El espectro de la crueldad y el yo insaciable (1ra parte)

Antonio Peniche García

Antonio Peniche García

Desde la penumbra

El amor y la compasión son necesidades, no lujos. Sin ellos, la humanidad no puede sobrevivir. 

Dalai Lama

Existe una pregunta que recorre la historia de la humanidad como un escalofrío persistente: ¿cómo es posible que seres dotados de razón, empatía y capacidad estética inflijan sufrimiento a otros seres humanos con una frialdad y una meticulosidad que rozan lo incomprensible? 

La crueldad, el egoísmo y la capacidad destructiva que mostramos hacia nuestros semejantes no son simples accidentes de un mundo imperfecto, sino una corriente subterránea que, en determinados momentos, emerge y anega la convivencia, revelando la fragilidad de los diques morales que hemos construido. Este ensayo explora esa zona oscura, donde el otro deja de ser un reflejo para convertirse en un mero obstáculo, un instrumento o, peor aún, en un lienzo sobre el que pintar el propio poder.

En su tratado De Cive, Thomas Hobbes acuñó una de las sentencias más descarnadas del pensamiento político: Homo homini lupus, “el hombre es el lobo del hombre”. (Cabe aclarar que la frase se hizo famosa por la obra del propio Hobbes Leviatán y la que a su vez, tomó prestada de la comedia Asinaria del dramaturgo romano Plauto).

Lejos de ser una metáfora decorativa, esta fórmula concentra un diagnóstico implacable: en el estado de naturaleza, donde no existe un poder común que mantenga a raya los apetitos individuales, la vida humana se torna una competición feroz por la supervivencia, la ganancia y la gloria. Hobbes no describía una excepción monstruosa, sino una lógica profunda de la condición humana que la civilización reprime, pero nunca extirpa del todo. 

Bajo la corteza de las leyes y las normas, el lobo permanece agazapado, dispuesto a saltar cuando los diques institucionales se cuartean.

La crueldad, en este sentido, puede definirse como la imposición deliberada de sufrimiento a otro ser, en ausencia de una necesidad de supervivencia y, a menudo, acompañada de un placer o indiferencia por el daño causado. No se trata sólo de violencia física. Existe una crueldad refinada que se ejerce cotidianamente: la humillación sistemática, la exclusión calculada, la palabra que se clava como una aguja en el punto exacto de una inseguridad ajena. 

Lo que distingue al acto cruel del mero daño accidental es la conciencia del dolor ajeno y la voluntad de ignorarlo o, todavía más perturbador, de saborearlo. El torturador que ajusta sus instrumentos, el acosador escolar que detecta con precisión quirúrgica la vulnerabilidad de su víctima, el burócrata que firma una deportación sabiendo que rompe una familia: todos comparten una capacidad de desconexión que el psicólogo Simon Baron-Cohen llamaría “erosión de la empatía”. 

El lupus hobbesiano no siempre enseña los colmillos; a menudo se viste de corbata y se parapeta tras un reglamento.

Pero la empatía no se erosiona en el vacío. El motor más inmediato de esta desconexión es el egoísmo entendido no como el sano instinto de autoconservación, sino como la hipertrofia del yo que reduce el universo a la propia conveniencia. 

El egoísmo destructivo opera bajo un silogismo letal: “Si mi deseo es legítimo, cualquier obstáculo es ilegítimo y todo medio está justificado para eliminarlo”. En las relaciones personales, esta lógica justifica la manipulación emocional y el abandono más despiadado. En el plano colectivo, el egoísmo se viste de ideología para legitimar la explotación. La esclavitud no fue sólo un crimen económico; fue la construcción de una narrativa donde el esclavo no era plenamente humano, lo que permitía al amo dormir tranquilo mientras el látigo desgarraba la piel ajena. 

El egoísmo, cuando se institucionaliza, crea sistemas enteros diseñados para que el sufrimiento de unos garantice el confort de otros, y para que esa transacción se perciba como natural. Hobbes intuyó esta dinámica al señalar que, sin un Leviatán que inspire temor, los pactos sin espada no son más que palabras vacías.

La capacidad destructiva humana alcanza su cénit cuando la crueldad se despersonaliza y el egoísmo se colectiviza. Aquí no hablamos de un único verdugo, sino de la maquinaria. Los grandes genocidios del siglo XX nos mostraron que la aniquilación puede ser un proceso fabril, con sus ingenieros, sus logistas y sus contables.

Zygmunt Bauman, al analizar el Holocausto, señaló que la modernidad no suprimió la barbarie, sino que la equipó con las herramientas de la burocracia y la división del trabajo. Un soldado raso en un campo de exterminio podía sentir que su labor era solo un eslabón, que la responsabilidad última se diluía en la cadena de mando.

Continuará...