Arquitectura: frases famosas

A los arquitectos nos gustan las frases contundentes, porque son atractivas y sintéticas. Además, no necesitan grandes explicaciones y son fáciles de recordar: “la forma sigue a la función”, “el ornamento es un crimen”, “la casa es una máquina para vivir” o ...

A los arquitectos nos gustan las frases contundentes, porque son atractivas y sintéticas. Además, no necesitan grandes explicaciones y son fáciles de recordar: “la forma sigue a la función”, “el ornamento es un crimen”, “la casa es una máquina para vivir” o “menos es más” son algunas de las que popularizó el movimiento moderno en el primer tercio del siglo XX. Esas frases implicaban también profundos cambios sociales. Como Europa estaba sumida en una profunda crisis durante el periodo posterior a la Primera Guerra Mundial y se temía una revolución violenta como la Soviética, Le Corbusier planteó una alternativa que intentó resolver esa crisis: “arquitectura o revolución”, suponiendo —con una sospechosa candidez— que los problemas económicos y políticos pueden resolverse con la arquitectura.

Sin embargo, el triunfo del movimiento moderno a nivel mundial implicó que —a partir de los años sesenta— paulatinamente se olvidaran las demandas políticas y sociales, y privilegiara la apariencia formal de la arquitectura. Ese triunfalismo explica que, en 1966, Robert Venturi publicara su tesis Complejidad y contradicción en arquitectura, y popularizara la frase: “Menos es aburrido”. Poco antes de los movimientos sociales de 1968, Hans Hollein publicó su texto Todo es arquitectura, que proponía que la arquitectura —por ser una actividad que crea espacios— incluía todas las escalas espaciales: desde las ciudades hasta cualquier objeto material o inmaterial, y que el progreso tecnológico y el desarrollo social eran interdependientes y conducirían a una sociedad más abierta y próspera (Bau. Alles ist architektur. 1-2, 1968).

En 1973, Charles Jencks publicó Movimientos modernos en arquitectura, una valiosa reflexión sobre el estado crítico de la práctica y la urgencia de encontrar alternativas, que resumió con un manifiesto (Arquitectura y Revolución) en el que concluía: actualmente, si queremos una arquitectura creíble, debe estar respaldada por una revolución popular que culmine en un entorno público creíble. El sistema parlamentario.

Jencks publicó en 1977 El lenguaje de la arquitectura posmoderna, el más famoso de sus libros, en el que dictaminó: la arquitectura moderna murió el 15 de julio de 1972. Esa frase se convirtió rápidamente en la defensa del “posmodernismo” que Jencks postuló como sustituto. Paradójicamente, no volvió a hablar de una revolución popular, sino de un lenguaje arquitectónico que fuera más libre, que aceptara la contradicción y la ironía. Lo verdaderamente contradictorio es que Jencks olvidó su revolucionaria propuesta, y su crítica se centró en el descuido que la versión internacional de la arquitectura moderna tenía por su responsabilidad social, dictaminó su muerte, que justificó con la demolición de un conjunto habitacional en San Luis Missouri, y postuló al posmodernismo. El éxito de su propuesta debe haberlo sorprendido, porque el apresurado movimiento se convirtió en un catálogo formal sin sus contenidos originales.

Miles de edificios muestran ahora la torpeza con la que muchos arquitectos intentaron recuperar una historia que no conocían y no supieron valorar. Los intentos de ironía y de libertad creativa se convirtieron en edificios con fachadas de cristal espejo —uno de los materiales favoritos del posmodernismo— que resultaron bromas costosas y grotescas, propias de una época de bonanza económica, que no pudo imaginar mejores frases ni un mejor futuro.

Temas: