En verdad, ¿no se dan cuenta de lo que causan?
El político que trasciende a su tiempo es el que cuida lo que dice y lo que hace.
Una cualidad de los políticos profesionales que más les ayuda a forjar una carrera es su capacidad para entender y aceptar, que sus palabras y hechos traen aparejadas consecuencias. Éstas, pueden ir de lo inocuo a lo grave lo cual, en ciertas situaciones, podrían dar al traste con su carrera. Un político que desdeña o minimiza las consecuencias de sus conductas, no hace huesos viejos en la política.
Al margen de sus logros y filias y fobias que sin duda han generado durante sus largas carreras, la clase política mexicana cuenta entre sus miembros a personajes políticos como Beltrones, Gamboa y Fernández de Cevallos. Al mismo tiempo, por cada uno de ellos, hay cientos o miles de improvisados que así como llegaron, así se despiden; sin pena ni gloria.
Al mencionar al grupo donde están aquellos tres, debe uno ser cuidadoso porque —al margen de filias y fobias—, no pocos ingenuos suelen incluir al buscar chambas que van de puesto en puesto durante decenios sin jamás lograr figurar en el grupo aquel, integrado por políticos confiables y de larga trayectoria.
El político que trasciende a su tiempo es el que cuida lo que dice, y lo que hace; sabe que de ambas conductas depende su futuro, y su nombre y prestigio como político confiable al que se le encarga operar, de cuando en cuando, asuntos de Estado de la mayor complejidad.
En los gobiernos, al margen del partido que lo encabece, siempre es deseable contar con algunos de aquellos políticos; son, en un gabinete integrado por quienes ni idea tienen a donde llegaron, a quienes buscan los representantes de los poderes fácticos, y personajes de índole diversa cuyo poder económico es incuestionable.
Por otra parte, no hay que confundir un político como aquellos tres, con el burdo e ignorante, y poco confiable; jamás debemos equipararlos con el demagogo o bravero de cantina que gusta de vivir eternamente en campaña, azuzando a la masa amorfa y babeante que goza oyendo —porque no escucha—, al demagogo que le promete lo imposible.
América Latina tiene muchos ejemplos de estos últimos; desde el siglo XIX, en nuestros países ha habido mucha de esa basura política. En algunos casos han pasado sin pena ni gloria pero en otros, el daño causado con sus frivolidades, locuras y excesos de toda índole, ha sido tremendo.
Hoy, en la coyuntura que enfrentan no pocos países, han surgido nuevos ejemplares de esa resaca política; el populismo —de izquierda como de derecha— es el caldo de cultivo que los nutre y fortalece. Hoy, países con democracias consolidadas, tienen un gobernante que se enorgullece de haber construido una democracia iliberal, a la vez que cometen excesos y toman decisiones políticas inimaginables hace poco tiempo.
Hoy, nadie está a salvo; el Reino Unido, Francia y Alemania, e Italia y España junto con Austria, Polonia y Hungría se hermanan con Estados Unidos, Nicaragua, Bolivia y Argentina y todavía hace poco, con Brasil.
¿Y en México? ¿Acaso íbamos a quedarnos fuera? En modo alguno; López y los suyos reclaman un lugar de privilegio en esa tribu de destructores de riqueza y de la democracia. Aquí, los distingue su ignorancia, y el desprecio que dejan ver por las consecuencias de sus palabras y actos, y la violación sistemática de la ley.
¿Lograrán destruir el país y lo logrado en 30 años? De dejarlos, téngalo por seguro que lo harían en corto tiempo. ¿Lo permitiremos? Es de tan baja calidad nuestra cultura cívica y democrática, que incluso les aplaudiremos.
