Es tan compleja y fascinante la competencia, que los griegos de la antigüedad, con el fin de explicar algunos acontecimientos, hacían intervenir a los dioses en el campo del deporte y de la guerra. Así, en el hermoso pasaje de los juegos funerales que Aquiles organiza en las exequias de Patroclo, la diosa Minerva, la de ojos de lechuza, en respuesta inmediata a una plegaria del ingenioso Ulises, hace que Ayax de Oileo a punto de vencer en la carrera atlética —Ulises corría tan cerca que “pisaba las huellas de aquél antes de que el polvo cayera en torno de las mismas”— resbale en un lugar lleno de estiércol y pierda. Cuánta pasión, coraje, discordia en el desacuerdo del premio de una yegua, entre Antíloco y Menelao, expresión de nobleza y madurez ante la intrepidez de la juventud; mensaje modélico en la derrota, que aparece en la rapsodia XXIII de La Ilíada. Algunos eruditos del futbol y sus acólitos han empapado la dureza del deporte en una subcultura light de color de rosa con frases, si bien seductoras, cargadas de artificialidad y falsedad, acaso, como reminiscencias de las lecturas de Kalimán, quien lograba sus extraordinarias proezas con el poder mental. Ideas derivadas del enfoque social y comercial de que el éxito se alcanza sin esfuerzo; con sólo pensarlo y desearlo. Con pura mentalidad triunfadora, con personalidad, con actitud… “filosofía” barata, engañadora, deleznable. Traslada esto a la escultura, la pintura, al piano, al estudio… y Horacio te lo recordará: “Por qué si deseo hacer un ánfora, me sale un cántaro”. Lo áspero y difícil de la competencia la han ido derritiendo y deformando con la llama de un cerrillo en la cera. Ni siquiera se sabe apreciar la frase de Pierre de Coubertin: lo importante no es ganar, sino competir. Se deforma, primero por no entender la naturaleza de la competencia, comprendida desde hace siglos y distorsionada con el paso del tiempo. Se confunde estólidamente competir con participar. Competir es entrar en una esfera incierta de lucha y esfuerzo en la que nadie tiene garantizada la victoria interpretada como éxito. El deporte, la competencia, tan cruel y hermosa, reiteremos, es una actividad para perdedores; todos pierden, excepto uno. La parcela agonal no es como en la política o en la sociedad y actividades donde el éxito se alcanza en la vanidosa idea de creerlo; no, en el campo agonal, el mejor surge de una confrontación directa, el gladiador debe demostrarlo cara a cara, en una hora fija en la palestra. Si entran dos, ocho o 64 a un torneo, sólo surge un vencedor; si 30,000 al maratón, 29,999 son perdedores, lo que no significa que muchos no hayan logrado sus objetivos más preciados. Los competidores poseen enorme capacidad para desvanecer la frustración; los espolea a redoblar esfuerzos y a buscar con mayor intensidad la superación. Subrayemos Corintios I-9-24: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis”. Es un mensaje que motiva al placer del esfuerzo, de la lucha, de la preparación, con una fuerte dosis de crudelidad.
