¿Qué hacen en otros países con los funcionarios que mienten, o la riegan? Los despiden
Pensar o soñar que eso mismo pudiere suceder en México es una inocentada.
El anuncio por parte de la Secretaría de Hacienda, de recortar el gasto público en una cantidad de la cual, por encima de la cifra anunciada, aún no sabemos —y posiblemente jamás lo sepamos— cuál será su monto efectivo, sólo ha servido para dos cosas.
Una, dicha dependencia ha debido reconocer que lo que algunos habíamos venido señalando desde hace semanas—en relación con el efecto negativo para las finanzas públicas de la caída brutal de los precios del petróleo—, era correcto e inevitable. De ahí pues, que todos los intentos de negarlo con subterfugios pueriles (resumidos en dos o tres frases huecas donde las coberturas eran el centro de una argumentación que cada día chocaba de frente con la realdad) resultaron, como era de esperar, infructuosos.
Otra, la oportunidad de ver en una conferencia de prensa de aquella Secretaría, al hoy rejuvenecido secretario de Hacienda. En esa memorable ocasión, estuvo flanqueado por sus dos mosqueteros los cuales, durante meses, fueron los encargados de dar las malas noticias apoyándose en salidas falsas, y en mentiras que La Realidad, esa terca señora que todo nos cobra y nada perdona, echó por tierra.
Esta vez, cosa que debieron haber hecho desde hace tiempo, permanecieron cual convidados de piedra sin pronunciar palabra alguna. Estoicos (Como los definiría la Real Academia: Fuertes, ecuánimes ante la desgracia), supieron aguantar como los buenos, el ridículo que bien supieron hacer una y otra vez, en aras de querer vernos la cara a no pocos. A propósito, ¿Revilla si se atrevió a renunciar?
Mejor dejemos a los que pretendieron hacernos olvidar la realidad y que hoy, enredados en sus aseveraciones, espero pronto resuelvan el acertijo que con ellas crearon. ¿Qué sucede en otros países cuando sus funcionarios mienten, o como es común por estos lares, cometen errores en el desempeño de las funciones para las que fueron designados?
Antes de cualquier medida que otros tomarían en relación con ellos y sus errores y mentiras, ¿cómo reaccionan ellos mismos ante sus errores y mentiras, imposibles de esconder y condonar? Como lo haría todo funcionario que hubiera hecho de la dignidad y la ética profesional la guía de su conducta: Presentaría su renuncia, ofrecería sinceras disculpas por los efectos negativos que su proceder hubiese causado, y pediría perdón.
Este proceder, regla seguida no sólo por funcionarios públicos y dirigentes partidarios sino entre ejecutivos de empresas públicas y privadas, es conducta común en Japón y Corea. También, con matices producto de la cultura y la historia así como de la relación entre gobernantes y gobernados, funcionarios y políticos en Estados Unidos y Canadá, y también en Inglaterra y Alemania por citar unos cuantos ejemplos, proceden de la misma manera.
Sin necesidad de ser despedidos, ofrecen su renuncia y en casi todos los casos, las disculpas obligadas por sus fallos; estos, o sólo cometidos en el su desempeño como funcionarios sino también, en casos que tienen que ver con los valores morales que caen en la esfera personal y privada.
Pensar o soñar que eso mismo pudiere suceder en México es, simplemente, una inocentada. Aquí, usted la riega o miente por aquí y por allá, y las consecuencias son nulas, o casi; de renunciar, es cosa de esperar otra posición y ahí, como es lógico, la volverá a regar pero, ¿para qué son los amigos, si no es para apoyarlo a uno? ¿Verdad que sí?
¡Qué chulo país!
