La designación de Beatriz Mojica como coordinadora de la Defensa de la Transformación y la Soberanía en Guerrero desató de inmediato una ofensiva en redes sociales. Parte de los ataques recordó su pasado en el PRD y su participación, en 2018, en la coalición con el PAN y MC. Lo llamativo es que esa crítica ignora dos cosas evidentes: que Mojica no es improvisada en la política guerrerense y que su trayectoria dista de ser excepción en Morena.
A diferencia de lo que podría sugerir la conversación en redes, no se trata de una figura sin respaldo electoral: ya ha ganado dos elecciones por mayoría en Guerrero. En 2021 obtuvo una diputación local en el Distrito 5, con cabecera en Acapulco, y tres años después volvió a las urnas como senadora por todo el estado. No hablamos de un perfil recién llegado ni de alguien cuyo peso dependa de una definición partidista, sino de una política con trayectoria y victorias propias donde cuenta: en las urnas.
Ese argumento sobre su pasado partidista es más llamativo al observar al resto de los perfiles anunciados por Morena. De los diez coordinadores confirmados, seis tuvieron militancia previa en otra fuerza política, cinco de ellos en el PRD: 60 por ciento. Llama la atención que ese antecedente se use con tanto énfasis como argumento de descalificación en este caso.
Más claro resulta el contraste al revisar otro de los anuncios de ese mismo día. Carlos Torres Piña fue definido como coordinador en Michoacán tras una trayectoria en el PRD previa a incorporarse al movimiento. La circunstancia es la misma, pero la reacción mediática estuvo lejos de la intensidad que rodeó al caso guerrerense. Desde la CDMX no se escuchó una indignación comparable. Eso vuelve difícil sostener que el problema sea de dónde venga cada quien.
Todavía más evidente resulta al mirar a quienes gobiernan los estados bajo las siglas de Morena y aliados. De los 23 gobernadores del bloque, 21 tuvieron trayectoria partidista previa en otra fuerza política: más de 91 por ciento. Las únicas dos gobernadoras sin militancia previa fuera de Morena son Delfina Gómez y Mara Lezama. En la Ciudad de México, Clara Brugada también tuvo una larga trayectoria en el PRD y luego participó en la fundación de Morena.
También conviene poner ese pasado partidista en contexto. El PRD no nació como el partido que años después terminaría aliado con el PAN, sino como una convergencia de corrientes cardenistas, socialistas, democráticas y de izquierda. Ahí se formó parte de una generación que después acompañaría al obradorismo. En 2006, Mojica participó en la campaña presidencial de López Obrador y en la defensa del voto, en movilizaciones donde coincidió con figuras como la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, o Gerardo Fernández Noroña.
Años después, cuando el Movimiento de Regeneración Nacional comenzó a consolidarse como alternativa real, esa historia de coincidencias se amplió más allá de quienes habían acompañado a López Obrador desde el PRD. De cara a 2018, él mismo llamó a sumar militantes, dirigentes y ciudadanos de otras fuerzas políticas que compartieran el proyecto de transformación. La lógica era clara: construir una mayoría nacional no bastaba con hablarle sólo a los ya convencidos.
Esa lógica de apertura ayuda también a explicar la expansión electoral que vino después. Morena alcanzó la Presidencia de la República, en 2024 refrendó el triunfo con Claudia Sheinbaum y hoy, junto a sus aliados, gobierna 24 entidades y cientos de municipios. Una mayoría de esa dimensión difícilmente puede construirse hablando sólo para quienes piensan igual o vienen de la misma tradición partidista. Parte de su amplitud está en reunir a sectores sociales y políticos distintos en torno a un proyecto común.
Será en 2027 cuando se mida qué tanto representa la conversación digital el sentir de la mayoría en Guerrero. Las redes pueden amplificar críticas, instalar polémicas artificiales y hacer parecer mayoritario lo que no lo es. Las urnas, en cambio, tienen una virtud más sencilla: cada voto cuenta lo mismo.
