho menos aceptar que su imagen de superioridad moral muestra signos de cuarteaduras, a pesar de lo costoso que implica mantener a todo su corifeo para señalar posibles actos de corrupción en el INE, desde tiempos inmemoriales.

Al menos resulta graciosa esa energía retórica que, a fin de cuentas, termina por manchar sus propios ropajes. Si fuese cierto todo ese entramado de corrupción que se ha dado a conocer desde la alta tribuna de Moneda, surgen nuevos huracanes desde los fondos del huacal de Pandora: si no fuera porque se destapó el affaire Taddei, ¿se habrían expuesto los casos que conocían desde hace años? La respuesta no es obvia porque, a fin de cuentas, detrás de todo ello existe una complicidad que ha sostenido una estructura de poder e impunidad que puede rotularse con los rostros y los nombres de quienes se encuentran hilando su propia fortuna desde hace mucho tiempo.

En ese camino se entiende que desentrañar el pasado de tirios y troyanos resulta muy peligroso para los protagonistas, personajes secundarios o capitulares, de esta historia. Riesgo que no debería existir si la transparencia, la legalidad y rendir cuentas fueran los principales artífices de nuestra democracia. Por algo se apostó al desaparecer los órganos autónomos de transparencia. Así, de existir la intención de aprovechar este paradigmático caso, alguien pondría en la mesa que se auditaran y trasparentaran todos los casos de asignación directa de contratos en las dependencias de gobierno y, ya tomando vuelo, destapar lo que ha sido considerado como parte de la “seguridad nacional” en varios célebres proyectos. Sin embargo, en ese torneo de boxeo, los silenciosos e inmóviles púgiles saben que sus propias sombras les pueden golpear con el lastre de su historia como parte de la administración pública.

En este tipo de casos, resulta casi imposible no recordar el desaforado juicio que se presenta al final de la novela Alicia en el País de las Maravillas. Cómo olvidar ese último diálogo:

—¡Que el jurado considere su veredicto! —ordenó el Rey, por centésima vez aquel día.

—¡No! ¡No! —protestó la Reina—. Primero la sentencia... El veredicto después. 

—¡Valiente idiotez! —exclamó Alicia alzando la voz—. ¡Qué ocurrencia pedir la sentencia primero! 

—¡Cállate la boca! —gritó la Reina, poniéndose color púrpura. 

—¡No quiero! —dijo Alicia. 

—¡Que le corten la cabeza! —chilló la Reina a grito pelado. Nadie se movió. 

—¿Quién le va a hacer caso? —dijo Alicia (al llegar a este momento ya había crecido hasta su estatura normal)—. ¡No sois todos más que una baraja de cartas! (Edición digital, ILCE).

Así, no sólo es oportuno volver a leer dicho clásico literario, sino preguntarnos cuál será la carta que estamos jugando en la misma mesa en la que compartimos el café. Es turno de la sociedad exigir con fuerza todo lo que sea necesario para preservar nuestra democracia.