Cuidado, el pasto está seco; una chispa podría ser fatal
Este país es nuestra obra; resultado de la profundísima corrupción que nos impulsa a buscar un puesto en las estructuras del sector público.
Por favor, no sueñe; este país es el México que hemos construido a lo largo de decenios con un celo digno de mejor causa. No es el resultado de conjura alguna, sino de nuestra apatía e incuria (poco cuidado, negligencia).
Este país es nuestra obra; resultado de la profundísima corrupción que nos impulsa y estimula a buscar un puesto en las estructuras del sector público para, desde ahí, amasar una fortuna de dimensiones ofensivas en un tiempo increíblemente corto.
Esto que vemos hoy —en relación con la tragedia de hace unos días en Cuernavaca—, por más que nos neguemos a aceptarlo, es lo que somos, y cómo somos. Me duele decirlo, pero no veo cómo matizar esta afirmación la cual, pienso, es reflejo fiel de una realidad lacerante y ofensiva. Pocos se atreven a tocar el tema del Paso Exprés en su integralidad; nadie habla de por qué no fue posible concretar el proyecto original. Nadie se atreve a mencionar el problema de la oposición a concretar el derecho de vía requerido.
Esta imposibilidad, ojalá hubiera sido la excepción; sin embargo, cientos de proyectos de infraestructura sufren retrasos y/o modificaciones sustanciales cuando no la cancelación, ante la imposibilidad de lograr el obligado derecho de vía. Esto, muchos lo saben, se traduce en la elevación a veces brutal del monto del proyecto original. Por supuesto que lo anterior, no condona la corrupción del funcionario; menos la responsabilidad del contratista igualmente corrupto, y tampoco la demagogia que obliga a inauguraciones apresuradas, de obras incompletas o mal terminadas.
Hoy, no únicamente los familiares de los fallecidos exigen justicia; muchos más exigen lo mismo que ellos. Sin embargo, ¿cuál es la respuesta? El cinismo, la evasión de responsabilidades y el trato despectivo expresado en miles de pesos para compensar el mal rato.
¿Esto es lo que habría visto la sociedad japonesa o coreana como respuesta? Si bien entiendo y acepto que México no es uno de esos países, estoy convencido de la necesidad de que nuestros funcionarios no se escuden en las salidas propias del político mezquino, del que se desentiende de las consecuencias que tienen, tanto los errores como las eventualidades de toda índole en las labores de la dependencia que dirige.
Dada pues la conducta de los funcionarios de esos dos países cuando enfrentan tragedias de diversa índole, lo que vemos de los nuestros es prácticamente una vergüenza nacional. ¿Qué hacer entonces? ¿Contentarnos con afirmar que estamos más cerca de Zimbabwe, y de no pocos países africanos y sus funcionarios?
Ahora bien, por qué no preguntarnos —frente a lo visto de nuestros funcionarios— si fuere posible, dada la mentalidad y visión exhibida, avanzar en la modernización del país, y la construcción de un mejor futuro. Por mi parte, diría que mejor dejemos de lado sueños e ilusiones y mantengamos los pies sobre la tierra; es decir, de esos funcionarios, poco o nada bueno podríamos esperar.
En los tiempos que corren nada hay fácil en la relación entre gobierno y gobernados; la molestia, consecuencia del saqueo y del ofensivo enriquecimiento de muchos, parece alcanzar niveles preocupantes a los ojos de no pocos ciudadanos.
Ante la pradera seca, no se debe jugar con fuego; menos aún, olvidar la frase de Bulnes allá por principios del año 1910: Si a las doce del día el pueblo dice que es de noche, es hora de encender los faroles.
¿Entonces, señor secretario, cuándo entrega su renuncia?
