Nacional surrealismo, cartografía del México onírico (3ra parte)

Antonio Peniche García
Desde al penumbra
La designación de México como país surrealista por excelencia no fue autoproclamada, sino validada y amplificada por los máximos exponentes del movimiento, quienes encontraron allí no un escenario, sino la esencia misma de lo que buscaban.
Ya mencionamos a André Breton y su viaje revelador. Su visita en 1938, donde convivió con Frida Kahlo, Diego Rivera y León Trotski, lo convenció de que en México “lo prehispánico, lo colonial, lo moderno, lo religioso, lo festivo y lo trágico” coexistían sin conflicto, formando un todo que superaba cualquier intento artístico europeo de recrear lo onírico.
Existen, de igual manera, los personajes que parecen sacados de una crónica o una pintura surrealista. Cantinflas y su lenguaje barroco, churrigueresco e irreverente; el Chavo del 8, con su humor blanco y atemporal que consigue romper con barreras generacionales e integrar alrededor de “un barril”, crónicas de la vida mexicana, que han trascendido las fronteras de nuestro país.
Paralelamente, acontecen en nuestro espacio nacional, historias que ni el propio Kafka hubiera imaginado. No vayamos muy lejos. La terrorífica historia de Marcial Maciel, que ni en la peor novela surrealista, se hubiera podido concebir la monstruosidad de ese personaje.
Todos los mexicanos hemos vivido y experimentado en nuestra cotidianeidad el nacional-surrealismo. Sería interesante hacer una recopilación nacional. Tendríamos historias simpáticas, irreales, patéticas, terribles y lo que le sigue. Surrealismo puro mexicano.
En lo particular, tengo varias vivencias personales, pero no alcanza este espacio. Un ejemplo. En un enorme supermercado en París, la cajera, originaria de Colombia, nos pregunta a dos amigos y a mí: “¿Son mexicanos?” Y cuando le pregunto cómo supo responde: “¡Porque hablan igual que el Chavo del 8!”.
O esta historia que narra que en Nayarit, ¡uno de los cárteles es el que cuida que la población no se robe los huevos de tortuga! ¿Surrealismo puro o aventura cotidiana? ¿Lo absurdo es cotidiano o lo cotidiano es absurdo? ¿Cómo definir nuestra ambigua y onírica realidad? ¿Es posible hacerlo o es mejor vivirla, sin cuestionarnos tanto?
El surrealismo mexicano se manifiesta de igual manera en la esfera pública y política, donde lo absurdo y lo irónico son mecanismos de crítica y supervivencia.
La política es drama y farándula al mismo tiempo. A menudo se mezcla con el espectáculo, con historias de presidentes y actrices, o figuras del entretenimiento y los deportes, que transitan directamente a cargos públicos, disolviendo los límites entre la realidad y la telenovela.
La ironía, como crítica social, forma parte intrínseca de este surrealismo mexicano. Intelectuales, como Carlos Monsiváis, elevaron la ironía mexicana a una herramienta de desmontaje político, utilizando el humor y lo absurdo para cuestionar el poder y las narrativas oficiales, una práctica que refleja el principio surrealista de desafiar la lógica establecida.
En síntesis, México es el país más surrealista del mundo no por una colección de rarezas, sino porque en su territorio lo onírico es geográfico, lo simbólico es cotidiano, lo sincrético es identitario y lo absurdo es un lenguaje crítico.
Tenemos el gran reto de abrazar nuestro nacional-surrealismo, comprenderlo en lo profundo y entender que en México se viven varios Méxicos y que todos forman parte de nuestra historia y nuestro ser.
Está el México mesoamericano, el México virreinal, el independentista, el revolucionario, el liberal, el conservador, el contemporáneo; el de su literatura; el artístico; el de sus fiestas y tradiciones; el de su gastronomía.
Tanta, tanta cultura y nosotros peleándonos porque nuestros gobernantes entiendan la esencia de un país que se desgarra a pedazos porque no hay alguien que vaya hacia adentro y entienda el alma de México.
Aceptar esa realidad nos permitiría tener una identidad. No veinte, no treinta. Una, como México. Bien lo dice Octavio Paz, “el mayor problema de México es su falta de identidad”. La Virgen de Guadalupe es una sola. Su tez morena, sus ojos, su manto; su profundo significado, que no necesita explicación. No podemos dejar de ver el Todo. La sensación que nos produce al verla tiene una explicación que va más allá de los simples sentidos. La comprendemos.
Cuando degustamos un chile en nogada, saboreamos la mezcla de ingredientes sin desmenuzarlos en nuestra boca uno por uno. Sabemos que lleva nuez de Castilla, granada, chile poblano, carne molida, manzana panochera... entre muchos otros más. Algunos son ingredientes de América; otros de Oriente (por la Nao de China) y otros europeos. Cuando degustamos el chile en nogada nadie piensa que está saboreando un ingrediente de tal o cual lugar. El chile en nogada se saborea como un todo. El mariachi es otro ejemplo de miles que tenemos. De origen mestizo, africano y europeo es hoy Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Algo tan mexicano, la música mundialmente mexicana por excelencia... y tiene raíces tan diversas.
Eso somos. Un país diverso, con una riqueza enorme, donde el nacional-surrealismo captura precisamente esto: una condición cultural donde lo maravilloso no es una invención artística, sino el sustrato mismo de una realidad diaria y auténtica.