Terapista en línea
Malos amores nos dejan aporreadas y la única forma de sacarlo es hablando.
Es curioso, pero desde que tengo esta columna mis personas allegadas me han llegado a ver como una especie de terapista del amor. Lo curioso no es exactamente eso, sino que esta columna nació debido a que soy una mujer con la misma cantidad de preguntas que tienen todas las Cirilas de Cirilandia.
No se me hace raro que las Cirilas andemos buscando terapia en todos lados, es que los malos amores nos dejan muy aporreadas y la única forma de sacarlo del sistema es hablando ¡sí, incrédulos Cirilos, las mujeres necesitamos hablar y hablar y hablar hasta sanar!
Imagino que es por eso que ya hasta hay aplicaciones en las que podemos acceder a terapia profesional las 24 horas ¿qué gracioso, no?
La verdad es que no me imagino el grado de despecho en el que uno debe de estar, para meterse a una aplicación a hablar con una terapista que no tiene ni peregrina idea de quién es uno, pero bueno… de todo hay en esta viña de Dior.
Recuerdo cuando algunas amigas, hace años ya, comenzaron a pagar terapia con un sicólogo que se especializaba en mujeres treintonas.
O sea, el target era más que claro y es bastante ácido de reconocer: las que, a punto de que las deje el tren, se andan cortando las venas con galletas de animalitos si las deja el Cirilo en turno.
Me preguntaba qué sería esa terapia y, por pura investigación de campo, pagué una visita haciéndome pasar por la chica deprimida que el novio acababa de dejar.
Debo decir que me merecía un Oscar y cual galardonada escuché y fui escuchada, aunque el sicólogo no sabía que el que se encontraba en consulta era él.
¡Veredicto imaginado! Debía regresar dos o tres veces por semana para, en algunos meses, poder: curar mi despecho, elevar el autoestima, comprometerme con los cambios que debía hacer de mí misma, entre otras cosas que, obvio, no eran culpa de los bichos paleolíticos que jugaban con mi corazón, sino mía por mensa (bueno, de mi personaje del día); obvio, todo ese paraíso mental por una lana de regreso.
Así comprendí que las mujeres en los treintas somos un nicho de mercado específico y que, aunque digan que ya nos quitaron la bendita presión de encontrar al “elegido”, eso es pura basura, hasta los sicólogos sacan provecho de nuestra denominada “desesperación por casarnos”.
¡No caigan, Cirilas, no caigan!
La mejor terapia que nos podemos dar en el despecho es el don del tiempo, confiar que poco a poco y cada día estaremos mejor, aunque sea un poquito, pero que llegará el momento en el que lo estemos por completo.
Sufrir por el corazón roto no necesariamente es porque tengamos baja autoestima sino porque el amor duele y duele mucho, de eso se trata, de reír, llorar, sufrir y seguir el camino, sabiendo qué queremos y qué no queremos.
Así que antes de pagar terapia pregúntate si realmente la necesitas y sobre todo abre bien los ojos a quién se la vas a pagar, pues hay muchos charlatanes allí afuera abusando del dolor del corazón para sacarte una buena feria.
Mejor gástate esa lana en un bar con tus amigas a ver si consigues novio nuevo y postergas la terapia.
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