Si ni en Cuba, donde nació, existen bustos, calles, plazas o edificios públicos con el nombre de Fidel Castro, cómo es que Clara Brugada se aferra a que en la Ciudad de México el extinto dictador tenga una gran estatua.
Por voluntad expresa de El Comandante, la Asamblea Nacional de Cuba había aprobado desde hace tiempo una ley que prohíbe usar su nombre en instituciones y monumentos, a fin de evitar el culto a la personalidad.
La decisión de Fidel fue ratificada durante su funeral en 2016, en voz de su hermano Raúl Castro. El único lugar autorizado para celebrar algún acto conmemorativo es el cementerio Santa Ifigenia, de Santiago de Cuba, donde enterraron sus restos.
Por eso no se entiende que la doñita del Ayuntamiento se aferre a rendirle culto a un dictador que llevó a la miseria a su país. Aquella idea romántica de que Castro liberó a los cubanos del yugo yanqui choca con la cruel realidad; los hizo presos de un régimen opresor en su propio país.
Si bien es cierto que capitales estadunidense invadían la isla, al menos sus habitantes eran libres y podían comer y expresarse; la Revolución los dejó hambrientos, sin libertades y como rehenes en su propia tierra.
Como buena morenista, quizá Clara se identifique y hasta idolatre a Fidel, que si bien empobreció y quitó libertades a los cubanos —racionándoles, incluso los alimentos—, él y su élite militar vivían como reyes, con vinos, ron, comida suficiente y habanos de primera.
Muy parecido a lo que son ahora los morenos, cuyos dirigentes viajan en primera clase, compran casas millonarias, visitan países del viejo continente, viven en Polanco y comen con manteca en lujosos restaurantes, mientras el pueblo apenas tiene para un taco.
El que Clara quiera imponer esculturas de un tirano, sin importar lo que digan los capitalinos, habla del nivel de gobernante que tiene la Ciudad de México. Si a los morenos les encanta el modelo cubano, que se vayan allá en lugar de querer copiarlo, condenando a los mexicanos.
La necedad de la doña la llevó a enfrentarse —una vez más— con la alcaldesa de Cuauhtémoc, Alessandra Rojo de la Vega, quien el año pasado retiró las estatuas de Fidel y El Che Guevara de la colonia Tabacalera.
Una año después, Clara sale con la brillante idea de que destinará recursos públicos para hacer otras y colocarlas donde sí las aprecien. Hábilmente, Alessandra le ofreció entregar las que tiene resguardadas, a cambio de material para bachear.
Al verse acorralada, la jefa de Gobierno intentó zafarse, diciendo ahora que siempre no costarán nada al erario, pues simpatizantes las financiarán. Ajá, sí, cómo no, ¿quién en su sano juicio gasta dinero en ocurrencias?; ¡claro que saldrán de los impuestos!
Aunque a los morenistas les duela, la alcaldesa les ganó otra vez la narrativa y dobló a la reina de Ajolotitlán, quien tuvo que recular a sus palabras.
Para fortuna de Rojo de la Vega, las figuras están intactas; en el Zócalo esperaban que las destruyera, para fincarle responsabilidades penales.
CENTAVITOS
Esta semana la fracción de Morena en Donceles recibió de organizaciones civiles una propuesta para elaborar una iniciativa que legalice la eutanasia en la capital, un tema que divide, pero que mucha gente igual apoya. Los morenos, tradicionalmente conservadores, quieren saludar con sombrero ajeno con un tema, que desde hace mucho ha venido trabajando el perredista Pablo Trejo. Alguien se dio cuenta del potencial del tema, y se le adelantaron al legislador.
